Amanecer con los deseos envueltos en celofán es un privilegio en épocas de casi obligada obsesión por tantos antojos.
Apetitos que vienen vestidos de encajes para instalarse en pasiones pequeñas o que se van amarrando a los aromas de un recuerdo y van creando desajustes razonables a punta de picantes, dulces o licores de flores. Cada deseo tiene su cintilla, un nudo y muchas consecuencias.
Con cuidado o sin él, cada quien va escogiendo los suyos. Pueden ser deseos muy pequeños o ambiciosos, otros libidinosos y pasionales; o muy castos y espirituales, cubiertos de oro o de sabores salvajes. Los deseos van apareciendo cada mañana después del café desde un remoto lugar, tan interior como infinito, para confundirse con la realidad y dejar la marca de sus contratos, de sus placeres, dolores y temblores. Algunos reajustan las cuotas diferidas de año en año.
Pero ser consciente del árbol de los deseos, ése que inventamos y cargamos sin darnos cuenta, no es asunto de una sola noche aunque sí pueda ser placer leve de muchas. Sólo se requiere cerrar los ojos y distraer el sentido de la vista; afinar el flujo de la respiración y poner atención en la base de la columna a la vez que se percibe cierta placidez detrás de la frente. Ahí, en estado de quietud y total entrega, se observa cómo nace cada deseo, muy despacio se le desmenuza y, si fuera posible, se le deja pasar sin mucho aspaviento. El árbol de los deseos ofrece sus frutos magníficos, íntimos, propios, agitados y persistentes para que cada quien se haga responsable de su rueda infinita de consecuencias.
Amaestrar estas ingenuas pretensiones es más que un arte. Es la iniciación lúdica a un juego de conciencia e infinitud porque ser testigo de cada deseo de este árbol interno es un momento casi místico, casi irreal y una ficción que requiere de silencio y levedad en el respirar. Hay que imaginar de dónde viene cada deseo y preguntarle por qué está ahí, como también hay que intuir hacia dónde se dirige y escudriñar cómo es, saber a qué huele y a qué sabe.
Por eso, escoger los deseos y amansarlos es como sentir la fuerza de la Kundalini en una meditación consciente; es el acto de reconocer la propia conciencia y un acto de comunión con la suavidad donde los dioses y los locos comparten la libertad de diluir sus deseos a voluntad. Observar deseos es un acto tántrico, un rito de paso que abriga la certeza de que apaciguarlos es también un modo de ser en el mundo, un modo ligero, profundo, respetuoso, una ruta sutil hacia la experiencia del acto creativo.