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Estratega, político, educador

09 de diciembre de 2013 - 05:19 p. m.

No solo los sudafricanos sienten ahora una sensación de orfandad. En muchos rincones del mundo hay un sentimiento de desasosiego, recuerdo, amistad y admiración, con motivo de la partida del único líder político de nuestra época que despertaba afecto dentro y fuera de su país.

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 Para muchos todo comenzó el día que Nelson Mandela salió de la cárcel para dar por terminado su largo camino hacia la libertad. Para él todo había comenzado mucho antes, bajo las condiciones ominosas de los primeros años de una lucha que muchos consideraron perdida, sin sospechar que llegaría tan lejos como para instalarse en el corazón de la humanidad. Donde ha de permanecer mientras duren la memoria y la capacidad de soñar con un mundo mejor.

Tanto se ha dicho sobre Nelson Mandela, a propósito de su muerte anunciada, que sus más humildes seguidores no tendremos mucho nuevo qué aportar. Pero eso no impide que expresemos nuestro sentimiento de gratitud por su existencia que, desde cuando era un activista desconocido, se convirtió en el mejor ejemplo del ejercicio de ese liderazgo sereno y firme que tanto añoramos, y que bien quisiéramos encontrar en los jefes políticos de todo el mundo, en lugar de la pugnacidad carente de nobleza con la que tantos tratan de impresionar en una competencia por despertar los peores sentimientos humanos.

Tal vez pocos lo hayan advertido, pero Mandela, además de buen estratega y político, fue un educador excepcional. Y esa sería una forma de comprender el significado de su vida en el largo plazo, porque no en vano se pasa por el ejercicio del poder, sin que eso tenga consecuencias educativas en lo más profundo de la sociedad, que quiéralo o no ve en sus gobernantes un modelo a seguir o a detestar.

¿Qué otra cosa, sino una condición elevada de educador, puede ser su paciencia ilustradora ante la dificultad de sus oponentes para entender la lógica de su causa esencial, que era de la libertad? ¿Qué otra cosa sino carácter de maestro pudo ser su muestra permanente de capacidad de convicción hacia su propio pueblo para que siguiera en la lucha, en condiciones desiguales, bajo la seguridad del triunfo final? ¿Qué otra cosa sino ejercicio de la responsabilidad educadora de los gobernantes, puede ser su auténtica y diaria práctica de la reconciliación?

Lo demás se vino a dar apenas en armonía con esa condición de formador: la apertura del alma, la bondad del gesto, la honestidad en el trabajo, la limpieza mental bajo cualquier circunstancia, la disciplina en la búsqueda de los fines escogidos, la facilidad de palabra, el acierto en el juicio aún ante los nubarrones de lo inmediato, y la magia de la convicción, que le permitió seducir a propios y extraños, dentro y fuera de las fronteras de Suráfrica,

Al terminar el Siglo XX, que presenció la capacidad destructiva más grande del hombre, así como su impotencia para arreglar problemas elementales, al tiempo que progresaba en muchos campos más que en todos los siglos posteriores a la caída de Constantinopla, hacía falta una figura de estatura universal, cuando cientos de ambiciosos inseguros y faltos de visión histórica gobiernan en uno u otro continente. Mandela vino a llenar ese vacío. Sin proponérselo claro está. Y a lo mejor sin darse cuenta, que es lo que tiene más gracia. Pero es así, a juzgar por el las aclamaciones, en muchos casos tardías, por su lucha contra el Apartheid y sobre todo por su capacidad de unir a los surafricanos en la perspectiva de un mundo desconocido para todos por igual, con los negros en el poder por la vía de la decisión popular.

Retirado a tiempo, sin dejarse alcanzar por la decadencia y la decrepitud, entró lo mismo de humilde que de triunfal al Siglo XXI y personificó hasta el último día ese mito del orientador que bien le habría servido a muchas naciones para no tenerle miedo a la no violencia y hacer sin vacilar los enormes sacrificios de orgullo y ambición que requiere la reconciliación, particularmente dondequiera que se enfrentan los hijos de una misma patria. Por eso, hasta donde se pudo dar cuenta, y si es que eso le interesaba, seguramente se fue tranquilo, luego de haber sobrevivido no solo a la tragedia de la opresión y la cárcel, sino a su propio triunfo, que puede traer trampas peores que las que provengan del enemigo.

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