La reciente visita del Presidente de los Estados Unidos a dos países latinoamericanos marca el fin de una era, según dijo en La Habana, pero plantea incógnitas que corresponderá despejar a quien le suceda.
Cuba y Argentina fueron, cada una en su momento y a través de medios diferentes, objeto de los desatinos de la actitud y de la política norteamericana hacia la América Latina. La primera pasó de ser el campo predilecto de recreo de gringos ávidos de disfrutar sin límite las delicias del Caribe, a ser considerada, en la cima de la Guerra Fría, como el peligro más grande para la existencia de los Estados Unidos y “tratada” con un embargo inclemente que después de todo no sirvió para nada. La segunda pasó de ser un polo sur promisorio como aliado para el proceso de desarrollo del Siglo XX a representar un Estado represivo y violento, apoyado por quienes al tiempo se proclamaban desde la Casa Blanca campeones de la democracia.
La Revolución Cubana desconfiguró el orden tradicional de las relaciones interamericanas. Nadie hasta entonces se había podido sostener en su pretensión de oponerse a los designios de los Estados Unidos. Luego de haber sido la más obsecuente de las islas del Caribe, al servicio de las extravagancias de una potencia sin contradictores en el hemisferio, acostumbrada a reprimir fácilmente a quien osara salirse de la línea, la Cuba de Fidel Castro demostró que no hay enemigo pequeño. Como todos los intentos de acabar con el régimen fracasaron, desde Washington se persistió por más de medio siglo en la misma fórmula del primer momento: un embargo inclemente y un alejamiento que, a raíz de la emigración, terminó por unir paradójicamente a los dos países por el canal del afecto de las familias separadas. Nadie tuvo la osadía de cambiar el esquema, así que Cuba, por mantenerse en su línea, equivocada o no, pudo ver a lo largo de varias décadas solamente la cara oscura del Imperio.
Argentina vino a ver esa misma cara oscura no por haberse opuesto a los designios imperiales, sino por entregarse a ellos. La cúpula militar argentina, acorralada por sectores políticos que se estremecían de pánico ante lo que consideraban el avance del comunismo en el continente, al son remoto de la Revolución Cubana, resolvió someterse a la tutoría de unos Estados Unidos empeñados en mantener su “patio trasero” libre del peligro de contaminación de la otra gran potencia. El resultado fue la contribución de militares locales y genios de la diplomacia norteamericana a la génesis de la tragedia representada hoy en ese muro de infamia que lleva los nombres de las víctimas conocidas de la dictadura y que Barack Obama recorrió con respeto en su visita junto con el nuevo Presidente Argentino.
Sin perjuicio de aquello que en uno u otro momento haya podido ser considerado beneficioso de la amistad con los Estados Unidos, cada país latinoamericano ha recibido su dosis particular del tratamiento destinado a mantener la manada bajo control. Afortunadamente los cambios del gran escenario internacional, y también las metamorfosis internas de nuestros países, permitieron avanzar en los últimos años hacia un balance distinto de fuerzas, o mejor de afectos, en las relaciones interamericanas. Los encuentros de presidentes no son ya la reunión de subalternos con el jefe. El tono de todas las partes es diferente. Hay un poco más de dignidad y de franqueza. Para esto han servido la rebeldía, los nuevos liderazgos y también una mayor flexibilidad norteamericana inspirada de pronto por la incorporación de muchos más latinos a las filas de los políticos, los administradores y los diplomáticos del Departamento de Estado. Tendencia que puede ayudar más tarde a una mayor homogeneización hemisférica.
Si alguien ha contribuido a que las cosas hoy sean diferentes, es Barack Obama. El espectáculo de la reunión de Panamá lo puso de presente. Ahora, cercano el fin de su presidencia, contra las admoniciones de los recalcitrantes del exilio cubano, tuvo la audacia de avanzar en la apertura hacia Cuba, así sea la Cuba disminuida de nuestros días, sin esa expectativa de futuro que le hicieron venerar en otras épocas, cuando para sus impulsores todavía parecía posible un sistema no solo contrario sino vencedor del capitalismo. Obama ha querido cerrar la Guerra Fría en el continente y abrir un nuevo capítulo. Así lo ha hecho también en el caso argentino al anunciar que abrirá archivos que permitirán esclarecer las proporciones de los pecados de cada quién en esa confabulación para la represión y la muerte que miles de argentinos resienten todavía y en la cual la diplomacia de los Estados Unidos en otra época jugó al parecer un papel importante.
Ante el próximo cambio en la Casa Blanca se anuncian preocupaciones explicables: ¿Será posible que los Estados Unidos avancen en sus relaciones con la América Latina hacia un esquema de mayor respeto y equilibrio? ¿Quién podrá continuar con ese proceso en medio del desencanto que se manifiesta en el fondo del alma de millones de ciudadanos de los Estados Unidos que han resuelto abrirles paso a políticos fuera de lo común, no por sus ideas superiores, sensatas y factibles, sino por sus extravagancias? ¿Siendo la señora Clinton la única finalista “tradicional” en la carrera, podría en el evento de ser elegida avanzar en la dirección de unas relaciones más respetuosas y fluidas entre los países de las Américas? O será que estamos todos, ellos y nosotros, gane quien gane, ante el riesgo inevitable de volver al pasado.