Las víctimas de los conflictos armados son muchas más de las que se suelen reconocer. La devastación que produce una guerra puede durar muchos años más de los que toma reconstruir los edificios y barrer las minas.
El episodio no se cierra solamente cuando se entierra el último combatiente, como sugería Alexander Suvorov, sino cuando se consigue que se sanen los espíritus, algo difícil de lograr antes de que se mueran de viejos todos los que hubiesen sido afectados. De manera que las secuelas de las guerras perduran mientras vivan quienes tuvieron que sufrirlas, así hayan salido en apariencia victoriosos.
Mientras Vladimir Putin celebraba el fin de la Segunda Guerra Mundial y hacía ostentación de su poderío militar con un desfile más grande que cualquiera de los de la época soviética, muchas de las víctimas de esa misma guerra, que todavía viven en los países de Europa, y también en otros continentes, recordaban en la privacidad de su casa no solo el momento de la terminación de hostilidades sino la epopeya que significó para cada uno la reconstrucción de su propia vida. Algo bien diferente, invisible y profundo, de lo que tuvieron que hacer los gobernantes para componer otra vez la fisonomía política de las naciones y los millones de mujeres y hombres que se dedicaron a reparar la condición física de ciudades y campos.
Sin perjuicio del drama que afligió a familias alemanas, francesas, británicas, italianas, griegas, japonesas, checas, polacas, yugoslavas, estadounidenses, rusas, ucranianas, canadienses, indias, australianas y de una lista larga de pequeñas comunidades borradas del mapa, no se puede negar que el más conmovedor de los dramas ha sido el de las familias judías, cuyo destrozo comenzó prácticamente con la guerra misma, que para vergüenza de la humanidad tuvo su exterminio dentro de los propósitos fundamentales de los agresores.
Niñas y niños de la época, que aún pueden contar su historia, comentan con madurez y serenidad pasmosas lo que fue el proceso dramático de mirar en todas direcciones sin encontrar una cara conocida. A falta de respuesta cuentan cómo se pusieron más bien a imaginar lo que pudo haber sido de sus parientes y amigos. Y en últimas se tuvieron que dedicar a hacer memoria de familiares lejanos de los que alguna vez oyeron hablar en su casa, que podrían estar a salvo de la masacre y servirles de hilo para retornar a una vida digna de continuar en condiciones de paz.
Sin discriminación alguna, porque el destino no se para en esas cosas, los años posteriores a cada conflicto acumulan miles de aventuras solitarias de seres humanos maltratados hasta el extremo, con sus lazos familiares rotos, que no se pueden contentar simplemente con el hecho de haber sobrevivido sino que tienen la obligación vital de buscar otra vez, en todos los sentidos, su lugar en el mundo. Es entonces cuando se pone a prueba una vez más la condición humana, que hace gala de su amplia gama de posibilidades, desde la generosidad más insospechada hasta el desprecio y la ignorancia más crueles. De manera que a la afrenta de la guerra se suma en muchos casos la de la indolencia.
Las víctimas de la guerra mundial que todavía están vivas y pueden hablar como lo hacen de su tragedia y su nueva vida, mantienen viva la llama del recuerdo y su testimonio sirve para que los demás ciudadanos, lo mismo que los gobernantes de hoy, conozcan un poco de una desventura que no les ha tocado vivir. Y cuando esos testigos desaparezcan, alguien deberá mantener prendida la llama de la memoria, que tiene que servir para que se pueda evitar lo que es evitable y sobre todo la reiteración de los desaciertos y los abusos que llevaron a la catástrofe.
El reciente conflicto colombiano, escondido en nuestra geografía compleja, aislada del mundo, tiene también muchas más víctimas de las que se reconocen, porque ha venido dejando muertos, heridos y agraviados por todas partes a lo largo de medio siglo, de manera que afecta inclusive a los que creen que ganaron algo, y a los que siguen convencidos de que la mejor forma de conseguir la paz es el recurso reiterado a la violencia. También aquí es necesario escuchar la voz de quienes buscan retomar el hilo de una vida digna. Nuestra calidad humana está a prueba, porque además de la reconstrucción de los daños y la barrida de las minas será necesario reconfortar los espíritus. Y la llama de la memoria se deberá mantener prendida para no incurrir otra vez en las equivocaciones que no nos han permitido vivir en paz prácticamente desde que existimos.