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Gente de convicciones, no de poder

05 de julio de 2010 - 03:05 p. m.

Después de todo, la incursión de no profesionales en las disputas políticas oxigena el ambiente.

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Como no tienen obligaciones previas, ellos pueden decir verdades que otros son expertos en ocultar. Con el solo hecho de mirar las cosas desde un ángulo diferente, permiten que la sociedad, y los políticos, adviertan dimensiones distintas de problemas comunes. Aunque resulten derrotados, por haberse metido a competir en el terreno de una lógica que no es la suya, todo el mundo sale ganando con su participación en los debates sobre los grandes temas de interés público, porque las convicciones impulsan mejores causas que las ansias de poder.

Rosemarie Schwaiger ha escrito en el diario La Prensa, de Viena, bajo el título “Un hombre de convicciones, no de poder”, un artículo que ilustra bien la forma en la que una persona venida de un campo ajeno al de la agitación política cotidiana puede mejorar el ambiente con reflexiones de una procedencia inusual.  Al referirse a uno de los competidores, derrotado, por la presidencia de la Republica Federal Alemana, recuerda cómo de cuando en cuando, no sólo en el espacio político alemán sino en cualquier parte, es necesario que aparezcan personalidades, no simples empleados, es decir individuos que demuestren tener una vida propia, y no una vida cuidadosamente planificada para llegar al poder.

Joachim Gauck, de setenta años, teólogo, pastor protestante, proveniente de la antigua Alemania Oriental, se convirtió de pronto en la estrella de la vida política alemana al ser escogido por la alianza del tradicional Partido Social Demócrata y el Partido Verde como candidato a la presidencia de una República Federal en la que los poderes presidenciales son residuales y más bien simbólicos de la unidad nacional, pero no por eso poco significativos ni carentes de importancia en cuanto a la persona que los deba ejercer. 

Aunque sus posibilidades de ganar la elección fuesen nulas, frente a la poderosa maquinaria parlamentaria de su contrincante, Christian Wulff, apoyado por la coalición mayoritaria en este momento, la presencia de Gauck fue ampliamente bien recibida. Lo que llamó más la atención pública fue tal vez el contraste entre los políticos tradicionales, que desde su juventud se han dedicado a construir su carretera hacia el poder, haciendo todo tipo de concesiones y aceptando pasar por los parajes que sea necesario, y este pastor que desde su juventud ha hecho su propio camino, sin que sus cálculos estuviesen animados por la idea de llegar a la presidencia.

Lo que subrayan quienes llaman la atención sobre el fenómeno Gauch es la importancia que tiene el haber hecho una carrera no premeditada, ajena a lo que Schwaiger denomina el modelo de políticos lisos, funcionales, de características intercambiables, a quienes les da lo mismo participar en una u otra aventura, para quienes las convicciones y los ideales tienen el mismo valor que una partida de golf o una temporada de deportes de invierno, según lo que más convenga, es decir que no son realmente de importancia vital.

El haberse criado bajo los rigores de la época comunista, el haberse rehusado a participar en los movimientos juveniles del régimen de la época, el haber apoyado as ideas y las actividades del movimiento ciudadano Neues Forum, que contribuyó de manera importante a la caída del Muro de Berlín, y el haber presidido la Comisión encargada de dilucidar las acciones de la policía política del régimen oriental, presenta la imagen de una carrera sólida, coherente, no calculada y mucho menos animada por la idea de llegar a cualquier precio, y después de cualquier voltereta, a la presidencia de la República Federal.

El hecho de que Joachim Gauck no haya ganado la elección no es extraño ni demasiado importante. Su sola presencia en el escenario, con su solidez, su coherencia y una visión de la vida pública muy distinta de la de los políticos tradicionales, no sólo le ha traído color al proceso, que en el caso alemán se circunscribe al ámbito del Parlamento, sino que ha servido para que tanto los políticos como los ciudadanos le echen cabeza a lo importante que es tener personalidades de las que se puede aprender mucho, sin que se hayan propuesto convertirse en consentidas de los medios de comunicación y mucho menos hayan calculado cada una de sus apariciones para decir lo que sus consejeros de imagen les recomienden. En pocas palabras, otra vez, gente de convicciones, que deja huella de alguna manera, aunque su presencia en el terreno de juego sea fugaz.

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