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¿Cómo reemplazar a un Faraón?

28 de noviembre de 2011 - 03:35 p. m.

Hay países en donde los procesos de relevo en el gobierno se tramitan siempre de manera parecida y terminan por lo general en lo mismo, es decir en la búsqueda, y el hallazgo, de una jefatura apenas equivalente a la anterior, como si estuvieran condenados a no poder cambiar; y si se trata de reemplazar no solo el gobierno sino el sistema, las cosas son aún más difíciles.

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La forma de gobernar, así como la de obedecer, de protestar, o de establecer quién es el jefe, se van consolidando bajo modalidades que se convierten en parte de la cultura y de la tradición. La fuerza que esto conlleva no es poca, y no es fácil hallar propuestas verdaderamente renovadoras frente a los modelos tradicionales. Así, las ilusiones de cambio por lo general quedan relegadas a los soñadores, que con el paso del tiempo suelen terminar por rendirse ante la contundencia de las dificultades para innovar. Salvo, claro está, que aparezcan equipos de visionarios capaces a la vez de inventar y consolidar transformaciones aceptables.


Los egipcios aspiran a iniciar de verdad una nueva era, contra la inercia de los regímenes de Mubarak, Sadat y Nasser, que en los grandes trazos fueron apenas repeticiones de la misma forma de mandar. La aspiración al cambio es un decir, porque nadie sabe a ciencia cierta hasta qué punto la nación esté dispuesta a apartarse de la costumbre de tener al mando una especie de Faraón, cuya fotografía preside la vida cotidiana en todos los rincones del país y cuyo despacho tiene un excesivo control de las fuerzas armadas y los medios de comunicación, además de tener en sus manos el manejo del pacto permanente con los grandes campeones de la economía, algunos de los cuales dependen directamente del Estado.


La elección de un parlamento de cerca de quinientas personas, que a su vez elija, o participe en la designación de la mayoría de delegatarios encargados de redactar una nueva Constitución, y que presida además el proceso de convocar a nuevas elecciones, resulta para los egipcios una aventura tan difícil como original. La primera prueba es que la gente vaya a las urnas y que de allí resulte un legislativo que represente al país. La segunda, para los políticos que salgan elegidos y para los militares que se encargaron del poder a la caída de Mubarak, después de haberlo puesto a un lado para aliviar la tensión popular, es la de ponerse de acuerdo en la designación de un gabinete que ayude a los militares a gobernar hasta mediados de 2012, cuando se espera que tendrán lugar elecciones presidenciales, bajo unas reglas que no se sabe todavía cuáles serán.


Las nuevas instituciones, que reemplazarían a las de 1971, concebidas a la manera de pirámide en cuya cumbre se halla un presidente todopoderoso y prácticamente intocable, pueden terminar por ser una reiteración de las que se quiere cambiar. Repetir el esquema de las últimas décadas no es un  riesgo menor, si se miran las cosas desde la óptica de los sistemas occidentales, que se precian, de manera acertada o equívoca, de ser la medida de la democracia en el mundo contemporáneo, con su división de poderes y con un patrimonio grande de instituciones armónicas y complementarias que después de todo arman un conjunto aceptable.


La existencia de más de cincuenta partidos políticos inscritos en la competencia para integrar el nuevo legislativo egipcio puede ser símbolo de la riqueza política del país, pero al tiempo puede ser muestra de su fraccionamiento y falta de claridad. Los acuerdos sobre el nuevo marco constitucional serán más difíciles en un contexto tan variado, salvo que a la hora de la verdad surjan alianzas que conduzcan a una carta fundamental que no resulte ser, como ha pasado en otras partes, una colcha de retazos en la que cada uno busque quedarse con un pedazo para satisfacer, como también ha pasado en otras partes, deseos que no merecerían estar insertos en el texto constitucional. Pero el aparente peligro va mucho más allá, otra vez si se mira el panorama desde el punto de vista occidental, en cuanto es perfectamente posible que el nuevo parlamento llegue a estar controlado por fuerzas políticas que busquen un modelo distinto del de las democracias occidentales y cercano a los esquemas de regulación de la vida civil propios de una visión radical del Islam.


La importancia enorme de Egipto obliga al seguimiento del proceso que se acaba de iniciar. Se trata nada menos que del destino del principal país del mundo árabe y de uno de los pilares de un valioso esquema de entendimiento con Israel. Tal vez estemos cerca del verdadero desenlace de uno de los episodios más importantes de la Primavera Árabe, que aparentemente busca una mutación que, se ha advertido, no puede separarse de las tradiciones y la cultura del país. Bienvenida la fórmula que sea, con tal que respete derechos fundamentales y los nuevos gobernantes estén dispuestos a entenderse con el resto del mundo y a no alterar lo poco o mucho que se haya ganado hacia la paz del Medio Oriente.

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