En el 490 a.C, Ion de Quíos define a Kairós como oportunidad, un dios representado calvo por detrás y con largos rizos en la frente, familiar de Zeus y bien sentado al lado de los más grandes en el Olimpo. Será por esto que, desde esos siglos, el rumor popular afirma no sólo que la oportunidad la pintan calva sino que, casi siempre, hay que agarrarla por los cabellos. Y es que Kairós, sin intenciones de ser gracioso, ilustre o humilde, es el único instante del destino del que no nos convendría hacer omisión. Es el intervalo preciso de tiempo que ofrece un contexto determinado para la realización de un deseo, la modificación de un rumbo o, incluso, cumplir una misión imaginada por un gran destino.
La Rueda de la Fortuna en el tarot, tiene mucho de este Kairós griego. Llega a la baraja cargada de posibilidades, giros, efectos, influencias y confluencias. Y con la franqueza que la caracteriza, nos enfrenta con los efectos de la acción. Junto con víctimas y culpables, existen responsables y hechos. Primero abajo para luego estar arriba; hacer hoy, para ver efectos mañana; pensar en la noche, para amanecer con la felicidad; despertarse cada mañana, para recibir lo inesperado. Con el arcano X, el cielo se abre sin que el mundo deje de girar y es justo en ese "ahí" cuando el cazador atento dice "ajá!", atrapa su presa y acepta lo sucedido en su descalabro o consagración.
La Rueda de la Fortuna habla de destinos, de planetas, de bendiciones y maldiciones; de encuentros y desencuentros; de apoyos desde otros mundos y de eventos simplones. Es la vida de otros enmarañada con la nuestra; son las historias de héroes y de fracasos, de los amigos de hoy y de los enemigos de mañana, de los extraños que se hacen íntimos y de todo lo nuevo que se asemeja a lo kitsch. Es el recorrido por las moralejas de los sabios y las desobediencias de los necios; es el amor, el eterno, y la muerte, la de siempre. Con cuatro puntos cardinales, es la ley del karma y cada sincronía del ahora. Samsara, diría el Buda.
Tan inmutable como actual, cuando se ve de lejos la Rueda, es la ley del cambio perpetuo. Es abundante en momentos únicos y desde su infinito girar, habla del goce que reside en reconocer lo intemporal dentro de lo transitorio y de darle relevancia a lo esencial. No hay dioses de barba, ni espadas implacables, porque poder, fama, amor, salud y riqueza aparecen y desaparecen. Las oportunidades, cada mes, se disimulan de un sí o un no, de terca voluntad o de atenta observación. Rechazo y aceptación, desprecio y amabilidad, rebeldía y desatino, cuidado y magia, son las herramientas que usamos para hacer girar el destino. Pero lo más interesante y aterrador es que, muy sutilmente, en la mitad de los 22 arcanos y del camino propio, la Rueda, nos dice que la fortuna de muchos otros, también es cossa nostra.
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