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Mínima atención

22 de febrero de 2008 - 02:29 p. m.

Observarse no tiene misterio. Requiere de método y agallas diarias. Método, porque las mentiras y los engaños pueden revolotear en cabeza, pies o manos, y agallas, porque nadie se hace objeto de su propia investigación sin saltar al vacío y experimentar un fuerte jalón de orejas. Hace falta la paciencia con uno mismo y la humildad para aceptar que las imperfecciones hacen parte de toda acción matinal.

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Observarse requiere de libreta de apuntes para anotar los sueños de madrugada y los ajá que surgen cuando se deambula entre buses o se regodea sobre discursos de vanidades. El lápiz, de punta fina y firme, no es el de un escritor sino el de un atento viajero que adopta, como fieles compañeros, los vaivenes de sus emociones y los pensamientos llenos de ilusiones. Cuando aparece un momento de autoobservación, se le celebra y se le da la bienvenida, porque es ahí cuando podemos modificar los destinos y podemos concebir, en el horizonte del futuro, los nuevos itinerarios donde lo inaceptable es pan cotidiano.

Observarse es más que un tratado de deberes y derechos; es el material de trabajo de los artesanos de sus vidas que andan cazando las oportunidades para enterrar la ridiculez del ego en decadencia. Pero, ante todo, es un gozo corporal y estético, una visión interior de pálpito con el propio corazón o de comunión con el de otros. Observarse es maravillarse con lo que vamos siendo y hacer una apuesta a que seremos distintos, útiles; tal vez, sencillos y hasta simpáticos.

Y los métodos para mirar adentro varían. Uno de los más viejos e inevitables es el de percibirse, en quietud, cuando amanecemos. Con simplicidad, es comprender si el entrecruce de piernas o las soledades puestas en las medias, es lo que nos engarrota las ideas. Observarse tiene su ciencia como, por ejemplo, a media mañana recuperar la postura observando caderas, espalda y hombros para corregir la rectitud de un estar en el mundo. Observarse incluye, también, sacar pecho y alzar la cabeza para no dejarse aplastar por las responsabilidades o dejar que el afán haga nido entre hígado y páncreas ni tampoco permitir que un mal genio invada las palabras. Observarse es ese pequeño terruño individual para que, de costado, le sea útil a quienes les debemos nuestros mejores momentos. Con iras y tristezas, observarse requiere de dedicación y manos a la obra para despejarles el camino a las sonrisas. El truco mayor es no olvidar que la respiración guía las ataduras, los amarres y los amores. Congelada o fluida, retenida o exagerada, una inhalación es la conexión impecable para quien es dueño de sus instantes y para quien hace de los días la posibilidad de entrar al reino de la trasformación, esa que debe pasar por la aceptación de ser quienes somos. Y como en todo, siempre hay que contar hasta diez.

otro.itinerario@gmail.com

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