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El espantajo de Ozal

09 de marzo de 2015 - 11:00 p. m.

Los griegos han protagonizado una diáspora incesante de miles de años, que los haría comprender muy bien las complicaciones de la migración.

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Ya en épocas muy antiguas fundaron colonias que iban desde el extremo occidental del mundo conocido, como nos lo ha explicado Enrique Serrano en su escrito sobre Gadir, hasta los confines del Mar Negro, como nos lo ilustran las leyendas y los historiadores clásicos. Aunque para el mundo helénico no existían distinciones entre Europa, Asia y África; ideas surgidas con posterioridad y que están a la raíz de tantos malentendidos.

Alejandro se murió después de haber regado con sus huestes el camino hacia la India. Cuando se vino al suelo el orden que habían logrado armar bajo el manto de Bizancio, muchas comunidades quedaron atrapadas hablando y escribiendo en griego desde Armenia hasta Italia, pasando por Bulgaria y la Macedonia, y desde Kiev hasta Alejandría, como lo atestigua Constantino Cavafis. Las dos guerras mundiales, y en su intermedio la catástrofe del año veintidós, además de la Guerra Civil, empujaron a los griegos al mar y los hicieron llegar a todos los países de Europa, incluyendo Alemania, que los había destrozado pero necesitaba reconstruirse, y la Unión Soviética, que recibió a los comunistas en derrota. Muchos hicieron las Américas un poco tarde, pero lo hicieron bien. Y como para ellos el mundo no ha tenido límites, llegaron a Australia. De paso fueron a dar al África, donde los blancos los recibieron sin problemas y los negros también, porque no representaban ningún poder colonial. Siempre fueron buenos inmigrantes.

Hoy se dice que solamente la mitad de los griegos vive en Grecia. Y que la otra mitad está por fuera inventándose nuevas vidas, casi siempre con éxito, rumiando eso sí la nostalgia y aliviándola con la comida, que no abandonan, y con viajes frecuentes a la madre patria, hasta que a muchos les da por irse a morir allá, sumergidos otra vez en sus tradiciones y renegando de los malos gobiernos, como debe ser. Por lo demás, están en los negocios grandes o pequeños, en las empresas de significación, o en las mejores universidades del mundo, presentes en todos los debates con sus locuras geniales y sus aciertos irreversibles, tal vez porque las profundidades de su lengua original les permiten complicar las cosas, o simplificarlas, a voluntad. Con las remesas han financiado a sus familias y ayudado a sus aldeas. Un alcalde contaba que construyó el coliseo y otras obras con las que la comunidad de su isla había soñado, gracias a que los emigrantes de ese terruño que se habían ido a Nueva York decidieron donar durante unos meses un dólar diario.

No obstante todo lo anterior, y después de haber sido los más xenófilos en su propia tierra, los griegos han pasado a ser los más xenófobos de Europa, en la medida que su vida se ha visto afectada por la presencia de extranjeros de la más diversa procedencia, que suman ya por lo menos un millón de personas y constituyen el diez por ciento de la población del país y también de la fuerza de trabajo. Hace dos décadas no había en Atenas animadores de un barrio chino. Tampoco en las gasolineras se podía encontrar un empleado paquistaní. Tan solo había empleadas domésticas “filipinesas”. Ahora les acompañan albaneses que huyeron de su país a la caída del comunismo, afganos, iraníes, iraquíes, sirios y somalíes, haciendo lo propio ante la debacle de sus respectivos países. Muchos entran por Turquía, sin perjuicio de que lo hagan por cualquier agujero en la inmensidad del mar que une a las más de mil islas helénicas. A ellos hay que agregar los parientes olvidados de Rumania, Bulgaria Georgia, Ucrania, Rusia y Polonia, que a la caída del muro de Berlín aparecieron como de la nada a engrosar la población de un país que en el último medio Siglo ha tenido “crecimiento poblacional negativo”.

Todo eso ha sido posible porque en todo caso el país pertenece a la Unión Europea y al espacio Schengen. Además porque los griegos no se quieren ocupar de oficios en la agricultura, la industria pesada o los servicios básicos. Pero lo cierto es que casi todos los inmigrantes ilegales entran hoy por la frontera turca, bajo la mirada complaciente de las autoridades de Ankara, como si se estuviera cumpliendo la amenaza del Primer Ministro turco Turgut Ozal quien habría dicho hace unos años que “no es necesario ir a la guerra con los griegos… pues bastaría con dejarles pasar unos cuantos miles de inmigrantes”.

Al manejo de la tormenta económica que tienen que capotear contra las prescripciones de la propia Unión Europea, Alexis Tsípras y Yanis Varufakis deben agregar entonces el reto de darle adecuado tratamiento al problema de ese millón de bocas más por alimentar, que pertenecen a culturas extrañas y afectan la vida de un país que se precia de sus tradiciones, aunque suplen las deficiencias de crecimiento poblacional y se ocupan de labores que, aún en medio de la crisis, nadie quiere realizar.

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