La impotencia para reaccionar apropiadamente ante conductas criminales de alto contenido simbólico conduce de hecho a que se consoliden.
Muchos países han conocido ya sus limitaciones para contrarrestar los embates de la acción política violenta. La inhabilidad para responder de manera idónea ante hechos violatorios de principios, leyes y derechos, termina por abrir las compuertas para que se vuelvan a repetir. Cualquiera podría pensar que cuando la afrenta a la sociedad adquiere dimensiones internacionales sería más fácil de corregir, pero es todo lo contrario.
La comunidad internacional, al menos allí donde existe una tradición de respeto por la condición femenina y de proscripción de la idea de la esclavitud, observa consternada la arrogancia de quienes en Nigeria anuncian que las más de doscientas niñas secuestradas en una escuela secundaria de Chibok serán vendidas como esposas o esclavas, o como las dos a la vez. El asalto perpetrado en la noche del 14 al 15 de abril por el grupo radical “yihadista” Boko Haram, que se opone a la “nociva occidentalización de la vida nigeriana”, ha cumplido hasta ahora su objetivo político de protestar contra la “interferencia del Estado en la tradición educativa islámica”. También ha conseguido el propósito de escandalizar al mundo entero y de consolidar una posición de fuerza en la disputa interna por el poder.
Son varios los ideales y principios que resultan vulnerados con esta acción, que es apenas la más reciente de una serie de atentados contra la educación y contra los jóvenes que no se sometan a la disciplina de ese movimiento entrenado por Al Qaeda, paradójicamente fortalecido con la intervención extranjera en la región. Es un asalto a la dignidad de la mujer, pero también lo es a la inmunidad consuetudinaria de la niñez, a la familia, a la escuela, a los derechos elementales del ser humano, a la igualdad, a cualquier forma de democracia y a la institucionalidad tanto interna como internacional.
Como no se veía hace un buen tiempo, las reacciones que el hecho ha suscitado van más allá de las formalidades de las relaciones de gobierno a gobierno. Diferentes personalidades, que ejercen liderazgo en los sectores más variados, e inclusive gobernantes en su condición doble de representantes de países y de ciudadanos del mundo, han configurado una amplia red, junto con organizaciones no gubernamentales, para reclamar a una sola voz: “Bring Back Our Girls”.
La suma de todos esos nombres solo ha servido para configurar una larga lista de impotencia frente al poder inmediato de los raptores, que seguramente han repartido a las niñas en grupos pequeños para facilitar la consecución difusa de sus propósitos. Y es que sus llamados no tienen cómo encontrar oído favorable de parte de raptores que hablan un idioma diametralmente distinto. Para ellos el coro mundial de reclamo puede constituir un premio a la difusión de los propósitos de su causa y no van a sentir la vergüenza que no sintieron desde un principio.
El número de víctimas de las actividades del grupo en el presente año, que incluye a muchos estudiantes, llega a varios miles. Pero lo más grave es que el secuestro de las niñas es apenas un golpe más dentro de una confrontación entre formas diferentes de ver la condición humana, la sociedad y el destino último de cada quien. Por eso el hecho es visto de manera distinta en otras partes del mundo, donde no faltarán quienes estén de acuerdo en que las mujeres no tenían porqué estar en la escuela, o que su destino debe ser el que por la fuerza han decidido arbitrariamente los captores. Se trata de una muestra más de la profunda división entre Islam y Occidente, que no solo preocupa a los líderes de Europa y América y a sus aliados y amigos de siempre, sino también a sectores islámicos que tienen de la yihad y de los principios musulmanes una idea diferente y bondadosa, más cercana a las virtudes de una fe que coincide con las otras grandes religiones monoteístas en principios y valores de paz, respeto y generosidad.
El hecho es que, tal como está planteada la situación, en un país a la vez fuerte y volátil como Nigeria, cada día que pasa la crisis se agrava, y de paso alimenta una confrontación en la que muchos quieren meter al mundo islámico, como si tuviera la obligación de arrasar con los “infieles” en una acción de conquista de almas por la fuerza. Por eso los cristianos, en vez de contribuir a la radicalización, deberían tender puentes a tiempo para sembrar semillas de distensión que permitan desactivar ese huracán creciente que, de no ser controlado a tiempo, puede ser el motor de una catástrofe mayor. Por ahora, y a raíz del caso de Chibok, siguen todos atrapados en una trampa de impunidad. Y la ausencia de mecanismos para revertir rápidamente el proceso solo ayudará a consolidar la significación política de lo que ha sucedido y la figuración internacional de los activistas de Boko Haram.