Para evitar las trampas de la movilidad lo mejor para muchos sería no moverse, trabajar en casa con responsabilidad y salir solamente para ser feliz.
La salida diaria al trabajo, de la aldea al campo por ejemplo, pudo haber sido y seguir siendo un verdadero recreo para el cuerpo y para el alma. La traducción del prodigio al ámbito urbano seguramente tuvo sus momentos de gloria, hasta que por el hecho de ser multitudinario se convirtió en una tortura.
Si esa es la realidad individual de los habitantes de las ciudades, el problema no es menos grave ni preocupante para quienes tienen que tomar decisiones en busca de solucionar el problema, porque es a ellos a quienes corresponde tener listas las soluciones y el presupuesto para hacerlas viables.
Las respuestas, de hecho, y las propuestas de mecanismos para que los habitantes de las ciudades se puedan mover, resultan de poca calidad cuando los ciudadanos no son fuertes y los administradores no saben, sea por falta de educación o por falta de experiencia. Entonces se pierde tiempo y todo queda en manos de expertos, que los hay de muy diferente aviso y que a su ingenio deben agregar la capacidad de convencer a los políticos de lo que se debe hacer.
Cuando los logran convencer viene la ordalía de los procedimientos, los estudios y la defensa de las decisiones, que siempre parecen provisionales, tomadas por políticos que posan de ser geniales pero son buenos para cosas diferentes del manejo de los procesos urbanos, tal vez porque no los estudiaron a tiempo y nadie les exigió que supieran de eso al momento de votar. Sin que eso quite que se vuelvan sensibles y aprendan un poco cuando ya se tienen que ir.
A ese paso los ciudadanos, según su condición, porque la movilidad es un factor enorme y ostensible de discriminación social, tienen que salir cada día a que los aprieten, porque también los pueden robar o manosear, sea en unos vehículos arcaicos diseñados para escuelas de los Estados Unidos de los años cincuenta del siglo pasado y que aquí nadie ha podido cambiar, o en buses gigantes que, desde el punto de vista humano son un muestrario de lo que no debe ser. Otros salen a campear con aire de suficiencia, desde la cápsula individual de su vehículo, y a disputar con los conductores de los primeros la batalla cotidiana del metro, es decir de cada metro del espacio público, que hay que ganar a la brava en cualquier lugar de la ciudad, en el caso de Bogotá.
Todos pierden por igual tiempo precioso, que es un bien difícil de recuperar. Las autoridades se preocupan sobre todo por revisar papeles, en un país de papel, mientras los corredores viales quedan obstaculizados por un roce leve de vehículos, cualquier empleado de constructora ejerce poder, antes en manos exclusivas del Estado, para regular el tráfico con una paleta que venden en un almacén, los vehículos oficiales parquean con ostentación bajo los signos de prohibido parquear, cuáles leyes para todos y cuál ejemplo de comportamiento para todos los demás, algunos colegios gobiernan el alma de padres y estudiantes de puertas para dentro pero permiten que se de el peor ejemplo de civismo en las calles contiguas, las señales de tránsito piden infructuosamente que los vehículos del Siglo XXI anden a unas velocidades buenas para 1923 y algunos segmentos de infraestructura quedan vacíos, como el que va entre el teleférico de Monserrate y el corazón del Parque Nacional luego de las cinco de la tarde, sin que haya una cabeza sensata que ordene su uso racional.
Frente a la incapacidad de los gobernantes, a los abusos de los que puedan abusar, y a los descuidos de quienes no contribuyen adecuadamente a la solución de los problemas de la movilidad, la alternativa parece elemental: lo mejor sería no moverse. Lejos del mito del tren metropolitano o del de los buses milagrosos de carril exclusivo, y sin perjuicio de que siempre sea mejor un buen transporte colectivo que sirva para todos, deberíamos pensar en la forma como muchas personas pueden ser útiles desde su casa, vinculadas al trabajo por las redes. Para efectos de su tarea, y aún de la comunicación, existen ya instrumentos que permitirían quedarse en su sitio a trabajar, con responsabilidad. Lo mismo la gente siempre se ha escrito para efectos de trabajo y no se ve todos los días con todos los demás.
La salida cotidiana del hogar no sería entonces para disputarse cada metro con los demás, sino para cambiar de ambiente y buscar un poco de felicidad a la medida y al ritmo de cada quién. Convendría que los ciudadanos supiéramos a tiempo qué proponen sobre el particular, con qué credenciales y con qué garantía de realización, quienes aspiran a dirigir los destinos de la Capital.