El balance de poder en el Medio Oriente puede presentar cambios importantes, a partir de la combinación de acciones concertadas por parte de Rusia, Turquía e Irán, luego del encuentro entre Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan y Hasán Rohaní la semana pasada en Teherán.
Además de la lógica de una posible afinidad de intereses regionales entre esos países, concentrados ahora en el resultado del conflicto de Siria, aparece el denominador común de las dificultades en las relaciones de cada uno de ellos con los Estados Unidos, a raíz de las acciones u omisiones del gobierno republicano de turno. Como las nuevas dimensiones de cooperación no se van a disolver, sino que presumiblemente avanzarían hacia nuevos objetivos, no falta quien vea en todo esto el cumplimiento de un presagio bíblico, devastador para la paz en la región.
La reunión de Teherán tenía por objeto discutir sobre lo que se presume ha de ser el desenlace de la guerra de Siria. Pero es de presumir que, aun cuando puedan existir ciertas diferencias en cuanto al tratamiento del problema kurdo, la convergencia entre los tres países involucra aspectos adicionales con una visión más amplia del futuro, que tiene que ver con toda la región.
Rusia busca ampliar sus fronteras de influencia, apoyada en una combinación renovada de poder tecnológico y capacidad militar. En esa lógica, no desaprovecha ocasión para expandir los alcances de su posicionamiento estratégico global. El comportamiento errático y el aislacionismo arrogante de los Estados Unidos, que desanima a sus aliados, al menos en Europa y Asia, facilitan la realización de ese objetivo.
En el caso de Turquía, la andanada en su contra, por parte de un presidente americano descrito a cabalidad en el artículo anónimo del New York Times, vino a contribuir a la secuencia de medidas de búsqueda de nuevas alianzas, emprendida por el gobierno de Erdogan después del intento del golpe de 2016. Sin olvidar la contribución de la ambivalencia de los europeos en cuanto al eventual ingreso turco a la Unión.
Irán, expulsado unilateralmente del pacto que, bajo la administración Obama, le había puesto parámetros nuevos a su relación con Occidente, se siente maltratado una vez más por los Estados Unidos de Trump y vuelve su mirada hacia Rusia, cercana geográficamente y ávida siempre de ejercer influencia en la región.
Una compleja concurrencia de factores ha conducido a que, luego de la crisis del derribo de un avión ruso, se haya producido una aproximación acelerada entre Ankara y Moscú. Aproximación que se habría originado en el papel relevante de la inteligencia rusa en la conjura del golpe contra Erdogan, y que podría tener alcances como el de una nueva era de cooperación en materia de tecnología militar y acceso a bases aéreas, preocupante para los aliados de la OTAN.
En cuanto a las relaciones rusas con Irán, que a lo largo de la Guerra Fría mantuvieron a los dos países en campos opuestos, la condición de destinatarios de sanciones comerciales por parte de los Estados Unidos ha servido para consolidar una nueva aproximación. Así han encontrado oportunidad de apoyarse mutuamente, gracia a las dimensiones más amplias de acción de Rusia, que pueden paliar en algo el aislamiento de Teherán. Sin descontar que, detrás de la cooperación comercial, viene la militar, también en este caso con invaluables opciones de acceso a instalaciones iraníes por parte de su nuevo socio, empeñado no solo en apoyar a Assad en la guerra de Siria, sino en consolidar su expansión.
Un Oriente Medio con la Siria de Assad en deuda con Rusia y con Irán, además del desarrollo de una alianza progresiva de quienes se reunieron la semana pasada, podría traer en el futuro consecuencias que irían más allá de la salida rusa tanto al Mediterráneo como al golfo Pérsico, ambiciones históricas que jamás estuvo tan cerca de consolidar. También podría marcar un mayor distanciamiento entre Turquía y la Unión Europea, que dejaría al bloque occidental en situación precaria respecto del esquema de la pos-Guerra Fría, dentro del cual la amistad del país que ocupa el Bósforo y Anatolia juega un papel definitivo.
La combinación de todos los factores anteriores puede resultar en un cambio dramático de los equilibrios regionales del Medio Oriente, comenzando por el detrimento de la seguridad de Israel, pieza clave en el orden de la región. Seguridad no solamente afectada por la declarada animadversión iraní, sino por la opacidad de las agendas regionales de Turquía y de Rusia. A lo que había que agregar la preocupación de Arabia Saudí, que no se quedaría cruzada de brazos ante la errática orientación de la política exterior de los Estados Unidos y el fortalecimiento de Irán, debido a esas nuevas alianzas, que significan también una amenaza a su seguridad.
En las condiciones anteriores, es preciso que no solamente los actores políticos de la región, sino todos los que de verdad tengan opciones de actuar, lo hagan para evitar que ahora sea el momento en que se cumpla la profecía, amenaza o admonición, de la llegada de Gog y Magog. Ajuste final de cuentas anunciado por el profeta Ezequiel, desde su exilio en Babilonia, que, además de la versión hebrea original, tiene interpretaciones parecidas tanto en la tradición cristiana como en la del islam. Ya en ocasiones, a lo largo del último siglo, no faltó quien pensara que había llegado el momento, y no llegó. Es de esperar que ahora tampoco.