Cuando los acuerdos políticos se sobredimensionan con espectáculos de aparentes buenas intenciones, no es mucho lo que se pueda esperar.
Al menor tropiezo todo se echa a perder. Entonces es preciso regresar al curso que traían los acontecimientos. Cada una de las partes retorna a su lógica. Todos terminan por volver al punto de partida. Se pierden tiempo y oportunidades históricas. Aunque, curiosamente, no falta quien a pesar de todo considere que jamás dejará de ser deseable volver a intentar encontrar salidas a los conflictos políticos por el camino de la negociación.
Cuando todo el mundo pensaba que el drama de Zimbabwe estaba por encontrar un camino de solución, el talante de Robert Mugabe, aferrado al poder, convencido de que sólo él puede conducir al país, receloso de una terminación desfavorable de su carrera política, vino a dar al traste con los acuerdos suscritos con la oposición.
El caso es de antología. Es el retrato de ese tipo de gobernantes que cuando se ven arrinconados en el fracaso de su gestión, cuando ya nadie les cree, pero cuentan con las pocas cartas del poder militar y de su correspondiente policía política, terminan por echarse apenas un poquito hacia atrás. Entonces firman cualquier arreglo que para ellos significa apenas un poco de oxígeno, aunque para los opositores implique una gran ilusión.
Luego de los abrazos y las fotografías, aplacadas esas euforias en las que incurre todo el mundo cuando piensa que la firma de un documento ha cambiado la historia, viene la hora de la verdadera negociación. Es el encuentro entre los signatarios de un compromiso siempre provisional que ahora tienen la obligación de inventarse una nueva configuración de un espectro político en el que hasta hace apenas unos días se hallaban tan separados como para hacer increíble la cortesía que ahora se da.
Es entonces cuando las partes se dan cuenta de lo lejos que se encuentran. También cuando advierten que, en realidad, para ponerse de acuerdo en el fondo, para hacer el plano de una nueva arquitectura política, será preciso hacer concesiones y buscar espacios de convergencia en los que jamás pensaron cuando se dedicaban apenas a combatirse mutuamente.
El resultado provisional es siempre el mismo. Esto quiere decir que el gobernante asediado por sus propias equivocaciones, o por la caducidad de su mandato, termina por ahora por quedarse en el oficio. Y que la oposición sufre no sólo una derrota evidente, sino que tambalea ante la circunstancia de haberse sentado con el enemigo para hacer, con las luces de los medios de comunicación totalmente prendidas, el papel de los reyes de burlas. En el juego largo, por supuesto, las cosas pueden llegar a ser de otra forma, precisamente por el hecho mismo de que las cosas vuelven a su estado inicial.
En el caso de Zimbabwe no sólo se han hecho patentes todos estos hechos, sino que la situación se ha llevado por ahora por delante los esfuerzos y parte del prestigio del expresidente sudafricano que tanto ayudó a la búsqueda de un arreglo, las acciones coordinadas dentro del grupo de la familia británica de naciones y cualquier intento de cualquier origen tendiente a que el país emprenda una nueva senda de reconciliación.
Falta por mencionar un hecho adicional, de la mayor significación: el mismo Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki-moon, ha terminado haciendo cola ante la puerta de Mugabe con el argumento, un poco débil, de que la crisis de ese país ha durado ya demasiado. Desafortunadamente no tiene mucho más qué decir. Ni qué hacer.
Una vez más, todo un mundo lleno de razones y principios, con unas instituciones aparatosas pero inútiles ante situaciones como esta, se encuentra detenido ante el retén de un iluminado que pasó de ser adalid de la liberación a jefe despistado de una nación que se hunde en sus manos gracias a sus ilusiones anacrónicas y su ineptitud. Y que para sobrevivir firma cualquier pacto con la oposición para ganar tiempo y luego regresar a la única lógica con la que ahora sabe actuar, que es la de afianzarse en el respeto debido al fuero interno del espacio político de cada país. Por eso falta ver más bien qué piensa de todo esto, para una próxima vuelta, el señor Tsvangirai.