El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La embestida de una nueva ciudad

20 de mayo de 2013 - 06:00 p. m.

Es ingenuo esperar que una persona sola pueda gobernar bien una ciudad, y es pretencioso que alguien se comprometa a hacerlo.

PUBLICIDAD

Cuando la humanidad se concentra mayoritariamente en las zonas urbanas, que paradójicamente ocupan una mínima parte de la superficie del planeta, el monstruo que se configura con la suma de todas ellas adquiere proporciones tales que no se pueden esperar milagros para manejarlo adecuadamente. Y lo anterior se hace todavía más difícil cuando las similitudes entre las ciudades que gobiernan el mundo son de tal naturaleza que forman una especie de mundo aparte, que da lugar a una nueva sociedad, militante de una nueva vida urbana, que se consolida en los rincones más significativos del mundo. Ante las exigencias de ese mundo va a ser anacrónico pensar en gobiernos metropolitanos al estilo del Siglo XX. 

Más que por los monumentos, los edificios y las calles, las ciudades significativas de nuestra época se caracterizan por el surgimiento de una cultura que resulta común a las metrópolis de todos los continentes.  Es una cultura de rasgos tales que permite darle la vuelta al planeta dentro de un mismo círculo estético y con acceso a facilidades no solo similares sino conectadas unas con otras; algo impensable apenas hace cien años. Hay servicios que se pueden conseguir no importa en dónde, y que funcionan conforme a estándares comunes o equivalentes. Hay un lenguaje, unas formas y unos resultados de bienestar, que son iguales, o al menos sustancialmente parecidos, en cualquier parte. Naturalmente no todos tenemos acceso a ellos, pero resulta importante saber que los que sí lo tienen son quienes toman las decisiones claves de la marcha de las actividades claves del planeta. 

Esa suma de poderes, conectados con la realidad cotidiana al punto que le señalan su rumbo, juega un papel que en muchos casos deja a los gobiernos funciones residuales, máxime bajo los esquemas recientes de desmonte del Estado que lograron abrirse paso en tantas partes. Desde centros de poder hasta ahora atípicos se toman decisiones de amplio cubrimiento, que de una u otra forma, no solo por los medios de comunicación tradicionales sino sobre todo a través de las redes sociales, van marcando la pauta del destino de millones de personas, que se sienten cada día más ligadas, quiéranlo o no, a un “cosmopolitanismo” imparable. 

Las migraciones, de todo tipo, contribuyen al proceso y lo complementan mediante una tarea silenciosa, continua y profunda de enriquecimiento cultural que a su vez configura una especie de mundialización que funciona en todas las direcciones. Además propicia y practica un proceso complejo y difuso, pero efectivo, de mestizaje de todo tipo, que va cambiando profundamente la fisonomía de los habitantes y el talante de las grandes ciudades. Por eso puede decirse que las grandes metrópolis lo son gracias justo a la presencia, sobre todo, de los más humildes, que traen sus verdades, su idioma y sus ambiciones, que en muchos casos cumplen al mezclarse con los locales o con otros recién llegados, dando origen a nuevas definiciones y nuevas dimensiones de cada sociedad.

Los Estados parecen importar cada vez menos en este panorama. Sus nombres parecen ser cada vez menos significativos que los de sus ciudades. Sus fronteras más importantes son tal vez las de sus aeropuertos. Su acción política se concentra, por razón de las circunstancias, en las áreas urbanas. Sus proyectos de desarrollo no pueden ignorar ese relevo de poderes y su política social ha de ser consecuente con esas realidades. 

Al tiempo que arregla los problemas del uso del suelo y libra batallas para solucionar asuntos internos que a la larga son elementales, cada ciudad deberá hacer a tiempo el debate sobre su papel en ese mundo que no da espera, antes de que las circunstancias la dejen atrás, relegada en las nuevas problemáticas, claro está, pero también en las nuevas oportunidades. Y esta responsabilidad, por lo general, no puede caer exclusivamente en manos de unos políticos que, con muy contadas excepciones, en la vida hicieron todo, tal vez menos haber reflexionado a tiempo sobre el proceso histórico urbano que vivimos. Por eso es precisa una acción colectiva, libre de mezquindad y con la mirada puesta en un futuro que sea más promisorio para todos. Esto requiere la invención de nuevas nociones, más complejas, de lo público. Para ello no basta con volver al pasado.  

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias