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El orgullo de la destrucción

13 de junio de 2011 - 12:26 p. m.

No es bueno enorgullecerse de producir destrucción. Quien lo hace no puede proclamarse amigo de la paz. A nadie le queda bien preciarse a la vez de humanitario y de destructor.

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No hay causa que justifique el ataque militar a objetivos civiles, así sean las obras predilectas del peor enemigo. Y si ese enemigo era hasta hace poco tenido en gran estima, así hubiese sido en apariencia, no hay forma de explicar a los ciudadanos inermes de ningún país el uso de un poderío extravagante para destruir hospitales públicos, fábricas que no sean de material de guerra y otros edificios alejados de las zonas de combate. La prensa occidental ha registrado el orgullo de los gobiernos occidentales por la destrucción de obras públicas que estiman figuraban dentro de las predilectas de Muamar Gadafi. El espectro de los llamados blancos estratégicos ha cambiado tanto que ahora incluye, sin rubor, elementos de importancia en el conjunto del aparato productivo del país que completa ya varias semanas de un conflicto entre su tirano y la suma de las fuerzas armadas de los países más poderosos del mundo.  Curiosa extensión que después de todo les hace quedar mal, en cuanto no debería importar lo que Gadafi quisiera una u otra edificación, sino qué tanto sirve al pueblo libio, por encima de toda consideración política. Los mismos medios de comunicación, y sobre todo los jefes políticos y militares de los atacantes de hoy, parecen haber olvidado que apenas hace unos años un atónito Tony Blair se rindió sonriente y tímido a la carpa de Gadafi en el desierto, como lo registró la prensa de todo el mundo. También olvidan las caras de José María Aznar, el entonces jefe de gobierno español, Zapatero el nuevo, Sarkozy, Schröder el Canciller alemán, que fueron a dar allí a nombre de los intereses de sus respectivos países y no precisamente a insultar al otra vez abominable dictador, para no hablar de Berlusconi, que al menos ha tratado de mantener una misma línea, seguramente en defensa de los imbricados intereses italo-libios, que más le vale preservar que destruir. El jefe libio, que no ostenta ningún cargo, lo que le convierte en una especie difícil de catalogar para todos los que le piden que renuncie, conoce muy bien las cuentas de lo que ha sido el complicado transcurso de sus relaciones con los poderes occidentales. Sabe cómo, cuándo y porqué, fue condenado por muchos años como el depredador más odiado, amigo y patrocinador del terrorismo. También sabe cómo, tal vez gracias a la desgracia de Sadam Hussein, y siempre a la llave que maneja del petróleo que suple a tantos, pudo de la noche a la mañana, previo mea culpa por el atentado de Lockerbie, recuperarse y entrar a formar parte de la sociedad internacional de la gente bien. La Operación Odisea del Amanecer, tamaño nombre lleno de significación clásica para un ataque que lleva la carga de intereses que las mismas potencias no han sido capaces de defender en otras partes del mundo, como en Siria, no ha sido hasta ahora exitosa. Una vez más parece que fallaron los cálculos aquellos que llevan a pensar que de manera expedita los malos de la película huyen despavoridos ante el empuje de unos cruzados de nueva era, que proceden de inmediato a establecer, en el norte de África en este caso, regímenes similares a los que se estilan en los más refinados escenarios del Hemisferio Norte. Algo tiene que haber que no nos han contado, que hace que, a estas alturas, no haya sido posible derrotar al dictador caído una vez más en desgracia. A lo que está acostumbrado porque después de todo esa es su ley. En cambio cada día resulta más ostensible que el hecho de que Gadafi posea tanto poder todavía a través de las inversiones libias en los más variados centros de poder económico resulta particularmente incómodo. Y, lo que a todas luces, y en todas partes se sabe, es que algo tiene que ver con todo esto, la significación que el petróleo de Libia tiene para la marcha y la supervivencia misma de Europa. Para cubrir el esfuerzo de deshacerse de un dictador y controlar los enormes recursos de su país, los argumentos de los últimos días no sirven. Tampoco sirven las interpretaciones acomodaticias de lo dispuesto por la Resolución 1973 del consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que claramente prescribió que se autorizaba la adopción de todas las medidas necesarias para proteger a los civiles y las zonas pobladas por civiles que estén bajo la amenaza de las fuerzas leales a Gadafi. ¿Y quién protegerá ahora a los civiles bajo la amenaza de las fuerzas de la OTAN?

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