Parece una broma que la firma calificadora que determina la condición de salud de las economías nacionales se llame Standard & Poor, por lo que un profesor griego ha dicho a sus estudiantes que el nombre de la empresa significa que el que no pueda acreditar el estándar de lo que dicta la racionalidad de un cierto modelo de manejo de la economía está condenado a ser pobre.
En la medida que la lista de los países que descienden en el ranking de Standard & Poor sigue creciendo, es decir en la medida que aumenta el grupo de los pobres, comienzan a verse nuevos efectos colaterales y perversos de la clasificación, con el beneplácito del mundo entero, que no se atreve a disentir del poder señalador de una empresa privada que mira las cosas con una sola lente.
A pocos meses de las elecciones presidenciales en Francia, los servicios de clasificación de S&P decidieron quitarle a ese país la triple A, con lo cual un gobierno conservador, en el fondo amigo de los esquemas de la firma calificadora, pierde terreno a favor del Partido Socialista, al contrario de lo que pasó recientemente en España, lo que quiere decir que para el estándar del manejo económico no hay división política que valga: o se cumplen los requisitos o se cae en la P. ¿ A qué podrá apelar ahora Sarkozy para reiterar su fe en el sistema? ¿ Qué podrá decir, cuando su propio gobierno había dicho que las tres A de su economía eran un tesoro nacional? ¿ En qué puede quedar su gobierno, que hasta ahora ha defendido el estándar y ha luchado al tiempo para protegerse y proteger a Europa del fenómeno griego? ¿ Es claro ahora que los esfuerzos por arreglar el problema griego lo que llevaban en el fondo era la angustia por las eventualidades del destino propio de quienes buscaban una solución?
Curiosamente las respuestas a estos interrogantes ya no las va a dar S&P, porque a la firma no le interesa, ni le corresponde, responderlas, según su naturaleza y sus propias reglas. Su junta calificadora ya dijo lo que tenía que decir, a la manera de las más altas autoridades, de cuya sapiencia, equidistancia y sentido de la justicia nadie se atreve a dudar. Lo que no puede hacer ningún organismo multilateral de aquellos que existen por pacto entre los Estados. Porque lo que la firma hace depende, dicen, del verdadero poder de interpretación del mundo, que le permite, a la manera de un Gran Oráculo, proferir presagios con base en una óptica que no tiene discusión porque obra, dicen otra vez, conforme a una lógica imbatible, contundente e inevitable, fuera de la cual no hay opciones de salvación. Y todo el mundo en ascuas, pero en actitud paciente y reverencial.
Las respuestas, curiosamente, están divididas. Unas las tienen que dar los mercados de valores. Otras los bancos. Otras los socios de la vida económica francesa, con sus pretensiones legítimas y sus prevenciones inevitables. También el propio gobierno con su reacción, y gobiernos cercanos y poderosos como el alemán. Pero, en definitiva, y obrando conforme a una lógica completamente distinta, son los electores franceses quienes en la apariencia tienen en sus manos una de las decisiones más trascendentales, que es la de encomendar el gobierno a uno u otro partido. Para lo cual obran, sea como actores de la vida económica, como víctimas finales del dictamen degradante de S&P, o como militantes de un partido político que les vende además de propuestas económicas toda una serie de iniciativas que cubren un amplio universo de facetas de la vida nacional.
Lo que se verá más tarde es que no importa por quién hayan votado, porque a las supremas instancias de la clasificación eso no les importa y tasan con medida similar a Karamanlís, conservador, que salió corriendo antes de que se destapara la crisis que ocultó, a Papandreou, socialista, que la capoteó hasta caer, a Berlusconi, conservador, a Zapatero, socialista, a Sarkozy, y a todo el que se atraviese y no sea capaz de cumplir con el estándar. Lo que permite pensar que tarde o temprano, en la medida que avance la degradación e incluya poco a poco a quienes hoy están en la cumbre pero llevan por dentro la conciencia de una deuda pública enorme por la que será cada vez más difícil responder.
El asunto, por ahora está en manos de los indignados, pero seguramente llegará el momento en el que ya no se trate de unos marginales de tradición en busca de una causa para expresar su descontento, sino que de pronto va a ser necesario que todos los ciudadanos y también los empresarios y los responsables del manejo de las economías nacionales, si es que se puede seguir hablando de eso, y del conjunto del manejo económico del mundo, si esto es dable, se ocupen de discutir cuáles son de verdad los estándares que deben regir el funcionamiento económico del mundo, sin negar fenómenos y procesos lógicos que son irrebatibles, pero con una consideración responsable en cuanto al lugar que deben ocupar en ese contexto la bienandanza y la prosperidad de los seres humanos, que no puede dejar de ser el fin fundamental de la economía y del buen gobierno.