El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Destellos del asteroide Sanders

14 de junio de 2016 - 03:58 p. m.

No siempre quien consigue la mayoría de votos en una competencia política hace la siembra más significativa hacia el futuro; en ocasiones aparecen personajes que, aunque salgan derrotados en las elecciones, pueden plantar la simiente de ilusiones y propósitos políticos de consecuencias trascendentales.

PUBLICIDAD

 Las extravagancias de un millonario, al mismo tiempo exitoso como publicista y primitivo como hombre de Estado, que se dedica a escandalizar a todo el mundo, y que en todo caso obtuvo la candidatura republicana, no han dejado campo suficiente para que, en la competencia por la presidencia de los Estados Unidos, se pueda apreciar en sus justas proporciones el impacto de la campaña de otro personaje, también venido de fuera del aburrido establecimiento político, y que le ha dado la vuelta al país con un discurso fuera de la ortodoxia del Partido Demócrata.

A los setenta y cuatro años de edad, cuando otros estarían dedicados a compartir las ilusiones de sus nietos, retirados voluntariamente o abandonados al olvido, el menosprecio o el retiro forzoso, un senador judío, reiteradamente elegido por Vermont y que siempre se distinguió por su radicalismo independiente, anunció su candidatura a la nominación demócrata en un breve discurso pronunciado ante pocas personas en las afueras del Capitolio de Washington. No había militado hasta entonces en ese partido, pero nadie le podía desconocer sus credenciales de índole liberal. Así que los grandes jefes, distraídos e ilusionados con la continuidad de la dinastía de los Clinton, soportaron su presencia con la seguridad de que sería insignificante.

Sin el apoyo del gran capital, esto es sin cumplir con uno de los requisitos fundamentales de las campañas presidenciales estadounidenses, Bernie Sanders propuso un movimiento que permitiera a los ciudadanos “ponerse unidos de pie para reclamar que el país les pertenece a ellos y no a la clase de los billonarios”. A partir de entonces, y hasta el final de las elecciones primarias, trató de denunciar las falencias de la democracia norteamericana, y animó con entereza y coraje los debates de las Primarias con un arsenal de ideas que jamás se habían ventilado abiertamente en las campañas políticas de un país en el que, de haberlo hecho hace un siglo, lo habrían enviado a la hoguera.

Mucho más allá de invitar a los ciudadanos a ejercer su poder en favor de un cambio político, que solo es auténtico si se produce de abajo hacia arriba, Sanders se declaró social – demócrata, culpó a Wall Street de unos cuántos males de la vida contemporánea y denunció la desigualdad que genera el modelo económico de la sociedad estadounidense, al tiempo que fortalece el poder de las grandes corporaciones. Todas estas “herejías”, presentadas con entusiasmo, convicción y fuerza, le permitieron derrotar a Hillary Clinton en las Primarias de varios Estados y, sobre todo, agrupar una cauda compuesta principalmente por jóvenes, que vieron en él la figura soñada de un líder político capaz de atacar frontalmente poderes tradicionales y esquemas fundamentales, e incómodos, de la vida de esa nación.

Al final de la carrera por la candidatura demócrata, ya se sabe que Sanders no obtendrá la nominación. Pero también es claro que con su discurso ha sentado precedentes de importancia en la denuncia de debilidades ostensibles del sistema económico y de la democracia de su país y que con ello ha abierto caminos, distintos de aquellos de los partidos tradicionales, por los cuales podrán transitar jóvenes de ahora en busca de resultados innovadores en la orientación de la vida política del futuro. Sanders seguramente tenía conciencia de todo eso y a pesar de saber que, aún a estas alturas de la historia, jamás podría ser presidente de los Estados Unidos alguien que se vaya de frente contra Wall Street, aprovechó la oportunidad para hacer lo que seguramente quiso hacer toda la vida: tener un papel protagónico en el gran escenario, para decir todo eso que nadie había osado decir sobre un sistema que otros han logrado presentar como sacrosanto.

Su discurso parece ser el mismo que llevan en el corazón millones de personas atrapadas en una sociedad que vive una etapa en la que luchan para que el país salga adelante de dificultades económicas que solo se considerarán superadas cuando los jefes de las grandes corporaciones puedan sonreír otra vez al ver sus balances, sin que importe el destino de los pequeños luchadores que soportan buena parte del esfuerzo sin una recompensa que les llene el bolsillo y les alegre el alma. Por eso se convirtió en esperanza de jóvenes que ven en el futuro la reiteración del círculo vicioso del pasado, que rinde culto a un sistema que, bajo una interpretación perversa, privilegia las cifras sobre los sentimientos.

Presentada ya la apuesta de Bernard Sanders en el escenario político de los Estados Unidos, con sus destellos de asteroide que apareció de la nada para seguir luego en su propia órbita, bien distinta de la de los partidos tradicionales, no faltará quien vuelva sobre los temas que dejó planteados. Por eso es presumible que de la secuencia que inició, aunque no salga necesariamente el socialismo democrático que proclamó como fugaz aspirante a candidato, puede surgir un capitalismo con rostro humano, sensible a los sentimientos y las necesidades de la gente y no dedicado de manera exclusiva a satisfacer los intereses de monstruos sin alma. Si Hillary quiere conquistar para su candidatura a la presidencia la importante cauda que alcanzó a congregar Sanders, deberá abrir en su programa los correspondientes capítulos.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias