En vez de dedicarse prioritariamente a cazar terroristas en las montañas afganas extendiendo hasta allí el espectro de la OTAN, el liderazgo de Barack Hussein Obama puede desarrollar acciones un poco más complejas, pero más efectivas, en la tarea de distensión de toda una serie de focos de confrontación que quedan como herencia de la era Bush.
En pocos años la OTAN dejó de ser la guardiana de la seguridad en el Atlántico Norte para convertirse en la fuerza armada de Occidente capaz de actuar en cualquier lugar. No otra cosa significa el haberse constituido en el hilo que amarra la presencia de fuerzas de más de veinte países en Afganistán. La justificación de esta metamorfosis no es otra que la de la desaparición de las amenazas típicas de la Guerra Fría, y la urgencia de reaccionar lo mejor posible a los ataques del segundo año del nuevo siglo, corriendo a limpiar el nido de donde se supone saldrían muchos de los males de nuestros días.
Bajo la presidencia de George Bush, y conforme al talante de éste, la Organización llegó al punto de participar en las acciones preventivas que tantas dudas dejarán siempre respecto de su pertinencia y de su bondad. Bajo el gobierno de Obama va camino de convertirse en punta de lanza de las acciones lideradas por los Estados Unidos con la convicción de que al sellar las cuevas de las montañas afganas se evitarán problemas futuros.
El hecho de que las acciones occidentales orientadas a enfrentar el problema terrorista tengan un marcado acento militar puede terminar por dar una idea equivocada de lo que puede hacer ese enorme grupo de países que conforma la Alianza, que tienen poderío suficiente en muchos otros campos, como el diplomático, el político y el cultural, para dedicarse a la tarea de resistir las causas del terrorimo. Es decir que, sin descuidar los problemas de la seguridad, y los de las nuevas confrontaciones, en los términos tradicionales, bien vale la pena explorar, con los mismos socios, proyectos de diferente espectro y proporción.
Los riesgos de privilegiar las operaciones de guerra en Afganistán son enormes. En primer lugar aparece la posible falta de convicción, lo mismo que la de compromiso, de parte de algunos de los aliados, que no necesariamente se debe identificar con su actitud en general hacia el nuevo gobierno estadounidense. A lo que hay que agregar la vieja y mítica consideración de la invencibilidad de las cuadrillas de guerreros desparramados por las montañas del Hindu Kush.
Pensar que con la derrota de las milicias internacionales, que combaten en terrenos donde todas las potencias invasoras han sido hasta ahora repelidas, se conseguirá neutralizar el terrorismo internacional, puede ser una gran equivocación. Porque resulta difícil creer que son sólo esas huestes, casi siempre en huída de las acometidas de ejércitos dotados de la más alta tecnología, las principales inspiradoras, animadoras, realizadoras o responsables de actos terroristas en otros lugares del mundo. Y que son estas mismas el comienzo y el fin de la inseguridad global.
En otras palabras, dedicarse a la cacería de posibles terroristas a campo abierto y anunciar ese como el escenario en el que se decidirá el destino de la paz mundial, puede ser mucho menos constructivo que acometer acciones políticas y diplomáticas en diferentes regiones, y en particular en ambientes urbanos, intelectuales y ciudadanos, que es donde de pronto sí se producen las ideas que pueden animar acciones desesperadas contra un enemigo poderoso y a la vez vulnerable en razón de su propio esquema de libertades. Tal vez el talante de la nueva administración estadounidense alcance para comprender que toda una serie de acometidas de distensión puede ser emprendida para desactivar las causas de una confrontación que sólo se remediará en la medida que nadie tenga porqué echarle la culpa de sus desgracias al imperialismo occidental y a los modelos excluyentes de bienestar.