El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

En espera de los manifiestos

12 de abril de 2010 - 04:06 p. m.

El primer deber de un aspirante a gobernar es el de tener un programa. La más elemental de las obligaciones del votante es la de ejercer su derecho con plena conciencia, sobre la base de comprender lo que le proponen, y escoger libremente lo que mejor le parezca.

PUBLICIDAD

Ninguna democracia se puede preciar de serlo si en un proceso electoral está ausente uno de esos dos elementos. En ese caso, lo primero que deben reclamar los demócratas es que candidatos y ciudadanos cumplan a cabalidad con sus respectivas obligaciones.

La campaña electoral británica, en busca de la elección de un nuevo Parlamento y la conformación de un nuevo gobierno, está a punto de comenzar. Durará poco pero irá de una vez a lo esencial. Y habrá una amplia discusión pública sobre los temas de interés común. La señal de partida de esa discusión no es simplemente el vencimiento del término del mandato actual, ni el llamado a un nuevo proceso electoral. Lo que marca el inicio del debate es la publicación de un manifiesto programático por cada uno de los partidos.

La presentación del manifiesto constituye una tradición democrática de importancia indiscutible. Laboristas, conservadores y liberales, entre otros, presentarán entonces sus respectivos documentos con las propuestas de lo que consideran ha de ser, y hacer, el gobierno que lleguen a presidir, si obtienen el favor de las mayorías. Se trata de informar a los electores el punto de vista de cada organización política respecto de los principales temas de interés público. Si todos saben lo que piensa y propone cada quién, el debate será más útil y pertinente. También la decisión de los votantes será mejor fundamentada.

La buena costumbre de publicar lo que se piensa, y lo que se propone, implica a su vez la usanza de reflexionar en forma permanente sobre los asuntos públicos y concebir ideas para manejarlos conforme al credo de una u otra tendencia política. Así, cada partido se ve obligado a dedicar a ese ejercicio los esfuerzos de su gabinete en la sombra, o al menos el trabajo de analistas permanentes de la evolución de los procesos políticos y de la acción gubernamental, lo mismo que de los fenómenos internacionales que afectan la vida nacional.

A raíz de la publicación de los manifiestos, los británicos sabrán a ciencia cierta lo que cada partido piense sobre temas como el empleo, el régimen de impuestos, las modalidades de apoyo a las empresas, el gasto público, la promoción de la ciencia, el desarrollo de la infraestructura, el mejoramiento del transporte, la prestación de los servicios públicos tradicionales, los caminos de búsqueda de la equidad, las fórmulas de armonía entre el país urbano y el rural, lo mismo que las medidas que permitan la subsistencia de uno y otro, las ambiciones de cada proyecto educativo, la actitud frente a las migraciones, la viabilidad del sistema de salud, la seguridad pública, y toda una serie de temas respecto de los cuales conviene saber qué propone cada quién en las circunstancias específicas del momento y de los años por venir.

Buen término de referencia para países en los que, en medio de debates y campañas mucho más largas, es preciso sacar a tirones, y en desorden impuesto por la imprevisión y la debilidad de los partidos, respuestas de los candidatos a preguntas elementales. Porque, aunque se piense que el sistema dentro del cual juegan merece las mejores calificaciones, quienes compiten por la jefatura del Estado no se aparecieron en público a pedir el voto sobre la base de ningún programa, sino en una competencia de imágenes y supuestos que hacen que los electores se pongan a adivinar lo que pueda ser el gobierno de uno u otro. Cuando no a guiarse por los resultados de las encuestas y con la intención de jugar a ganador, como si votar en conciencia fuese una muestra de debilidad. A pocos días de los comicios, aún es tiempo para que, a la usanza de las democracias avanzadas, se hagan públicos y explícitos los manifiestos de los candidatos, y los ciudadanos puedan cumplir libremente, y con conocimiento de causa, con su deber de escoger.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias