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Los responsables andan sueltos

26 de agosto de 2014 - 10:36 a. m.

Es frecuente que los responsables de malas decisiones políticas terminen en la impunidad.

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Una vez decididas acciones que pretendan modificar a la brava procesos históricos complejos, quedan sembradas semillas de futuras tragedias, sin perjuicio de los fuegos de artificio de una victoria inicial. Generaciones futuras de pueblos, y también de gobernantes, vienen después a pagar las consecuencias y a echarse al hombro problemas cuyos provocadores ya no están en el escenario.

Antonis Tritsis, elegido Alcalde de Atenas para la época de la campaña que el entonces Presidente de los Estados Unidos llamó “Tormenta del Desierto”, le informó al embajador estadounidense en Grecia que se proponía viajar desde Amán hasta Bagdad en un automóvil que llevaría un signo griego en el techo para que los bombarderos americanos no lo atacaran. La idea era visitar la capital iraquí dentro de su propósito de consolidar una red de capitales antiguas de la región que agrupa el Este de Europa y el Medio Oriente.

A pesar de que el Jefe de la Misión le confirmó que no le podría dar garantías si se atravesaba en el escenario de un conflicto encendido, Tritsis emprendió el viaje. Antes de salir de Amán, donde había conseguido el vehículo y le había puesto la marca anunciada, encontró un chofer que conocía muchos de los dialectos tribales de las comarcas que cruzaría en el camino.

Afortunadamente pudo llegar a Bagdad, desde donde pudo, gracias a una pequeña cadena de televisión griega independiente, dar testimonio de lo que los grandes medios occidentales no querían, o no podían dejar saber del mundo: la destrucción inoficiosa y perversa de puentes y edificaciones, lo mismo que de tesoros de la humanidad guardados en la vieja capital de Mesopotamia.

La visita de Tritsis estableció una especie de sendero por el que llegaron a Grecia, entre otros, miembros de la Iglesia Ortodoxa de Irak que confesaban no estar huyendo de Sadam Hussein sino de los norteamericanos. Reconocían que Sadam no era un personaje lleno de dulzura pero recordaban que su estilo de gobierno correspondía al único que resultaba adecuado para mantener relativamente unido a un país lleno de diferencias y convergencias desde la época de Nabucodonosor. También recordaban que el otro hombre fuerte de Irak, Tarek Aziz, el ministro de Relaciones Exteriores, estuviese formalmente o no en el Ministerio, era cristiano y garante del respeto por su comunidad, que por lo demás vivía sin problemas en medio de los musulmanes.

La lógica de la Tormenta resultaba implacable en la medida que buscaba castigar el asalto de Hussein a Kuwait, con la correspondiente toma de sus campos de petróleo, y trataba de frenar un asalto a Arabia Saudita, que habría dejado en manos del dictador iraquí una proporción “desmedida” de control sobre la producción de petróleo mundial, aparte de las consecuencias de desorden institucional que sus acciones implicaban.

Nadie sabe a ciencia cierta la razón por la cual jamás llegó, o pudo llegar, hasta Bagdad la campaña dirigida por los generales Norman Schwarzkopf y Colin Powell, el primero lanzado a la fama por los medios de comunicación como “Oso del Desierto”, y el segundo lanzado al vacío del ridículo años más tarde después de que compareció ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a asegurar que Sadam tenía armas de destrucción masiva y que era necesario atacarlo, como lo consideraba necesario un nuevo Presidente de los Estados Unidos, hijo y homónimo del Presidente que había impulsado la primera guerra.

Ya sabemos que el nuevo asalto llegó hasta el corazón de lo que para la época era Irak y que la intención era la de conducir a ese país ocupado y descuartizado hacia una democracia similar a la de los países que exitosamente siguen el modelo nacido de las revoluciones inglesa, americana y francesa. Ya vimos cómo a los pocos días el flamante George W Bush descendió de los cielos a un portaviones a cantar victoria.

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También sabemos que desde entonces no ha habido paz, que nadie ha podido controlar de verdad la región de Mesopotamia, que el modelo ajeno no pudo funcionar, que el de Hussein con su equilibrio represivo pero auténtico no se pudo restaurar, que la destrucción profunda de la sociedad iraquí se ha consumado, que ahora los cristianos resultan degollados a manos de unos fanáticos alejados de las virtudes del Islam ante la impotencia del mundo entero, y que Occidente vuelve a aparecer aséptico en la región castigando desde el aire a una de las partes de un conflicto inventado hace unos cuantos años y cuyos verdaderos responsables siguen sueltos. Como lo había vaticinado desde un principio el alcalde Tritsis, que no alcanzó a vivir para comprobar tanta desgracia.

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