Permanecer en un cargo público contra la corriente causada por la propia conducta indebida es una ofensa grave a la más elemental decencia política.
El apoyo a ultranza del jefe de un gobierno a un funcionario que contra toda evidencia quiere quedarse, no sólo es muestra de debilidad, sino una falta al deber de mantener estándares elevados de conducta en el ejercicio del poder. Tanto la insistencia en quedarse como la obstinación de proteger, forman una mancha difícil de quitar en el panorama de la vida pública. Pronto todo el mundo termina pagando un precio inmerecido, que no es otro que el de la rebaja de los parámetros de responsabilidad en todos los actos propios de los funcionarios. Rebaja que contagia a los sectores y actividades más insospechados, con consecuencias de largo plazo y de tal amplitud que afectan cimientos profundos de la sociedad.
El caso de Karl Theodor Maria Nikolaus Johann Jacob Philipp Franz Joseph Sylvester Freiherr von und zu Guttenberg, hasta hace unos días flamante Ministro de Defensa de Alemania, de origen “noble” según los términos de antiguas referencias, de recurrente presencia en los medios y símbolo de una nueva generación de la derecha, puso a flote, en lugar inesperado, un fenómeno propio más bien de democracias incipientes en las que existe la costumbre de quedarse ahí, a pesar de todo, mientras no aparezca una prueba judicialmente arrolladora, sin que en el panorama figure para nada, y mucho menos sea exigido el concepto de responsabilidad política. Contra la evidencia de haber cometido plagio, nada menos que en su tesis de doctorado, Guttenberg trató de hallar argumentos para quedarse en el cargo. Como si fuera obligatorio que el país lo tuviera allí. Y la señora Merkel, jefe del gobierno alemán, como lo haría un gobernante de república precaria, no tuvo problema en permitir la continuidad del infractor en el seno de su gobierno.
Bettina Marx, una aguda periodista de la Deutsche Welle, dijo que el hecho de que Guttenberg siguiera como ministro luego de que fue probado el plagio, constituía una desgracia para la vida política alemana. Igualmente afirmó que también era una desgracia el hecho de que la Canciller lo apoyara. Una democracia, dijo Bettina, no merece un ministro como Guttenberg. Y terminó por advertir que la cultura política alemana no se recuperaría jamás, si el Ministro no renunciaba. Muestra de sensatez periodística, obviamente, pero también de la existencia de una prensa experimentada, capaz de luchar sin reservas por una causa fundamental de interés común. Nada que ver con los agentes que en uno u otro lugar obran apenas como propagandistas y llegan al extremo de parcializarse, cuando no de absolver de manera acomodaticia a quien justamente no lo merece.
La defensa del ministro, que cuidadosamente había venido construyendo su imagen pública hasta convertirse en el personaje más popular de la política alemana, y ser considerado un posible futuro canciller, no pudo ser más desastrosa. Nadando contra la corriente, comenzó por descalificar las críticas como absurdas y no pestañeó al afirmar que su tesis le costó arduo trabajo personal durante siete años. Para colmo de males, al verse acorralado por la aparición de más y más muestras de plagio, ofreció la infantil salida de devolver su título, como si eso arreglara el problema. Con lo que demostró hasta la saciedad una falta de criterio impropia de alguien merecedor de un título de doctorado.
Guttenberg por fin se fue. Pero las consecuencias profundas del incidente están todavía por verse. Por ahora, el gobierno de Angela Merkel ha perdido unos puntos de apoyo popular en las encuestas. Pero curiosamente no en todos los casos debido al hecho de haber tratado de sostener al ex funcionario, sino, paradójicamente, porque muchos electores consideran que la coalición de gobierno se debilita por su partida. Lo que deja mucho que pensar sobre las diferentes lógicas con las que este tipo de incidentes pueden ser leídos por uno u otro sector de la opinión ciudadana. Aunque hay que señalar una honrosa reserva en defensa de la seriedad de la producción académica y en contra de la mala idea de quedarse ahí en los cargos a pesar de las faltas cometidas: más de veinte mil estudiantes de doctorado e investigadores le enviaron una carta abierta a la Canciller, jefe del gobierno federal, para criticar la forma en la que manejó la crisis. Le dijeron que la credibilidad de Alemania como un país de ideas había sufrido como resultado del manejo trivial del asunto. De algo tiene que servir un sector de la sociedad dedicado a observarla desde la neutralidad autorizada de las universidades.