Hay personajes que llegan a dominar la vida política de un país pero terminan por dividirlo.
Conquistan la cumbre del poder con un discurso sencillo, comprensible hasta la saciedad en el nivel más elemental de la conciencia popular. Se vuelven campeones de causas obvias, que encuentran terreno fértil en sectores religiosos y tradicionalistas. Tienen una capacidad innata de comunicar y crear mitos alrededor de su figura de salvadores. Castigan con dureza a quien se salga de sus designios y echan a andar la fama de su mano dura. Ofenden la agudeza de los innovadores, pero producen complacencia entre los cautelosos, que encuentran refugio en su protección. Nunca se resignan a irse del poder, de manera que se aferran a él tratando de desbordar todos los límites. Por ese camino usan todas las opciones para permanecer en la cumbre, porque la idea de retirarse equivale a la inmolación.
Recep Tayyip Erdogan acaba de coronar el sueño de ser presidente de la República turca luego de haber sido Primer Ministro, y figura dominante del panorama político del país, durante la última década. Como la Constitución no le permitía ser jefe de gobierno una vez más, optó por buscar la jefatura del Estado, desde donde ejercerá una presidencia diferente de todas las anteriores, amparado en unas nuevas reglas que le permiten de verdad presidir con poder, mucho más que el protocolario, el destino de la nación. Su caudal electoral le permitía lanzarse como candidato en la primera elección popular de presidente, que antes estaba reservada al parlamento.
El resultado electoral fue contundente. Con más del cincuenta por ciento de los votos a su favor no será necesaria una segunda vuelta. Pero eso es lo de menos. Porque lo que resulta importante es que con él se instala en la jefatura de la vida turca una figura que lidera todo un proceso de retorno a instituciones culturales y religiosas que va en muchos casos en contravía de la tradición laica, civilista y liberal establecida por Mustafá Kemal, Ataturk, el padre de la República.
Las credenciales de Erdogan como propiciador de un creciente nivel de progreso económico y bienestar son innegables, porque supo seguir el esfuerzo exitoso que venía de atrás. En pocas palabras Turquía es hoy, bajo todas las cuentas, la decimoséptima economía del mundo, con un índice de desigualdad de treinta y ocho por ciento, mientras que el nuestro es casi del cincuenta y seis, y avanza con éxito para sacar cada vez más ventajas de su posición estratégica y su cercanía tanto con la Unión Europea como con los países del Oriente Medio.
No es, sin embargo, su récord económico el que suscita preocupación en el seno de la sociedad turca. Los portadores de la tradición republicana de Ataturk miran con inquietud el retroceso que para ellos implica la simpatía abierta del nuevo presidente con interpretaciones de la vida cotidiana bajo principios y símbolos islámicos proscritos por el Fundador. Profesoras universitarias, por ejemplo, formadas en la más pura tradición republicana, se quejan del levantamiento, en la práctica, de la prohibición de cubrirse la cabeza y del aumento en la proporción de mujeres estudiantes de hoy que retornan al pasado y aparecen en clase con atuendos de otra época.
El discurso de Erdogan es sencillo, de manera que tiene éxito en sectores populares de las grandes ciudades, pero sobre todo en el campo, más favorable a tradiciones arraigadas de la época anterior a la fundación de la República, que no cumple todavía cien años. Con su patrocinio, la frontera de separación de lo político con lo religioso parece desvanecerse y con ella uno de los principios fundamentales de la vida republicana. La defensa que el ahora presidente ha hecho de creencias, causas y prácticas suprimidas durante décadas, inquieta a quienes siguen creyendo en la idea de una Turquía alejada de la presencia de la religión en la vida pública.
Erdogan ha demostrado suficientemente su capacidad de comunicar su pensamiento y de construir el mito de su condición de salvador y orientador supremo del país. También ha dado muestras de mano dura, de esas que reconfortan, en público o en privado, a quienes al menor aspaviento echan por la vía de la seguridad garantizada por el uso físico de la fuerza. Pero además ha dado muestras de que se considera indispensable como portador de la mejor interpretación del destino de su nación. Eso lo ha llevado a buscar la forma de permanecer, lo más que se pueda, en el poder. Solo que ahora, al hacerlo no ya como primer ministro sino como presidente, bajo un nuevo modelo, es posible que acelere el ritmo de su marcha hacia una Turquía que puede llegar a ser diferente de la que fundó Ataturk.
El avance del nuevo presidente desata un capítulo prácticamente inevitable de división de la sociedad turca, porque los sectores más caracterizadamente republicanos, que piensan de manera diferente, y que tradicionalmente han encontrado apoyo en las fuerzas armadas conforme al ideario kemalista, seguramente radicalizarán su oposición. Es difícil pensar que el modelo económico de Turquía vaya a cambiar en los próximos años. Pero seguramente el país se apresta a vivir episodios que consideraba relegados al pasado, sin que nadie pueda prever quién va a prevalecer.
El nuevo paso del fulgurante jefe político, que con su llegada a la presidencia anunció el comienzo de una nueva era, deja sin embargo la eterna incógnita de la capacidad que tenga de dominar todo el escenario a través de un primer ministro que se resigne a recibir instrucciones. En Turquía ya Suleymán Demirel y Turgut Ozal vivieron la misma experiencia de tantas partes, que indica que no es fácil encontrar un personaje que a la hora de la verdad gobierne en ejercicio del papel de botones.