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¿Qué comerán los políticos presos?

07 de mayo de 2010 - 11:20 p. m.

Napoleón chupó cárcel en la isla Santa Elena, pero jamás, con úlcera y todo, perdió el apetito… famosa era su devoción por el “Pollo a la Marengo”.

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Lenin en sus días de presidiario se chupaba los dedos con el caviar de pobre (puré de berenjenas) y se jactaba de comerse cuatro cucharadas en un solo envión. Bolívar, sitiado por sus enemigos, ponía en riesgo su vida con tal de desayunar unas empanaditas de mano de Manuelita. Lo anterior es una mínima muestra de lo que la buena cocina ha incidido en el genio y pensamiento de más de un estadista —preso político— en algún momento de su vida.

La verdad es que con los últimos acontecimientos de la llamada parapolítica, me he puesto a pensar sobre el futuro que le depara a las cocinas de las cárceles en Colombia, las cuales van a tener en los próximos días huéspedes ilustres ¿presos políticos o políticos presos? de todas las regiones del país, quienes con sus influencias e intrigas seguramente van a cambiar el menú diario del presidiario colombiano. Es un hecho, los tres golpes diarios que hasta hace unos años se apoyaban en exageradas porciones de arroz y yuca acompañados de aguapanela, seguramente van a transformarse en auténticos menús de degustación. Desde que los traquetos comenzaron a pasar vacaciones en las cárceles colombianas, la calidad de la vitualla diaria no sólo mejoró ostensiblemente, sino que el antaño degradante oficio de cocinero de prisión, se convirtió en oficio de alta categoría y los mariscos, el paté y el caviar se comenzaron a poner sobre las arepas como si fueran mantequilla.

Hoy en Cómbita se encuentra más de una docena de pesos pesados no sólo por su prontuario, sino por su contextura física, casi todos de origen Caribe (necesario es aclarar que los presos por parapolítica son de todas las regiones de Colombia). Se trata entonces —imagino yo— de una mesa como “La última Cena” en la cual se sientan doce robustos comensales, todos pensando con sus estómagos en sus cocinas maternas y por lo tanto, dispuestos a consignarle en las Islas Caimán al guardia del Inpec, el oro o los euros que el señor guardian considere, con tal de dejar pasar los porta-comidas que desde Montería, Lorica o Valledupar vienen cargados con: sancocho de pargo en leche de coco; mote de ñame y queso; arroz atollado con cangrejo y cabecitas de camarón; sopa de palmito; pasteles de pavo; lentejas con achiote y costilla de cerdo ahumada; dulce de mongo-mongo o almíbar de mamey; queso costeño frito; revoltillo de pato ahumado; empanadas de leche agria, y claro está, una botellita de Old Parr.

Conociendo como conozco el disfrute de la buena mesa de los señores feudales de la costa sabanera, me atrevo a aseverar que los manjares referidos no son ni la más mínima muestra de aquello que cotidianamente disfrutan los señores de las Auc, quienes próximamente, en compañía de sus amigos los políticos… mejorarán el menú. ¿Estaré equivocada?

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