Los gobiernos de tecnócratas emergentes no pueden ser sino pasajeros, porque más temprano que tarde encuentran su límite, a la hora de avanzar en proyectos que ponen la racionalidad económica por encima de las consideraciones sociales.
Energía les sobra al empezar, para aparecer con fórmulas salvadoras, pero luego les falta para someter a la gente a las ordalías que tienen que aguantar para que los planes den los resultados que se esperan. Entonces tienen que irse, y vuelve y juega: ahí están de regreso los políticos para tomar el relevo con su discurso de esperanza, condenada a muerte mientras todo obedezca a una lógica que no logra hacer felices y tranquilos a los ciudadanos. Los políticos se juegan la vida entre muchos temores, de los cuales sobresalen dos. En primer lugar, tal vez lo que más les aterra es la impopularidad. Tanto que prefieren mentir, antes que tener el valor de contar las calamidades que encuentran, o que producen, cuando se ocupan de gobernar. La razón es explicable: si la gente no vota por ellos, hasta ahí llegó el fundamento de su poder. En segundo término les asusta quedar mal con los calificadores, nacionales o extranjeros, de su gestión económica. Si no aplican las recetas, por lo general dolorosas para los ciudadanos porque han sido concebidas para que les vaya bien a los banqueros y a los más poderosos, la calificación de su país desciende y las exigencias de medidas impopulares será cada vez mayor. Como lo demuestra la crisis europea, que ya ha cobrado la caída de los jefes de gobierno de Grecia y de Italia, el problema que aqueja al Continente no tiene color político, sino que constituye algo así como un denominador común. Ante él no cuentan las sutiles distinciones que en ciertas materias separan a los partidos, que a la larga han puesto en práctica políticas tan similares, que todos han terminado metidos, en mayor o menor medida, en el mismo problema. El socialista Papandreou y el conservador Berlusconi han ido a dar a la misma cesta por razones iguales, sin perjuicio de los argumentos que hayan invocado en su momento para llegar al poder. Lo curioso es que la fórmula salvadora parece ser, también en ambos casos, el llamado de urgencia para que unos tecnócratas, aparentemente asépticos, tomen las riendas de los respectivos gobiernos, con la esperanza de que, ellos que sí saben, puedan conducir a esos dos países a la salida del túnel. Asépticos serán seguramente respecto de las peleas baratas en las que se ven envueltos los políticos a la hora de competir por los votos en ciudades y aldeas llenas de ciudadanos apáticos o incrédulos a los que hay que convencer de salir a votar. Pero nada asépticos a la hora de tomar partido por una de las partes que juegan en el campo de las relaciones económicas. Porque su compromiso no es otro que el de salvar procesos ante los cuales el bienestar social no es más que una utopía o un bien menor, que según ellos vendrá por añadidura del buen funcionamiento de un sistema de dimensiones internacionales del que los principales beneficiarios son otros. La idea de escoger, por acuerdo de salvación nacional a un tecnócrata para que gobierne mientras un país sale de la crisis, tiene profundas consecuencias respecto de la democracia. Cometidos los errores por la clase política, al impulso claro está de factores y asesores económicos sin los cuales nadie da en esta época un paso, terminan los ciudadanos por ser gobernados por personalidades escogidas a dedo, sin la menor significación política, sin concurso de méritos, sin que se sepa exactamente qué es lo que van a hacer, como si por el solo hecho de vestir la bata blanca de la ciencia fuesen depositarios de la verdad y del tino y el sentido histórico que requieren los gobernantes, máxime en las coyunturas definitivas. Y como si lo que ellos propongan tenga que ser aceptado porque sí. Es el despotismo de los ilustrados, que tienen el privilegio de gobernar sin ninguna medida originaria de favor popular. La Europa de hoy vive una serie de desencuentros que ponen en peligro la supervivencia de esa Unión que se ha presentado al mundo como el mejor experimento de integración. El primer desencuentro es el de los políticos y los economistas, que hablan lenguajes distintos y piensan y obran con la respectiva convicción de ser los portadores no solo de la verdad sino del arte de prever. Su alternación en el poder recuerda las peores épocas del proceso latinoamericano, que da paso a otro desencuentro, como es el de los poderes nacionales con los internacionales, que hacen todo tipo de exigencias pero jamás responden por nada porque no existe una institucionalidad suprema que les pida cuentas. Pero el desencuentro más grande es el de los ciudadanos, tanto con el sistema nacional de cada país como con el sistema europeo en su conjunto. En lo interno, porque a las reglas inmediatas se superponen las de la Unión. En el contexto ampliado europeo, porque allí existe un escenario para los grandes jugadores en lo económico, pero no el espacio correspondiente en lo político, que es el que permite el ejercicio del poder popular como fundamento de la democracia. De lo que se tendrán que ocupar todos, es decir líderes de todas las vertientes y ciudadanos en ejercicio, si aún les suena la idea de que la democracia es el menos peor de los sistemas políticos hasta ahora inventados.