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Angela guarda de los helenos

03 de mayo de 2010 - 06:00 p. m.

Nadie hubiera podido imaginar que de la firma de una señora alemana, de derecha, viniese a depender la salvación de la Grecia socialista.

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Y sigue siendo difícil comprender cómo pudo ella vencer la oposición frontal de muchos de sus compatriotas a la tarea de rescatar un país al que miran como extraño miembro del club de la Unión Europea, que no tenía dentro de sus cálculos, a estas alturas del proceso de integración, tener que acudir a la salvación de un miembro descarriado. Tal vez sólo la tenacidad y la visión femeninas podían realizar el milagro. Ahora falta ver qué tanto pueden cumplir con las nuevas obligaciones los helenos, que al interior de su sociedad tienen todavía que establecer quién va a pagar por los platos rotos.

Los acuerdos que han permitido hallar una solución, siempre temporal pero al menos promisoria, para la quiebra del Estado griego, han tenido como protagonistas a dos personajes de naturaleza muy distinta. Ella, alemana criada bajo los rigores del régimen comunista, orientada a las ciencias, milita en la derecha política y preside un gobierno exitoso en uno de los países emblemáticos de la Europa contemporánea. El, político por herencia, curtido desde la infancia en las lides del poder, presidente de la Internacional Socialista, dirige un gobierno que no tuvo más salida que denunciar la quiebra de su país como consecuencia de un cúmulo de desaciertos y mentiras de las que han sido responsables varios gobiernos anteriores, los más recientes de orientación conservadora.

Como suele suceder en tantas coyunturas de la vida pública, no ha sido la voluntad mutua sino el destino y las circunstancias lo que ha unido a este binomio político. Nada más lejos de la imaginación de cada uno de los jefes de gobierno, Angela Merkel y Giorgos Papandreou, que la idea de tener que trabajar juntos en un programa tan extraño como el de diseñar y poner en marcha todo un esquema de salvación de un Estado económicamente fallido en el seno de una Europa en paz.

En sentido estricto, Alemania no tenía porqué terminar realizando esfuerzos, tanto políticos como económicos, para sacar adelante a Grecia. La opinión pública, juzgando por su propia experiencia de disciplina y trabajo persistente, no podía aceptar fácilmente que los helenos fuesen beneficiarios de medidas de alivio a una situación en la que resultaron inmersos por sus propias fallas y no por acción u omisión de los otros poderes europeos. Por lo cual la campaña de la Canciller a favor de Grecia resultaba mucho más difícil. Porque si hubiese sido por la opinión mayoritaria de sus conciudadanos, la respuesta hubiese sido algo así como la petición de excluir a los griegos del sistema monetario europeo.

Pero fue precisamente la amenaza de desequilibrio de todo el sistema monetario lo que obligó, contra la voluntad del pueblo y del liderazgo alemán, a que el país más pujante y principal contribuyente de la Unión jugara un papel fundamental en la búsqueda de una salida a esa situación de desequilibrio que amenazaba con golpear al Euro y llevarse además por delante a otros miembros del club europeo que también se han salido de las reglas pactadas y sostienen a duras penas una situación de deuda, de gasto y de déficit, por fuera de toda proporción aceptable.

El mérito de Angela Merkel no radica simplemente en haber contribuido a la salvación de la situación griega. Porque después de todo no actuó necesariamente por salvar al gobierno de Atenas, sino por solucionar un problema, y prevenir muchos más, para la unión de Europa. Por lo cual terminó dispuesta a desembolsar más de veinte millones de euros, en lugar de los ocho que originalmente había considerado.  Lo que vale tal vez la pena resaltar es la capacidad que demostró para resistir a las propuestas fáciles y las promesas ilusas o imprecisas, lo mismo que la tenacidad para obligar a que el Fondo Monetario se vinculara al proceso, con todo lo que ello implica, y a exigir una vigilancia estricta sobre los libros mismos del manejo que Atenas haga de los recursos y las medidas que tome.

Con todo esto se van poniendo de presente nuevas dimensiones de lo que implican las alianzas económicas de la nueva era y las obligaciones que de ellas se derivan para los gobernantes dentro de un sistema en el que, a diferencia de las épocas de la expansión colonial, es urgente que de todos lados se obre no sólo con generosidad sino con voluntad de salir juntos adelante. Por lo demás, sólo falta que Papandreou pueda atender adecuadamente los problemas que amplios sectores de la sociedad griega tienen que resolver en un esfuerzo por establecer no solamente quién tiene la responsabilidad del peor descalabro para su país desde la Segunda Guerra Mundial, sino, especialmente, quién y porqué tiene que pagar por los errores cometidos.

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