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De la guerra a la desazón

17 de noviembre de 2014 - 09:00 p. m.

Difícilmente una guerra puede llegar a parecerse a la que ya libraron los mismos contendientes.

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Aunque el vencido renazca de sus cenizas, su nueva versión no tiene porqué llevar a lo mismo de antes, máxime cuando no alcanza el poderío que una vez alcanzó a tener. Otra cosa es que en medio del desorden se vuelva más peligroso.

Mihail Gorvachev fue a Berlín a sumarse a las celebraciones del cuarto de siglo de la caída del muro y dijo que estamos en riesgo de una nueva guerra fría de Occidente contra Rusia. No abundó en lo que quería decir con eso, aunque impresionó a unos y sorprendió a los más, porque ciertamente no estamos en circunstancias que nos acerquen siquiera en el mediano plazo a una nueva edición de lo que fue la Guerra Fría, que terminó justamente cuando él gobernaba una de las dos principales partes contendientes.

Los elementos del nuevo discurso de Gorvachev no resultan claros, porque aparte del comportamiento autoritario de Vladimir Putin y de las ínfulas imperiales de Rusia en Europa Oriental, ninguno de los ingredientes típicos y fundamentales de la Guerra Fría se hace ostensibles en este momento.

En la Guerra Fría había dos superpotencias que representaban creencias y modelos políticos radicalmente diferentes, lo mismo que esquemas económicos incompatibles. En medio de sus diferencias llegaron a amenazarse, conocerse y temerse tanto, que lograron polarizar al mundo y dividirlo en dos grandes bloques. Una carrera armamentista desaforada y el peligro de una confrontación nuclear capaz de destruir la vida en el planeta, estuvieron por décadas en el centro de las preocupaciones de todos los países. Salvo el Movimiento de lo No Alineados, fueron muchos los que se mantuvieron, o se tuvieron que mantener, firmemente afiliados hasta el final a uno u otro bando.

Cuando uno de los contendientes de la Guerra Fría lo perdió todo simplemente porque no pudo sobrevivir, dejó al otro enfrentado a una soledad que le asusta y no sabe cómo manejar, en medio de un mundo salpicado de problemas regionales, muchos de los cuales estaban represados desde la Segunda Guerra Mundial.

Muy diferente de la Guerra Fría es la manera como Rusia pretende ahora, con el estilo de Vladimir Putin, esto es sobre la base de las tradiciones combinadas de comportamiento imperial de los Zares y de los jerarcas soviéticos, recuperar influencia donde siempre le ha convenido. Pero en sus aventuras nada tiene que ver su modelo político, que no es original, y mucho menos el económico que simplemente ha terminado por ser un apéndice del de Occidente. Su fuerza entonces no le alcanza sino para ir un poco más allá de sus fronteras, aunque obre en apariencia como si tuviera más poder del que tiene, para obtener aplausos de sus aliados históricos y de los demás molestia y desconfianza.

Gorvachev, con su comentario, parece seguir apegado al mundo que él mismo ayudó a desmontar. Como quien se pone el cuero del tigre para salir a asustar a la gente después de la cacería. Desde el otro lado de las fronteras rusas, en cambio, la amenaza no parece ser la de una nueva Guerra Fría sino la de la desazón por el desorden y sobre todo por la escalada de problemas regionales en medio de una indisciplina generalizada que puede resultar más peligrosa que la danza de la disuasión de otra época.

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