Una de las primeras obligaciones de los gobernantes, que se reclamen como demócratas claro está, es la de congregar a todos los miembros de la sociedad, sin asomos de preferencias de clase y mucho menos de animosidad contra nadie; el mismo deber asiste a quienes hayan ejercido el poder y puedan influir todavía en el ánimo de una nación.
La campaña presidencial francesa, como de costumbre, ha dejado buenas lecciones de sentido democrático. No solamente los ciudadanos optaron mayoritariamente por la alternación, luego de un fuerte debate y un primera vuelta de dispersión, sino que los dos finalistas de la contienda dieron muestra de civilidad y sentido de la responsabilidad que afianzan el modelo político del país.
Por duros que hayan sido, como lo fueron, todos los rounds del proceso de la segunda vuelta, incluyendo el debate cara a cara entre los dos finalistas, siempre estuvo presente el común denominador del enfrentamiento dentro del marco del sentido republicano que tanto contribuye a la salud de la vida política y de la convivencia social.
El aguerrido Nicolás Sarkozy, luego de perder la batalla final, dejó el poder con aires de gentileza y con el gesto de confianza en la causa común, que no puede ser otra que la del bienestar de su nación. Y no es predecible que ahora salga a desatar una campaña de crítica implacable contra el nuevo gobierno, cosa que, según las costumbres republicanas tampoco habría hecho aún si su sucesor hubiese provenido de la derecha. Tal vez porque entiende que su turno ya pasó y que ponerle palos a las ruedas del nuevo gobierno solo demostraría que le afecta personalmente el haber dejado del poder, que le asiste porque sí la obligación del protagonismo, y que cree que él es el único que sabe gobernar.
Pero el mejor complemento de la actitud republicana de Sarkozy es el compromiso del nuevo presidente en el sentido de congregar. Ya lo mostró como argumento a la hora del debate en televisión e hizo del tema uno de los pilares de la campaña, para que nadie, ni de derecha ni de izquierda, ni pobre ni rico, se vaya a sentir amenazado por su ejercicio del poder. Esto no significa, en manera alguna, que «resambler» consista en ofrecerle puestos públicos a los del partido perdedor, ni en Francia ni en el servicio exterior, sino en respetar los fueros de todo el mundo y gobernar con criterio de congregación.
El arte de gobernar, en sentido republicano, implica entonces no perder la conciencia sobre la necesidad de congregar. Lo mismo aplica para el arte de hacer política de oposición. Para lo uno y para lo otro existen los mecanismos institucionales de acción política, es decir el Estado y los partidos. Es a través de ellos que cada uno hará su oficio y contribuirá al progreso, no a la división innecesaria de la nación. Ya vendrán nuevos episodios que serán al tiempo oportunidades para que, a través del juego de roles propio del sistema republicano, cada uno haga lo que le corresponde, para que haya competencia sí, pero dentro de la nobleza cívica que es premisa fundamental de la práctica democrática.