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Se nos cuadriculó la arepa

01 de julio de 2013 - 05:00 p. m.

Nada que me guste más que el ingenio aplicado a la cocina. Según los teóricos del arte de los fogones, es exactamente la invención aplicada a lo tradicional lo que otorga categoría de “innovación gastronómica” a los procesos, algunos de gran complicación, otros tantos de sencillez absoluta.

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Más de una vez he comentado sobre mi interés en fisgonear las plazas de mercado, las tiendas especializadas en comestibles, los ventorrillos y comedores populares, las ventas de carretera y los restaurantes de prestigio cuando me encuentro de viaje, dentro o fuera del país.

Quienes somos amantes de la historia culinaria sabemos que muchos de los platos de reputación internacional se han concebido al azar; otros tantos, bajo procesos de aceptación y rechazo, propios de cualquier laboratorio científico. Famosas son las historias de cómo aparecieron las Pommes Soufflés, el Peach Melba, el Steak Pimienta; el Pollo a la Marengo, la fruna, el ketchup, el Turrón de Alicante, la Pizza Margarita, etcétera. Así las cosas, más de una vez nos han presentado preparaciones que nunca habían pasado por nuestro paladar; recuerdo la impresión que hace muchos años me causaron los “mazapunk” (mazapanes de atrevida agresión visual); no menos descrestantes fueron las panelitas de maracuyá, papaya, mango y mora, confeccionadas por una familia del Pacífico; espectaculares me parecieron en su momento los pergaminos de plátano verde, exitosamente comercializados hoy en día; de calidad suprema fueron los sellos de guanábana, auténtico manjar para el más fino paladar…

La semana pasada una amiga paisa me invitó a tomar algo en su casa (léase las onces), advirtiéndome que me iba a ofrecer unas arepas fuera de serie (las imaginé de un tamaño descomunal). Al momento de pasar a la mesa vi una tostadora y una canastica con carpeta almidonada e inmediatamente pensé: ¿arepas o tostadas? Destapé la aromática canastilla… jamás las había visto, y menos aún, jamás me las había imaginado: hermosas arepas delgaditas, de forma casi cuadrada, sin ángulos rectos, más bien de puntas romas y con un grosor adecuado para introducirse sin inconveniente alguno en la tostadora; ¿el resultado?: deliciosas y tostadas arepas del tamaño de una rebanada de pan. Pero el asunto no para acá, pues hechos todos los elogios de mi parte, me enteré que quien las fabrica también las produce de colores a base de anilina vegetal… es decir, arepas cuadradas amarillas, rosadas y verdes. No sé qué opinarán los “antropoarepólogos” ni los historiadores del maíz, pero es un hecho que con esta propuesta, y un poco de agresividad comercial, el mundo entero será conquistado por la arepa cuadrada de colores. En lo que a mí respecta, ya se me cuadriculó la arepa y la acepto como tal. ¡Viva la imaginación aplicada a la cocina tradicional !

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