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Itinerario

16 de mayo de 2008 - 09:05 p. m.

Las brujas y los brujos hacen brujerías. No de cualquier tipo, porque a veces las hacen escandalosas, maravillosas y rayando en lo increíble, y a veces pasan desapercibidas, sin que nadie pueda percatarse de su importancia.

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Hay algunos que se dicen brujos simplemente porque se encargan de desdibujar los futuros de otros, y hay quienes huyen sin descanso a un sobrenombre que les calza a la perfección. Hoy, en pleno siglo XXI, los antiguos actos de brujería han perdido su dimensión más misteriosa y malvada, para quedar descubiertos como lo que son en realidad: actos de atención y de conciencia individual y colectiva porque, para desilusión de muchos, las verdaderas brujerías no pasan por los maleficios o por haber acogido el Malleus maleficarum en cualquier rincón de la Inquisición Española.

Lejos estamos de las épocas en que brujas, hechiceras, magas y sibilas fueron quemadas, en una plaza romana o en las llanuras del antiguo Flandes. Quemadas una a una hasta completar miles por el hecho de ser mujeres, por estar solas, por ser viudas, por saber cantar o cocinar pero, especialmente, por saber curar. Enloquecidas a punta de torniquetes y condenadas en juicios sin justicia, en 1538, murieron siete mil en Tréveris, quinientas en Génova porque tenían lunares en narices y piernas, un signo evidente del pacto con el diablo, como lo registró Michelet. Eran mujeres que conocían el poder de la belladona para bajar la fiebre, afinaban todos los días la receta del ungüento con caléndula y sábila para calmar las resequedades de la piel o conocían ya la primera versión del moderno viagra. A ellos también se les dictó Auto de Fe, como sucedió con Joseph Ximenez, sentenciado a la hoguera en Cartagena en 1688 por ser un eremita silencioso, pobre y renunciante a su mundo desde el desierto de la Candelaria cerca del Convento del Santo Ecce Homo, como da cuenta Patricia Encizo.

Hoy, visto desde la lejanía de los lugares y los tiempos, parecen cuentos de hadas para horas de los crepúsculos, porque es en los terrenos de lo cotidiano donde, por lo reales, los pequeños actos se convierten en mágicos e inesperados. Mucho de brujería tiene una buena receta de cocina y más aún lo tiene la palabra justa de cautela de una madre a su hijo cuando ve que el peligro acecha; más brujería aún tiene la presencia y la total atención en el instante, sin las ataduras de los amasijos por el amor eterno y con la intención puesta en las ganas de vivir y el trabajo bien hecho. Hay brujerías que son lección de amor y de vida, como la de los amigos que relatan sus experiencias cuando han retornado de los encuentros con la muerte para asumir errores, dolores y dar más abrazos que juicios. Hay brujos, brujas y brujitas en la actualidad, que son más brujos que los brujos y más hechiceras que las magas: son aquellos que con honestidad y gozo hacen avanzar sus mundos hacia terrenos de progreso y bienestar, como Colbert cuando, en 1672, destituyó al Satanás inventado en el siglo XIII prohibiéndole a sus jueces juzgar por causas de hechicería.

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