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Aperitivos de audacia

23 de enero de 2009 - 09:05 p. m.

Conforme a los cánones más rancios de la tradición política demócrata, los primeros gestos de la acción internacional de Barack Obama dan muestra de una audacia que hace presentir una especie de distensión de las relaciones de su país con el resto del mundo y permite advertir de pronto los perfiles de una nueva era.

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Sin ostentación, y por supuesto sin hacer alusiones directas e innecesarias, el nuevo Presidente de los Estados Unidos ha comenzado a dar pasos que dejarán atrás interpretaciones de la situación internacional características del recién terminado gobierno republicano.

Conceptos proclamados durante los últimos ocho años y que inspiraron acciones diversas en la lucha contra sus enemigos contemporáneos, comienzan a desdibujarse no sólo por su incapacidad para solucionar satisfactoriamente problemas sino por su impertinencia ante los principios inspiradores de la Unión Americana.

La prohibición de prácticas inhumanas de interrogación que el Presidente Bush defendió sin pestañear y que al mismo tiempo le quitaron tanta autoridad como defensor de la libertad, representa el regreso al cauce de la sensatez, reivindica los principios fundacionales de los Estados Unidos  y fortalece la credibilidad del nuevo mandatario como líder democrático.

El cierre de la cárcel de Guantánamo, así como el de otros sitios secretos de reclusión en diversas partes del mundo, donde al parecer han permanecido retenidos por años unos cuantos sospechosos de terrorismo, sin que contra ellos se adelante algún proceso formal, significa el retorno a los cauces ordinarios de la institucionalidad en la administración de justicia, en la medida que se buscará definir cada caso conforme a parámetros ordinarios.  Es decir que el Presidente aspira a que se haga precisamente justicia, en vez de que se administre venganza.

La designación de George Mitchell, como emisario especial en busca de la paz en el Medio Oriente, y de Richard Holbrooke como representante especial para el manejo de la explosiva región de Pakistán y Afganistán, dan muestra de las prioridades del nuevo Presidente en la atención de problemas que previsiblemente pueden generar nuevas dificultades en el inmediato futuro.

Todo este conjunto de medidas demuestra el interés de Obama por atender lo que considera, de una parte, ese frente simbólico de actitudes diferentes en el tratamiento de problemas que no desconoce  y, de otra, la necesidad de actuar oportunamente en previsión de deterioros futuros de la situación internacional.

Queda bien claro que el nuevo Presidente conoce y se interesa por las obligaciones de liderazgo que corresponden a su país. También se hacen ostensibles sus primeras prioridades. Por imposibles que parezcan las misiones de Holbrooke y Mitchell, al menos se puede advertir que Obama no teme, como suele suceder con muchos otros gobernantes, la presencia en su equipo de personalidades fuertes, experimentadas y prestigiosas que le puedan ensombrecer.

El aire de frescura que se percibe con todas estas medidas no deja de ser alentador para los sectores democráticos del mundo. Habrá que esperar ahora los pasos siguientes. En particular suscita expectativa lo que pueda constituir el proyecto del nuevo gobierno de Washington hacia las Américas y particularmente hacia Cuba, que sigue siendo uno de los casos paradigmáticos de nuestra era, particularmente si se recuerda que la de Obama es la décima ceremonia de posesión de Presidente estadounidense que se lleva a cabo sin que a nadie hasta ahora se le haya ocurrido algo mejor que mantener un régimen de sanciones de cuya inutilidad tantos pueden dar fe.

edubaras@yahoo.com

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