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La liturgia de Beata Szydlo

26 de septiembre de 2016 - 10:00 p. m.

Hay alianzas internacionales antiguas que se renuevan fácilmente, en cuanto sobrevive la lógica de su fundación.

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No es extraño que geografía e historia compartidas, entrelazadas por el comercio y las urgencias económicas, o por el desafío de amenazas comunes, sigan generando alianzas políticas. Así lo entendieron polacos, húngaros, checos y eslovacos, cuyos gobernantes se unieron por primera vez en el Siglo XIV y se han vuelto a juntar luego de la caída de la Cortina de Hierro. Cumplido el propósito que entonces se hicieron de entrar a la Unión Europea, juegan ahora como un grupo que suma poder en las discusiones estratégicas del momento.

La construcción de la Europa comunitaria, como proceso en busca de un entendimiento amplio para desterrar y hacer imposible otra vez la guerra, encontró en el desmonte de la Unión Soviética y del sistema comunista una oportunidad de avanzar hacia el oriente. De ahí la invitación a países significativos y estratégicos del antiguo bloque del “socialismo real” a que se unieran a la comunidad en una especie de cambio de bando que no podía ser inocuo. De manera que el ensanche y el logro de “recuperar” espacios geográficos, políticos, sociales y culturales se convirtió al mismo tiempo en un logro y en un nuevo problema.

Los once países que hicieron la transición del modelo comunista al de la economía de mercado, dentro de los parámetros de la democracia tipo occidental, vinieron a cambiar indudablemente el panorama de la Unión. Y tenía que ser así, porque no se trataba simplemente de engrosar la lista de una unión aduanera, sino que debían adaptarse al movimiento libre de bienes y capitales, el comercio abierto y una agricultura bajo modelos para ellos nuevos de propiedad y producción. Además de estándares de funcionamiento del Estado y una política común en seguridad y política exterior.

Ante el reto, y la oportunidad, de entrar a la Europa comunitaria, el liderazgo de relevo de esos países tuvo que volver a inventárselos en materia política y económica, además de mantener un balance entre sus tradiciones y las opciones de innovación que les ofrecía un nuevo tipo de vinculación a la comunidad internacional. Polonia, Hungría, la República Checa y Eslovaquia apelaron entonces una vez más, en 1991, a la lógica de una unión de propósitos establecida en 1335, cuando los reyes de Hungría, Polonia y Bohemia resolvieron fortalecer el funcionamiento de rutas comerciales que les permitieran comunicarse directamente con la Europa occidental, pasando por un lado de la interferencia de Austria. Así que, aunque en realidad se anticiparon varios siglos a un cierto tipo de integración europea, al caer la Cortina de Hierro se hicieron el propósito de entrar a la Unión Europea contemporánea y en función del mismo revivieron el pacto de Visegrad, reunidos en el mismo castillo húngaro del pacto anterior.

Logrado ese propósito, los nuevos miembros de la Unión pasaron a jugar un papel, unas veces más armónico que otras, en las discusiones de la coyuntura actual. Su perfil es significativo, pues representan sociedades de “renta alta”, igualitarias y educadas políticamente, acostumbradas a una disciplina que ahora se ejerce no ya desde los esquemas de una vida planificada íntegramente por burócratas sino por tecnócratas de nuevo cuño. Cuando actúan unidos, los países del grupo representan a más de sesenta millones de habitantes, dispersos en casi dos millones de kilómetros cuadrados. Ubicados en el mejor cruce de caminos entre norte y sur, lo mismo que entre Este y Oeste, han sido objeto de todo tipo de asedios y han figurado en el mapa, o desaparecido de él, oscilando entre el mundo ruso y el germánico. Ahora, desde el seno de la Unión Europea, animados por la fe de los conversos, han visto florecer en los últimos años partidos conservadores mucho más radicales que los de la tradición añeja de la derecha europea occidental.

Las diferencias entre los promotores originales de la construcción europea de la postguerra, con su tradición abiertamente liberal y los recién llegados, con sus híbridos y su pasado reciente, se pueden convertir en elementos de discordia, justo cuando la Unión requiere consenso para afrontar la crisis proveniente de la salida de los británicos, la crisis económica, y el manejo de una política común de inmigración.

Beata Szydlo, Primera Ministra de Polonia, encabeza en este momento los propósitos de Visegrad, en virtud de un pacto “informal” de presidencia rotatoria, y marca el ritmo de las actuaciones del grupo. De manera que es ella, y más precisamente su partido, de derecha, bajo el mando real de Jaroslaw Kaczynski, quien marca el ritmo de las exigencias que el bloque pretenda hacer, particularmente en el controvertido asunto de las migraciones. Ella lo hace bajo la premisa, muy polaca, de que no hay que obedecer las instrucciones de Alemania y que en cambio es preciso devolver más poderes a los parlamentos nacionales, con todo lo que ello implicaría dentro de la filosofía de la Unión. Viktor Orban, a nombre de Hungría, reclama que su país, como potencia cristiana, debe rechazar las “hordas de inmigrantes musulmanes” y establecer todas las barreras, físicas si es posible, para evitar que se vengan a mezclar con los europeos; para lo cual proclama una especie de revolución cultural. Los checos rechazan el pacto europeo de cuotas de recibimiento de desplazados, y los eslovacos se manifiestan dispuestos a no recibir “ni un solo musulmán”.

Ya se sabía que la incorporación, afanosa, de países provenientes del otro lado de la Cortina de Hierro, no solo cambiaría las dimensiones de la Unión Europea, sino que implicaría el encuentro de tradiciones y miradas diferentes respecto de problemas comunes. Sin pasado colonial, ni de aventuras expansionistas, los países de la Europa Central, apartados además, por la fuerza, del proceso europeo por varias décadas, ven las cosas con su propia lente y obran con un celo marcado frente a las potencias que históricamente, de uno u otro lado, han interferido en su independencia. En el manejo constructivo de las diferencias con ellos puede estar la simiente de una cooperación efectiva que saque adelante la Unión. El desatino en la forma de tramitar sus aspiraciones puede afectar el futuro, o al menos el ritmo de un proceso que en la actual coyuntura requiere de solidaridad y unidad de propósitos.

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