Andar anunciando por ahí guerras, para acreditarse como alguien cargado de fortaleza, constituye de hecho un elemento de perturbación del orden que no corresponde a personas de altas responsabilidades. La trascendencia del anuncio se acrecienta, sobretodo, si quien lo hace puede llegar a tener en sus manos el arsenal más poderoso de la historia.
Cualquier gesto de propensión a la guerra, que provenga de alguien potencialmente llamado a disponer de las armas más letales, amedrenta, afecta el ambiente y perturba el estado de ánimo de dirigentes y ciudadanos del mundo. Aunque no se puede negar que esto tiene al mismo tiempo la ventaja de demostrar el talante de quien hace los anuncios, de manera que todos ya sepan a qué atenerse.
Desde su lugar como gobernadora de Alaska, Sarah Palin despidió a su hijo, quien parte como guerrero hacia Irak. De paso aprovechó la ocasión para mostrar una vez más su gusto por las armas, y por las gentes de armas, y exhibir ese nacionalismo que ha inflamado la causa republicana para justificar la primera guerra del milenio como una instancia definitiva de defensa de la civilización occidental.
En medio del sorpresivo proceso de su irrupción en las grandes ligas de la vida política estadounidense, y ad portas de la internacional, la candidata republicana a la vicepresidencia concedió una entrevista en la que empezó a dejar ver sus convicciones y tendencias, y a hacer pensar sobre lo que será su contribución a una eventual administración John McCain. Pero, de hecho, y ante la mirada de los observadores del futuro, esbozó unos rasgos preocupantes de lo que haría si llegase el caso de tener que asumir el primer puesto del poder.
Sin perjuicio de que los periodistas sean capaces de sacarles a los debutantes verdades a medias, fruto de reflexiones inmaduras, el talante de éstos se mide precisamente por sus respuestas. Y normalmente no se les pueden conceder ventajas, porque hacerlo implica cambiar los estándares de calificación de los líderes de primera línea, a quienes les asiste la obligación de pensar y actuar con un grado elevado de discernimiento.
El hecho de reconocer que sus ojos se abrieron hacia los eventos internacionales a raíz del reciente reclutamiento de su hijo, demuestra una honestidad enorme, pero también una candidez imperdonable en alguien llamado precisamente a jugar un papel importante en esos eventos, a los que tendría que concurrir con veteranos y conocedores de todas las latitudes.
La autodefinición como un pitbull con lápiz labial no sólo parece desafortunada sino que puede resultar amenazante. Porque el tener esa idea de sí misma, y transmitirla sin pudor, significa que se trata de alguien a quien no hay que entrenar en las artes de una eventual agresión.
El anunciar que los Estados Unidos entrarían en guerra con Rusia si ésta última invade a Georgia, no sólo demuestra que ignora los acontecimientos de esa región, en cuanto las tropas rusas se hallan desde hace días bien adentro del territorio georgiano, sino que denota un desconocimiento de aquellas maneras diplomáticas que no sólo sirven de expresiones de cortesía, sino de instrumentos de preservación de la paz.
Estas muestras de precario alcance de conocimientos internacionales, de particularidades de temperamento amenazador y de disposición al recurso de las armas, van mostrando una radiografía del complemento del candidato McCain. También contribuyen a fortalecer el argumento de quienes piensan que ojala la señora Palin no tenga que ocuparse de la Presidencia de una potencia cuyas decisiones son trascendentales no sólo para los reclutas que tienen que ir a dar la vida por su país, sino para el destino de la humanidad.
Todo esto hace pensar que la campaña demócrata no tiene porqué hacer demasiados esfuerzos en poner en evidencia las debilidades de la flamante candidata republicana a la vicepresidencia, porque ella misma se encargará de esa tarea. Por lo tanto es muy posible que sigan más bien concentrados en atacar lo que consideran desventajoso de un proyecto de continuidad de los ocho extraños años de la presidencia de George Bush, que ahora llevaría a bordo, eso sí, alguien con ánimo de Pitbull.