El ejercicio del poder puede atrapar a los gobernantes en forma tal que lucen como traidores por el simple hecho de hacer lo que creen es su deber.
Ante los fervorosos defensores de dogmas unívocos, todo el que se salga de la cartilla de una ortodoxia política severa, o de los deseos de quienes encarnen la tradición del autoritarismo, resulta ser un traidor. Pero también es considerado traidor por quienes esperan cambios acelerados que no son fáciles de realizar. Hasta que se desploman por la acción de unos u otros. Solo más tarde se viene a hacer un poco de claridad, cuando ya lo que se difunda no llama la atención, porque los pueblos han seguido su camino y tienen hace tiempo a los personajes sumidos en el desprecio y el olvido.
A Wojciech Jaruzelski le cayó la maldición del poder. Combatió con las unidades polacas del ejército ruso durante la Segunda Guerra Mundial y como ministro de defensa colaboró en el proceso de la represión de la revuelta popular de la entonces Checoeslovaquia en 1968. Al comienzo de la década de los ochenta se había convertido en el principal responsable político de las fuerzas armadas y fue entonces cuando, empujado por el bloque del poder, tuvo que hacerse cargo del gobierno de Polonia en los momentos cruciales de la crisis más aguda del comunismo y de la Guerra Fría. Para tratar de controlar la creciente reacción popular contra el sistema declaró la ley marcial y en consecuencia encabezó una represión cuya brutalidad traspasó fronteras y se convirtió en símbolo de la caducidad de un modelo político agonizante. Todo para terminar entregando el poder a quienes finalmente no pudo reprimir.
Martirizada por los nazis, y más tarde por el Imperio Soviético, potencias ambas que consideraban su territorio como espacio fundamental de su seguridad, su supervivencia y la defensa de sus intereses, Polonia resultó sacrificada a lo largo del Siglo XX. Y al finalizar ese período se convirtió en el escenario de las acciones pioneras y más importantes de la lucha popular contra el sistema comunista, de manera que encabezó uno de los movimientos más significativos en el proceso de su desmonte en toda la Europa Oriental.
El drama de Jaruzelski reside en el hecho de que tuvo que maniobrar entre los rusos, con sus amenazas, y los polacos que no aguantaban más. Pero además tuvo que dirigir la represión contra la hoy legendaria Solidarinosc, encabezada por el obrero Lech Walesa, que se convirtió en símbolo universal de la resistencia más efectiva y razonable contra el experimento europeo del “socialismo real”. Con eso habría bastado para estar condenado al fracaso. Solo que en el escenario apareció un factor político de valor interno e internacional con el que nadie había soñado: la designación de Karol Wojtyla como jefe universal de la Iglesia Católica, la principal fuerza social del pueblo polaco y sustentadora decidida de la revuelta contra el sistema en lo más profundo de la nación.
Su apariencia fatídica de anteojos oscuros y su aparente incapacidad para sonreír le convirtieron en la imagen más detestable de la desgastada tradición pro soviética y de la represión. Casi nadie quiso caer en cuenta, y mucho menos aceptar, que la declaratoria de la ley marcial pudo ser un mal menor frente a lo que hubiera sido una invasión soviética, con todo lo que ello hubiera implicado para su nación. Lo mismo casi nadie se lo creyó cuando años después de haber tenido que entregarle el poder al obrero Walesa a quien reprimió, puso ese argumento en su defensa ante la Corte que lo juzgó. Como tampoco valió que en un momento dado levantó el estado de excepción y aceptó dialogar con la oposición.
Al comentar su muerte, acaecida ahora a los noventa años, Lech Walesa no ha dudado en calificarlo como “un gran hombre de una generación de traidores”. Claro, traidor del sueño polaco de independencia frente a los poderes que siempre la han querido sojuzgar. Pero también de pronto, y contra la corriente, un gran hombre, que tal vez evitó males peores y, después de todo, fue quien abrió una puerta en la muralla hasta entonces infranqueable de la Cortina de Hierro para dar paso, seguramente sin saberlo, a una de las transformaciones más importantes del mundo contemporáneo.