Un gobernante puede terminar por dar al traste con su obra por decir algo impropio en un momento de afán, o en uno de euforia.
Con tal de sacar adelante cualquier propósito, los políticos tienden a decir cosas que, después del entusiasmo y los cálculos alegres del momento de hacer una propuesta, se convierten en obstáculos para la buena marcha de su proyecto. Entonces viene la lucha por tratar de sobrevivir a sus propias invenciones.
Ante la inconformidad respecto de las relaciones con la Unión Europea, expresada por miembros del parlamento e importantes sectores del Partido Conservador, el Primer Ministro británico David Cameron ofreció, como argumento de campaña en busca de un segundo mandato, la celebración de un referendo para que sus conciudadanos decidan si quieren o no que el país siga siendo parte de la institucionalidad comunitaria. Ahora están a punto de votar por lo uno o por lo otro.
Los británicos han sido suficientemente euro escépticos desde el comienzo de la aventura de la Unión. Ya con motivo de los pactos fundacionales obtuvieron condiciones aparte, al menos en materia monetaria y en cuanto hace a la circulación de personas. Todo se les concedió porque no era, ni ha sido, poca cosa, tenerlos en el mismo redil con Francia y Alemania, países con los cuales han tenido tantas desavenencias en el pasado turbulento de un continente marcado por la violencia. De manera que, a lo largo de las últimas cuatro décadas, nadie puede negar que la Europa comunitaria ha sido escenario y argumento de alto valor en favor de una colaboración pacífica que nadie hubiera podido imaginar en otras épocas.
A pesar de esa inocultable realidad, de alguna manera es comprensible que exista descontento en ciertos sectores en cuanto a la perspectiva de una Europa cada vez más amplia, empeñada en ganar espacios, y voluntades, dentro de lo que fue hasta hace poco el campo soviético. Porque una cosa pudo haber sido la congregación de doce países con intenciones compartidas, que sin perjuicio de sus diferencias de matiz lograron avanzar en la construcción de una cultura más o menos común, y otra cosa es la actual reunión de veintiocho países, de los cuales la nueva mitad, aunque proviene del tronco común europeo, ha transitado desde la época medieval por caminos diferentes.
Cameron tenía que tomar partido a la hora del debate ofrecido. Mal podría haber callado sin advertir todo aquello que, desde la cabina de mando del gobierno, se puede avizorar hacia el futuro. Entonces comprendió que si obtenía del resto de los socios europeos concesiones que disiparan las dudas de los escépticos, evitaría el golpe que para su propio gobierno significaría la necesidad de reinventar una Gran Bretaña otra vez separada del continente.
Después de cuarenta horas de discusión, los demás socios de la Unión facilitaron las cosas al otorgarle al Reino Unido gabelas de las que no goza ningún otro miembro. En adelante podrá ser aún más restrictivo en materia de inmigración, aún a costa del sacrificio de principios comunitarios de igualdad. Mantendrá su propia línea por fuera del Euro. Tendrá una especie de veto respecto de asuntos monetarios que no le convengan. Y no será obligado a dar los pasos futuros que deberían llevar “hacia una Europa más unida”. Con esa cosecha en su cesta, Cameron, que había sido más bien euro escéptico, regresó a casa convertido en furioso partidario de permanecer en la Unión. Solo que eso no ha servido de mucho, a juzgar por las tendencias de las encuestas.
Los promotores de la salida han conseguido despertar los fantasmas del nacionalismo. En torno a ellos se han unido diferentes personas, sin fronteras de partido político. Aunque la mayoría de los entusiastas del retiro sean conservadores, el denominador común es el de personas que votan guiadas por el instinto de una vida cotidiana independiente de factores externos. Gente que no tiene en cuenta los grandes elementos históricos del pasado, ni los del futuro, y a la cual no es fácil inducir a que los tenga en consideración. Opositores a cualquier idea de cooperación con el extranjero porque tal vez les anime un cierto sentido de la superioridad, muy al estilo de la época imperial, que llevó a muchos en Gran Bretaña a mirar a otros pueblos, particularmente del sur, como ineptos para estar a la altura de los bendecidos por el aislamiento, el éxito y el ingenio. Así que las nuevas “conquistas” del Primer Ministro les parecen insuficientes. Quieren navegar solos, como si no hubiesen mediado unas cuántas guerras; como si les bastara con la ilusión del eventual apoyo de la Commonwealth, que les hace sentirse cabeza de algo grande; como si el mundo no hubiera cambiado ni liberado monstruos que pueden atentar más fácilmente contra los solitarios; como si fuesen tan fuertes para conseguir que el planeta entero se organice conforme a la línea que a ellos les convenga. Por todo eso se han radicalizado en torno a una causa que consideran de “independencia nacional”.
A pocas horas del referendo, el Primer Ministro británico lucha por no terminar fulminado por su propio invento. Le acompañan los líderes de los grandes partidos tradicionales. También sus predecesores y los grandes empresarios. Le hacen coro el presidente de los Estados Unidos y los demás jefes de gobierno de la Unión Europea. Llueven admoniciones sobre las consecuencias imprevisibles de una votación por el retiro. Despierta el europeísmo escocés, que nuevamente amenazaría con la ruptura del Reino. Pero la intención de voto es tan incierta que es mejor que todo el mundo se prepare por si estamos ad portas de la ruptura institucional del orden europeo de la postguerra, con todas las pérdidas que de ella se puedan derivar. Con el ingrediente inevitable de que los británicos, por más que se quieran apartar, no se pueden salir de la Unión e irse para otra parte, pues siempre tendrán a los demás europeos ahí, apenas al otro lado del Canal de la Mancha.