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La venganza catalana

29 de septiembre de 2015 - 08:02 a. m.

Cataluña puede llegar a marcar el rumbo de la nueva Europa. En un puesto de revistas de Xaniá, en la isla de Creta, un amigo griego con cara de malgeniado y alma de niño travieso se detiene ante la portada de El País de Madrid, que el lunes 28 de septiembre titula “Los independentistas ganan las elecciones y pierden el plebiscito”. Nadie sabe nunca cómo explicar ni su alegría ni su desgracia, dice para comenzar una conversación, o mejor una lección de historia y de pragmatismo.

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Quienes por amor a Cataluña, o a España, no quieren que la primera se separe de la otra, tratan de vender la idea de que la mayoría obtenida en el Parlamento regional no sirve para nada, continúa. El hecho de que casi el ochenta por ciento de los votantes haya ido a las urnas tampoco parece decirles mucho. Y como los trastornados que habían promovido la separación querían de una vez darle al resultado el carácter de plebiscito, que no lo era, los que prefieren la “énosi”, unión, tratan de contentarse con eso para decir que los separatistas fracasaron. ¿Entendido?

A ustedes lo de los catalanes sueltos les puede parecer extraño. No pasa lo mismo con nosotros. Aquí sí que vivimos la tribulación de tenerlos. Llegaron cuando los cruzados decidieron ir a robarse Constantinopla en lugar de enfrentarse a los musulmanes. Nos trajeron el feudalismo y acabaron con nuestras tradiciones. Entonces comenzaron todas nuestras desgracias. Por entre los francos y los italianos vinieron los catalanes, que eran en realidad mercenarios. Cambiaban de jefe a toda hora y ganaban más entre más malos fueran, como corresponde. En Constantinopla no armaron sino broncas y trabajaban más para ellos que para el Emperador.

Todo comenzó con un tal Roger de Flor, que creo que no era de verdad catalán sino italiano. Ganaba las batallas con menos soldados, catalanes, ante cualquier enemigo. Y todo iba muy bien hasta que dejó ver sus ambiciones y la corte bizantina lo mandó matar. Entonces tomó el mando uno peor, un tal Berenguer, que para castigar la muerte de su jefe arrasó con la región de Tesaloniki. Es lo que llamamos aquí “la venganza catalana”. Berenguer sembró el odio entre sus paisanos y terminó asesinado en duelo por uno todavía peor, un Rocafort, que cometió el sacrilegio de asaltar los monasterios del Monte Atos, muchas de cuyas murallas se construyeron justamente a prueba de catalanes.

Para entonces tenían ya una famosa “Compañía Catalana” como Francia e Inglaterra, e hicieron todo tipo de malabares, y apelaron a artificios que mezclaban sus tradiciones con las usanzas del mediterráneo nuestro, como el famoso Ducado de Atenas, con capital en Tebas, con duques y “presidens” y ramas en diferentes partes. Por mucho tiempo el Catalán se escuchaba como cosa separada, a la par con los otros idiomas occidentales. Como ni los negocios, ni la trampas ni los juegos del destino tienen fronteras, ahí estaban y han estado los catalanes en el campo de juego. Haciendo de todo. De manera que no hay razón para espantarse. Cuando quieran se independizan, como deberían hacerlo otros cuántos, para ver si salimos de una vez de tantas mentiras. Y para ver si el mapa de Europa vuelve a cambiar un poco, porque eso es lo que parece darle vida a este continente de precipitados donde lo único estable son los faros de los puertos.

No se impresione, joven, por aquello de que los malos recuerdos son los que nunca se olvidan. Soy profesor de historia en la Universidad de Tesaloniki. Nací eso sí aquí en Creta. Y como el propio Theotokópoulos, mi paisano, me intereso por España, o lo que quede de ella. Como aquí vivimos más que todo del recuerdo llevamos bien las cuentas, de manera que le podemos decir todo aquello que los catalanes son capaces de hacer, que es mucho, y no solo malo sino bueno. Lo peor que se les puede hacer es ignorarlos. No pueden soportar el desprecio, y cuando ven que se acerca prefieren la guerra y la aventura. En las buenas o en las malas se las arreglan para inventar un mundo, grande o pequeño, el que sea, a su manera. Por eso siempre han estado a la vanguardia. De ahí que uno debería irse justo ahora a vivir a Barcelona para adivinar el camino que tomará la historia.

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