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Drama de beligerancia en frío

29 de diciembre de 2014 - 09:00 p. m.

La verdadera comedia no es “La Entrevista” de la película de Sony sobre el Presidente de Corea del Norte sino el forcejeo en torno a su presentación.

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Empresas del espectáculo, Estados, grupos anónimos y orientadores de la opinión, figuran en el reparto de la obra, que pone de manifiesto nuevas formas de “acción diplomática”. Con los elementos constantes de la insinuación ofensiva, la parodia, la amenaza, las acciones por las que nadie quiere responder, los reclamos en defensa de principios, el desfile de consideraciones peregrinas y seguramente la impunidad final, asistimos al perfeccionamiento de un drama propio de la versión más avanzada de guerra fría.

Acto primero. Todo comienza con el anuncio que Sony hace de mostrar una película que pone en escena a dos supuestos periodistas encargados por la CIA de aprovechar una entrevista al Presidente Kim para asesinarlo, luego de exponerlo al ridículo. Como signo del poder, y también de la debilidad, de la tecnología disponible en nuestra época, los computadores de Sony son objeto de un ataque cibernético que pone al descubierto información privada comprometedora. La empresa entiende de inmediato que se trata de una retaliación de parte del gobierno de Pionyang. Los norcoreanos niegan ser los autores de la embestida, pero no dudan ni un momento en reconocer que el ciber ataque es un hecho digno de aplauso. Aparece luego un grupo que se auto denomina “Guardianes de la Paz”. No aclaran de qué tipo de paz, porque amenazan con desatar ataques similares, no se sabe en qué sentido, a los del once de septiembre de 2001, contra las salas de cine donde se presente la película. Entonces se cancela la premiere de Nueva York y diferentes teatros anuncian que no quieren correr el riesgo.

Acto Segundo. Salen al escenario los campeones de los principios. Unos exaltan el valor de la valentía que es preciso mostrar frente a las amenazas. Otros reclaman a favor de la libertad de expresión y anuncian que la claudicación ante la amenaza en este caso equivale a configurar la fórmula para que el modelo de la intimidación desde el anonimato se abra paso con cualquier otra finalidad. Los demás, incluyendo al Presidente de los Estados Unidos, simplemente estiman que el hecho de cancelar la presentación es una equivocación. Corea del Norte insiste al tiempo en su inocencia y en la validez política de la amenaza; se manifiesta dispuesta a conducir una investigación conjunta de los hechos con los Estados Unidos. Estos últimos se niegan a semejante ejercicio.

Acto Tercero. Corea del Norte se queda por un rato y en varias ocasiones sin servicio de internet. Algunos consideran que el castigo es merecido. Otros afirman que el hecho no tiene importancia sustancial porque en ese país solo se tiene acceso a la red dentro de las restricciones establecidas por el Estado, ya que los únicos con acceso libre son los privilegiados de siempre, aunque, claro está, su molestia ya es suficiente motivo de escalamiento de la crisis, justamente porque no están acostumbrados a que les limiten sus privilegios. Pionyang acusa a los Estados Unidos de orquestar la suspensión del servicio y naturalmente ese reclamo no tiene eco. En cambio una investigación del FBI parece haber establecido que efectivamente los coreanos del Norte estaban detrás del ataque contra Sony.

Acto Cuarto. La película se comienza a presentar en público cada vez con menos timideces y, para molestia mayor de aquellos a quienes no gusta o no conviene, comienza a circular por las redes sociales, por ahora solamente en los Estados Unidos. Pero, como los límites en el enredado mundo de la red son muy difíciles de mantener cerrados, pronto estará en todo el mundo. Corea del Norte insiste en que la comedia ofende la dignidad de su liderazgo supremo; en otras palabras, con la forma piramidal que caracteriza su sistema político, ofende al único que importa, que es el heredero de la dinastía, Kim Jong-un. Sobre esa base aumenta el peso de su ofensiva con comentarios racistas y desobligantes contra el Presidente Obama. Además, como lo ha hecho en otros casos, no ha desperdiciado ocasión para anunciar que será capaz de llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias, no se sabe si para lucirse ante el público interno o ante ese resto del mundo que no acaba de comprender las complejidades del sistema político inaugurado por el camarada Kim Il-sung. El telón no ha caído.

No cabe duda de que en Occidente persiste la costumbre de creerse con el derecho de burlarse de propios y extraños, pero más fácilmente de los extraños. Y si ellos ayudan con sus modelos exóticos y misteriosos de ejercicio del poder, todo lo que hacen es facilitar las cosas. La presencia de los defensores de principios será siempre bienvenida. Pero dentro de esos principios, al lado del de la libertad de expresión, debe figurar también el del respeto por los oponentes, así sean excéntricos y extravagantes. Solo nos queda esperar que el incidente sea apenas una versión contemporánea de guerra en frío, y que nadie cometa errores de los que pueden llevar a catástrofes desatadas por la dificultad para controlar el ego herido de líderes con poderes omnímodos, que se pueden equivocar si creen que la fuerza que les reconocen sus áulicos les alcanza para aventuras mayores.


 

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