La vida política europea se sacude con la decisión de los laboristas británicos de sumarse a la lucha contra la austeridad.
Con la cabeza a dos manos, el establecimiento partidario del manejo del Estado y de la economía conforme a los parámetros de la más pura ortodoxia capitalista se pregunta cómo pudo suceder que el aspirante ubicado más a la izquierda haya logrado la jefatura del Partido Laborista para convertirse en jefe de la oposición, con opción de llegar a Primer Ministro.
La aceptación o el rechazo de la austeridad en el manejo de la economía se ha convertido en el principal factor de discrepancia política en el seno de la Unión Europea. La división entre social democracia y conservatismo, que se había visto desdibujada por una especie de convergencia en el centro, estéril para efectos de la defensa de los intereses populares, parece resucitar en la medida que algunos partidos toman la decisión de ejercer nuevamente un liderazgo a favor de quienes van quedando relegados ante el empuje del manejo tecnocrático de los asuntos públicos, que busca el éxito a través de las cifras, sin mayores consideraciones de naturaleza social.
Al tiempo que prácticamente todos los gobiernos se han comprometido en el adelanto de políticas con el común denominador del “manejo austero”, en diferentes países existen sectores que se oponen radicalmente a las medidas adoptadas, porque consideran injusto que grupos cada vez más amplios de la sociedad vayan quedando por fuera del nivel de bienestar que merecerían bajo una democracia económica de verdad. Su oposición se fundamenta en el hecho de que, a pesar del aumento de las diferencias sociales, se insiste en implementar medidas de solución de la crisis del momento que en lugar de buscar equilibrios sociales juegan precisamente a favor de quienes la causaron y pusieron a marchar las cosas en la dirección del desastre.
La victoria de Jeremy Corbyn viene a sumar un contingente político muy significativo a esa especie de “internacional anti austeridad” a la que de hecho pertenecen organizaciones políticas como el Partido Socialista Francés, Syriza en Grecia y Podemos en España. Pero la nueva orientación de los socialistas en la Gran Bretaña adquiere una significación especial en la medida que tiene lugar en el jardín más sagrado de la ortodoxia económica del “evangelio según Thatcher” y marca un giro que se aparta del modelo de Tony Blair, cuyo pragmatismo llevó en su momento al peligro de la pérdida de identidad de un partido que se reclamó siempre como vanguardia política de la clase trabajadora.
Para la derecha británica el cambio de rumbo de los laboristas representa una especie de castigo caído del cielo. Tanto luchar para ordenar las cosas de una vez por todas bajo la primacía de los intereses y la iniciativa del sector privado, dirán, para caer en el riesgo de que el líder recién elegido se convierta, como Tsípras en Grecia, en ese comodín en cuyas huestes se refugian los electores desencantados con el rigor que les resta bienestar. Claro que a Corbyn le faltaría ganar unas elecciones generales para acceder al poder. Y de aquí a allá falta ver cómo el nuevo líder de la oposición gana o pierde batallas cruciales dentro de la discusión parlamentaria frente a un gobierno con experiencia, mandato renovado en elecciones recientes y claridad y pragmatismo suficientes sobre el enfoque de sus políticas. La primera de las batallas parlamentarias será la de un proyecto del gobierno conservador que pretende modificar la regulación del sindicalismo.
La Gran Bretaña y Europa entera deberían celebrar que de alguna manera se revitalicen los partidos políticos, así sea para lanzar su postrero canto de cisne en la antesala de una era que de pronto los relega al olvido ante el empuje de las redes sociales, que tarde o temprano se pueden llegar a convertir en los mecanismos más recurrentes de acción ciudadana. Pero justamente los ciudadanos deberán ser muy cuidadosos, porque el drama de la invitación a abandonar la austeridad radica en el hecho de que si bien las quejas contra ella son razonables y las preguntas correctas, a la hora de las respuestas todo lo que se encuentra es extremadamente difícil de convertir en realidad ante la corriente arrolladora de un modelo de talla mundial contra el que resulta extremadamente difícil navegar con posibilidades de sobrevivir. De manera que los votantes, como sucedió con Tsípras en Grecia, se entusiasman con la idea sencilla de salirse del yugo de la austeridad y votan felices como si con ello bastara para conseguir los cambios, para terminar viendo a su líder regresar con el compromiso de cumplir con unas condiciones que todo lo que hacen es reiterar la opresión contra la que se tuvo la osadía de manifestarse.
Las elecciones generales británicas están, en términos normales, todavía muy lejos. Solo en ese momento será posible apreciar la calidad del trabajo del nuevo líder de la oposición. Por ahora lo interesante será observar si las nuevas propuestas laboristas progresan entre los ciudadanos y si aparece una perspectiva real de acceso al poder. Lo cierto es que la llegada de un partido tan significativo como el Laborista viene a engrosar de manera importante la cauda de los opositores a la austeridad dentro del conjunto de la Unión Europea. Falta ver si en el curso de los próximos meses y años esa nueva fuerza es capaz de ir mucho más allá de las denuncias y puede concebir un programa político que se pudiese traducir en gobiernos capaces de mantener el crecimiento, ser competitivos en los mercados y favorecer a los ciudadanos del común sin castigar el emprendimiento ni la sostenibilidad.