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Asaltados en barco ajeno

31 de mayo de 2010 - 06:16 p. m.

La habilidad para presentar interpretaciones de los hechos supera con frecuencia, ante la opinión, la rigurosidad del análisis.

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La apelación precisa y oportuna a vocablos que evocan significados positivos, puede terminar por convencer de argumentos que, al ser explorados con cuidado, llevarían a conclusiones diferentes de las que se termina por aceptar en medio de la avalancha de los explicadores interesados en hacer pasar, como sea, su mensaje. Siguen haciendo falta mecanismos para que los incidentes internacionales sean adecuadamente investigados, de manera que no se deje prevalecer simplemente el interés del más hábil.

Mark Regev, portavoz del Primer Ministro de Israel, ha pasado varias horas explicando el incidente protagonizado por fuerzas de seguridad de su país, que abordaron barcos de una flotilla que pretendía romper el bloqueo marítimo impuesto al Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina. Para hacer el mensaje amable, Regev no se refiere a los efectivos de su gobierno como comandos armados y entrenados, sino que los llama jóvenes que llevaron a cabo una operación orientada, se entiende por el contexto, a contrarrestar el poder del terrorismo internacional.  Agrega que fueron atacados con armas blancas y palos por el solo hecho del abordaje, razón por la cual vieron en peligro sus vidas y tuvieron que reaccionar. No precisa que el ataque tuvo lugar en aguas internacionales, que descendieron de helicópteros de combate, y que lo hicieron armados de instrumentos de guerra sofisticados.

La intervención del portavoz invita a sentir compasión por esos muchachos cuyo cometido era llevar las naves, extranjeras, hasta un puerto israelí para que allí su gobierno dispusiera de la mercancía, según fuese permitida, en lugar de seguir por su camino. Ninguna mención particular a las características y consecuencias del bloqueo naval que limita el acceso a la franja de Gaza.  La justificación del peligro que significaba para su país la flotilla, se acompaña de argumentos reiterados, y de peso ante la opinión occidental, como que los beneficiarios de la pretendida ayuda son terroristas que diariamente atacan con misiles a la población civil de Israel, sin detenerse en jardines infantiles y todo tipo de instalaciones indefensas, que no tienen porqué ser objetivos de ataque en una confrontación armada. Para cerrar expresa su pesar por la muerte de diez personas, causada en todo caso por sus muchachos, a quienes se refiere como víctimas de una emboscada una vez estuvieron a bordo haciendo la exigencia de cambiar de rumbo.

La versión contraria no se hizo esperar, y provino, como suele suceder en los casos en los que se involucra el Estado de Israel, no sólo de fuentes palestinas sino de una variada gama de procedencias, que esta vez incluyen manifestantes en Turquía, país de origen de la armada y el viaje de la flotilla, por iniciativa privada, no del gobierno turco, mas las tradicionales del exilio palestino y del mundo musulmán en toda su extensión. Ya ocurrieron en plazas públicas acciones furiosas de quema de banderas israelíes, un intento de asalto al Consulado del Estado de Israel en Estambul y las denuncias más efervescentes en los medios internacionales y en todos los foros y escenarios posibles.

De ese lado se presenta el hecho como un acto de piratería cometido por uno de los países mejor armados del mundo, que atacó en altamar a unos civiles que llevaban casas prefabricadas, medicamentos, artículos deportivos, chocolates y otros comestibles, para los habitantes de la Franja de Gaza.  Subrayan el carácter eminentemente civil de la misión, desarmada, que más bien incluía por lo menos un bebé. Clasifican su propósito como típica acción política no violenta y sostienen que se planeó y se llevó a cabo simplemente con la idea de atender a necesidades fundamentales de la causa del bienestar mínimo de los palestinos confinados a sobrevivir, o a mal vivir, en la franja de Gaza. Nadie explica porqué no se hizo uso de los mecanismos ordinarios de solicitud de permiso, o al menos de conocimiento formal de las regles, justas o no, impuestas en la región por la potencia que en la práctica controla todos los movimientos marítimos  relacionados con la Autoridad Palestina.

Las fichas se han movido rápidamente, y comienza algo así como un nuevo partido de política internacional en torno a un problema de nunca acabar. Netanyahu vuela de regreso a su país sin pasar a ver a Obama, como estaba planeado. Turquía, excepcional amigo de Israel hasta hace unas horas, retira su embajador a consultas. Pronto veremos, una vez más, los intentos, siempre fallidos, o en todo caso jamás decisorios, de hacer funcionar la institucionalidad internacional. No es exagerado prever que lo que prevalezca sea la presentación mediática de las posiciones, en busca de ganar puntos ante la opinión de diferentes regiones del mundo.  Las explicaciones, en todo caso, sólo convencerán a quienes las quieran creer, como sucede en torno a un problema ante el cual casi nadie es neutral. Para quedar en lo mismo de siempre. Es decir en que no hay autoridad ni potencia, con poder o voluntad suficientes para evitar que uno que otro Estado realice acciones de las llamadas preventivas, violatorias de principios del Derecho Internacional, que, en el caso de los más experimentados, se presentan con tal habilidad y suficiencia que quedan inscritos como antecedentes históricos. Lo que resulta preocupante, en la medida que por todos lados se va perdiendo la inhibición para apelar a los hechos, en este caso por enviar los barcos o por abordarlos, se contribuye a un proceso creciente de nuevo desorden internacional que sería mejor evitar a tiempo.

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