No soy la única que reconoce la calidad y el buen sabor del tinto costeño: durante mi último viaje a la costa Caribe no fueron ni una ni dos ni tres las veces que estando con amigos del interior, “cachacos”, al momento de entrar a degustar el café que se nos servia, bien en una hacienda sabanera, bien en una casa de familia costeña, ora en un restaurante de manteles o en cualquier establecimiento público, los comentarios alrededor de su excelente sabor y aroma siempre fueron elogiosos.
Indagando un poco sobre el asunto, el cual no deja de ser paradójico, pues de todos es sabido la poca presencia de cafetales en la costa (exceptuando las prodigiosas tierras de la Sierra Nevada y de algunas laderas del Valle de Upar), se deduce que la influencia de la cultura sirio-libanesa, o mejor, la llamada “colonia turca”, tiene toda la responsabilidad en el asunto. Los turcos desde épocas inmemoriales crearon en su tierra de origen una auténtica cultura alrededor del café, no sólo en lo concerniente a su cultivo, sino también en su preparación, creando además una abundante parafernalia de accesorios y una importante ritualización al momento de su servicio y consumo. Concretándome en el asunto del tinto costeño, parece ser que aquello que definitivamente influye en el buen sabor de esta bebida es su proceso de torrefacción, es decir, la manera y el punto de tostar el grano. Se trata entonces de una bebida de excelente concentración y equilibrado sabor, sumamente diferente al tinto que estamos acostumbrados en la zona cafetera. Y el asunto no va en tecnología ni en cafeteras de alto turmequé, pues este tinto se degusta en todas partes; pero se crece en sabor y aroma cuando sale de una cocina campesina, preparado en fogón de leña, pasado por colador de trapo, servido con cucharón de totumo en precioso e impecable pocillo de porcelana china.
Debo reconocer que en Colombia últimamente han aparecido numerosas marcas de excelente calidad. Es un hecho que la oferta se ha multiplicado y que los cultivadores antioqueños, quindianos, risaraldenses y caldenses se han puesto las pilas de tal manera que hoy los amantes del tinto podemos gozar catando una y otra marca de supuesta calidad gourmet y con certificación de origen (detallada ubicación geográfica de la hacienda), muy diferentes a las tradicionales, que desde hace más de medio siglo se degustan en el reputado Eje Cafetero. A mi modo de ver, los cafés costeños superan las reconocidas propuestas del interior por su magnífico y acertado proceso y efecto del “tostado”. Ojalá algún día entren a nuestros mercados locales marcas como Café Córdoba, Café León o Café Almendra Tropical, para que el lector de esta columna, amante del buen tinto, compruebe que no me estoy inventando los elogios.