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Lo tenían bien claro

18 de enero de 2010 - 10:17 p. m.

Tanto aprecio por la democracia y tanto desprecio por la política, es lo que Sebastián Piñera considera contradicción y paradoja de Chile.

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Curiosamente su triunfo en las elecciones presidenciales denota en apariencia una contradicción y una paradoja adicionales: los ciudadanos no eligieron a su oponente, que representaba la continuidad de una presidenta que termina su mandato con más del ochenta por ciento de opinión favorable. Por buena que pintara la continuidad, prefirieron el cambio.

Luego de veinte años de éxito reconocido y de armonía en la gestión de presidentes de centro izquierda, el electorado chileno decidió que la conducción del país se haga desde el centro derecha. Por bien que un gobernante lo haya hecho, y por más apoyo que tenga en las encuestas de opinión, no necesariamente los ciudadanos buscan su permanencia o la de uno de sus aliados en el poder, sino que llega el momento en que lo que más anhelan es el relevo en la forma de conducir al país. Quieren algo distinto. Esto es lo que ha pasado con la sucesión de Michelle Bachelett.

El retorno de la democracia a Chile no se podía consolidar por el hecho simple de contar con unas nuevas definiciones institucionales. No bastaba con tener, para contarlo, una Constitución escrita. Los líderes políticos comprendieron que tenían la responsabilidad de ejercer su oficio de manera que enseñaran a los ciudadanos a darles vida a esas instituciones, para hacerlas sobrevivir en condiciones de sanidad. Esto implicaba que, en los hechos, existiesen al menos dos ingredientes elementales en cualquier sistema democrático: que hubiese oposición y que se presentasen oportunidades de alternación.

Conforme a esas reglas de juego, una alianza política de centro izquierda, llamada de Concertación, gobernó al país durante las ya referidas dos décadas, en cada período con un candidato nuevo, con su propia visión y su propio estilo, pero conforme a una misma línea argumental. A lo largo de los mismos años la derecha, redefinida dentro del marco democrático, se dedicó al ejercicio de la oposición. Una oposición leal y constructiva, a pesar claro está de las fricciones propias de la vida política, porque se hace oposición justo cuando no se está de acuerdo y se dicen cosas contrarias a la visión de cada gobierno.

La existencia y el reconocimiento de la oposición sólo han contribuido a la consolidación de la democracia chilena y al respeto que merece, desde dentro y desde fuera. A nadie se le ha ocurrido proscribirla ni acusarla de faltas a la patria por el hecho de haber estado en desacuerdo con uno u otro presidente, en una u otra materia. Pero a la consolidación democrática le faltaba el ingrediente de la alternación, que no es el relevo simple de alguien en la jefatura, sino el ejercicio del poder desde una perspectiva de ideas diferente; a partir de conceptos justamente alternativos sobre el papel del Estado en la vida social, sobre la manera de manejar los procesos y los problemas de la economía o de la seguridad, y sobre la forma en la que el país se ha de insertar en el mundo.

El triunfo de Sebastián Piñera significa justamente la llegada de ese momento de consolidación democrática. En ese sentido se manifestó la mayoría ciudadana, que no estaba descontenta con Bachelett pero quería sí una conducción sobre la base de consideraciones distintas. Lo primero que ha reclamado, en el mejor de los tonos, el propio Presidente Electo ha sido el ejercicio de una buena oposición. Y el candidato derrotado la ha prometido personalmente y con toda nobleza, en el momento mismo de la visita de cortesía al vencedor, horas después del veredicto de las urnas, con lealtad también a los principios del sistema.

El hecho de que nadie en Chile se haya declarado dueño de la verdad y poseedor de la única fórmula para arreglar todos los problemas, crea un clima de ejercicio político que afianza la paz. Sobre todo esa paz en los ánimos que tanto contribuye a la felicidad cotidiana, que es la que primero busca todo el mundo. La política ejercida con entusiasmo y sin rencor, no a partir de la descalificación, produce un clima cotidiano que evita la crispación. Y todo eso tiene efectos sociales muy profundos, en la medida que los pueblos, por apáticos que parezcan, no dejan de beber todos los días de las fuentes del ejemplo y de reproducir en sus relaciones los esquemas que sus líderes usen para afirmar, contradecir o negar.

Chile ha tenido claro que era hora de alternación. La izquierda se va satisfecha de su gestión. Se dedicará a renovarse, porque ello también es necesario. Ya veremos qué le espera como oficio ante un presidente que al mismo tiempo es un empresario de fortuna que supera los mil millones de dólares, que además es un magnate de los medios de comunicación, y que desde la campaña se ha propuesto trabajar por los pobres. Ese será otro capítulo. Por ahora, y antes de que se inicien las nuevas batallas que han prometido librar con gallardía, han recibido un mensaje muy claro, como lo registró en tono digno y edificante, en nombre de la izquierda, el ex presidente Ricardo Lagos: los chilenos se decidieron por el cambio, como practicantes de la democracia, y eso es lo que hay que subrayar.

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