Después de cinco años de caos, los autores de la campaña militar y mediática que terminó con el régimen de Muamar Gadafi expresan su interés en que en Libia haya algún tipo de orden.
Cuando en el año 2011 el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas declaró una “zona de interdicción aérea” en Libia y luego la OTAN comenzó a bombardear los centros de comando del dictador, resultaba difícil entender semejante arremetida después de que buena parte de la elite mundial había desfilado por la carpa del líder libio y se había fotografiado con él. Allí, o en otros lugares, en medio de sonrisas y gestos de cortesía, dejaron huella de su simpatía personalidades como Nicolás Sarkozy, Tony Blair, el anterior Rey de España, Berlusconi, Aznar, Zapatero, Brown, Chirac, Obama, Putin y hasta Bachelet.
Más tarde se vino a saber que la campaña, interna e internacional, para derrumbar el régimen, no solamente se precipitó como consecuencia espontánea de la “primavera árabe”, cuyo contagio era fácil de explicar, sino que Gran Bretaña y Francia invitaron a la acción y buscaron el apoyo de los Estados Unidos. Y que a pesar de las dudas del presidente Obama sobre las consecuencias de volver a atacar en un país musulmán, Hillary Clinton, entonces Secretaria de Estado, terminó por quedar convencida de la urgencia de actuar, gracias a los argumentos de Mahmoud Jibril, un politólogo libio doctorado de la Universidad de Pittsburg, quien aparentemente le hizo ver posible la instauración de un sistema institucional de corte democrático occidental en el país, para reemplazar la dictadura de Gadafi.
A partir de entonces Hillary se convirtió en campeona de la causa de la intervención militar y consiguió prevalecer sobre la línea, más prudente, de su propio presidente. Lo hizo, seguramente, con la mejor intención, es decir con ese ánimo tradicional en algunos políticos estadounidenses de “hacerle bien al mundo”. El resultado es el que ya se conoce: un fracaso estruendoso, con muerte de embajador americano de por medio, que ha llevado prácticamente a la disolución de Libia, convertida hoy en un espacio que nadie puede controlar, como paradójicamente sí lo hizo Gadafi a lo largo de casi medio siglo.
No necesariamente porque les duela la conciencia, sino porque Libia se está volviendo ahora sí una amenaza verdadera, en virtud de los posibles avances del llamado Estado Islámico en ese territorio desventurado, los mismos países que antes se dedicaron juiciosamente a bombardear han resuelto ahora hacer un llamado a ayudar a establecer algún principio de orden. Además de cortar el avance del Islam radical, quieren “taponar” un importante corredor de migración ilegal de millones de africanos hacia Europa, provenientes de países a los que los poderes coloniales, después de explotarlos y tratar de imponerles su visión del mundo, no han dejado de atraer como deseable paraíso.
El reparto desordenado del arsenal de Muamar Gadafi ha conducido a que, muy al estilo africano, cada pick up con una ametralladora bien montada en el platón sea una opción de gobierno con el mismo alcance del de sus disparos. Aunque otra vez europeos y americanos estén animados de las mejores intenciones, las opciones de éxito parecen precarias. Más aún cuando ya quedó claro que no sirve de mucho apelar a jóvenes nativos del país y educados en universidades de los Estados Unidos, idóneos sobre todo para escribir “papers” destinados a deslumbrar a sus profesores conforme a la ortodoxia que sirvió de soporte intelectual a los fracasos de Vietnam, Afganistán, Irak, Siria y todas las demás guerras perdidas después de la Segunda Guerra Mundial.
Europa tiene razón en estar preocupada por la situación de Libia y sus posibles desenlaces. Sabe que si no se arregla el caos reinante, y si no se produce una especie de aglutinamiento de fuerzas que permitan tener con quién negociar, las cosas pasarán de ser una tragedia local a convertirse otra vez en un problema con implicaciones internacionales. El Presidente Obama ha dicho que el peor error de su política exterior fue el manejo del asunto libio. Y ahí está su Secretaria de Estado, artífice de ese fracaso, en peligro de ser llamada a cuentas por el manejo de la información con motivo de la crisis, con todo lo que ello podría traer respecto de su carrera por la presidencia. De manera que Libia sigue produciendo efectos importantes en la política norteamericana. El reto lo planteó correctamente un estudiante norafricano cuando dijo: “ya sabemos lo que los Estados Unidos pueden hacer con bombas… ¿podrían hacer alguna otra cosa?”
En 1935, el avión que llevaba a Antoine de Saint-Exupery de París a Saigón, en su intento por establecer un nuevo récord de vuelo, se vio obligado a aterrizar en el desierto libio. Él y su navegante, André Prevot, sobrevivieron a la emergencia de poner el avión bruscamente sobre la superficie, pero vino luego la prueba de no morir por deshidratación en la sequedad y el abandono. Un beduino los rescató milagrosamente cuando las alucinaciones visuales y auditivas los iban sumiendo en el sueño de la muerte. Los extranjeros que intenten ahora volver a entrar a Libia no van a encontrar fácilmente beduinos compasivos.