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Huérfana de la guerra fría

29 de noviembre de 2010 - 07:20 p. m.

Si los grandes bloques de la segunda mitad de l Siglo XX estuvieran vigentes, el mundo no estaría viviendo el drama de la amenaza de guerra en Corea.

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Protegida y controlada cada una por su respectivo campo, las dos hermanas tendrían límites definidos para tramitar sus problemas. Si parte del precio del desmonte del esquema de la Guerra Fría es el de lidiar con el régimen de la familia Kim, hay que hacerlo con paciencia. Solo que es urgente evitar que el precio suba.

Aislada de la comunidad internacional y empeñada en seguir adelante con un modelo político y económico de muy difícil integración a los procesos contemporáneos, Corea del Norte sigue ejerciendo un protagonismo agresivo que pone en peligro la paz internacional. Su proyecto estratégico no tiene que ver con nadie más. Está lejos de la lógica actual de los enfrentamientos del centro del Asia o el Medio Oriente. No tiene que ver con ninguno de los procesos políticos contemporáneos de amplio espectro. Y ya no tiene la significación de aquellos tiempos en los que todo un bloque, es decir casi medio mundo, estaba más cerca de su parecer. 

El bombardeo a la isla de Yeonpyeong, apenas al sur del límite marítimo con la Corea del Sur, constituye el incidente más grave en la accidentada relación entre los dos países en la última década, y si se quiere desde la guerra abierta que les enfrentó hace casi sesenta años. La excusa, basada en lo que el Norte considera provocación surcoreana, consistente en la realización de ejercicios militares conjuntos con los norteamericanos, ha servido tan solo para demostrar que no importa lo que el sur haga, cualquier gesto podrá ser interpretado por el régimen de Pyongyang como una agresión a su proyecto político.

Sabemos que Corea del Norte vive la difícil experiencia de tratar de entronizar un sucesor que prolongue el mito, construido, del destino de la familia Kim como única, o al menos mejor, conductora de todo un pueblo al que al parecer nada se le consulta, mientras se le obliga a vivir como en otra época y conforme a unos parámetros que podrían ser inadecuados, desde el punto de vista de las libertades públicas, en cualquier momento de la historia.

Lo que la deja sola, le impide avanzar aún en su propio proyecto, no le permite contar con una gama más amplia de interlocutores, imposibilita que se conozcan mejor sus intenciones, y despierta sospechas por todos lados, es su insistencia en mantener su esquema de Estado, su forma de actuar en el campo económico, su visión estratégica y sus pretensiones de autonomía extrema. Frente a la cual, paradójicamente, reclama comprensión sin reservas y apoyo de una comunidad internacional que se rige cada vez más por la dinámica de modelos distintos en cada uno de esos campos.

El problema coreano, como herencia de la Guerra Fría, no da en principio como para desequilibrar el balance del sistema internacional contemporáneo. Eso quiere decir que en la medida que ahora no anida en la península ningún problema que le interese verdaderamente a todo el mundo, o a un sector importante de países, no se configurará fácilmente un proceso de emergencia de los que surgen para solucionar asuntos urgentes. Y justamente en ello radica la peligrosidad de la situación actual. Porque, sea cual sea la motivación de los ataques, tal vez el régimen que hasta ahora se ha atrevido a lanzar bombas contra su país hermano, esté dispuesto a cumplir su promesa de escalar hacia un conflicto mayor. Con el item preocupante de su pretendida capacidad nuclear.

Ahí aparece entonces un motivo de urgencia para tratar la cuestión a tiempo. Así no revista en principio la complejidad de otros problemas, merece toda la atención posible, porque el desespero unido a la tenacidad y al instinto de supervivencia, pueden hacer del régimen coreano del norte una fuerza de desequilibrio capaz de llegar a cualquier extremo. Por lo tanto, los responsables de los bandos de la Guerra Fría tendrán que actuar para finiquitar un problema simbólico de esa Era, que no conviene se prolongue en el tiempo. Y mucho menos se reproduzca.

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