Ser el mandamás no hace a nadie padre de una nación.
Nadie podrá jamás reclamar semejante título sobre la base de andar dando órdenes sobre lo que se le ocurra, y mucho menos de predicar la confrontación y convertirse en campeón de una causa que discrimine a cualquier grupo de la misma sociedad, por la razón que sea, y mucho menos por la de disentir, ejercer la oposición o pregonar el desacuerdo político dentro de la institucionalidad. Para ser el padre de una nación se requiere tener una estatura moral y anímica tan grande que permita ser identificado como símbolo de principios fundamentales en los que todos creen, y no de los intereses de una fracción.
Hace veinte años Nelson Mandela salió de la prisión de Robben Island con pasos de gigante, que son los del tranco breve y tranquilo de quien se mueve sin ningún acento de rencor. En ese momento no tenía que hacer alarde de poder, que puede ser una de las más grandes equivocaciones a la hora de las victorias y antes de asumir las peripecias propias de un proceso de reconciliación. Su discurso, esperado por casi tres décadas, resultó ser el primero de una serie que llevaría ya el sello de su liderazgo de los surafricanos y, por encima de todo, la marca de una nación que tenía el imperativo histórico de hacer la paz.
Las negociaciones múltiples que culminaron, luego de cuatro años, con su elección como presidente, fueron un ejemplo de las dificultades que se enfrentan cuando hay que vencer las fuerzas de odios tradicionales. También fueron una muestra de la manera en la que, al interior de un mismo país, es posible que grupos irreconciliables y cargados de motivos de venganza, pueden enfrentarse más bien en una mesa y, a punta de palabras, explorar acuerdos respecto de puntos de vista que no fue posible imponer por la vía de la confrontación violenta.
Al recibir el Premio Nóbel de la Paz, junto con su contraparte, Frederik Willem de Klerk, nadie tuvo duda de los méritos de Mandela como artífice verdadero de paz. Como quiera que, una vez que otra, el mundo es capaz de mirar con buenos ojos en una sola dirección, el líder negro sudafricano se convirtió desde entonces en esa figura emblemática del hombre verdaderamente venerable que, luego de haber domado con éxito aparente las veleidades de su ego, hace su oficio de conducción hacia nuevos estadios de amistad, sacando provecho de cada una de las ocasiones en las que el liderazgo se puede ejercer, para que todos se sientan vinculados a una misma causa.
Como presidente, Mandela gobernó con la actitud de quien tiene las mejores calidades para presidir, que son las de ubicarse por encima de las pequeñeces, sin tratar de actuar solamente a nombre de sus amigos, sin armar grupos de protegidos a los que luego les pudiese reclamar favores. Sin dedicarse a meterse en todo, ni considerarse irreemplazable. Sin fomentar divisiones entre aquellos que merecieran su consideración y su favor y quienes fuesen acreedores del mote de enemigos de la nación por el simple hecho de no estar de acuerdo con las decisiones de su gobierno. Sin aire de pendenciero y más bien con talante conciliador. Todo lo cual le mereció el título de Madiba, reservado a los hombres mayores y virtuosos de su clan.
No quiso quedarse en el poder. Tampoco quiso dirigir el país desde su retiro de dignidad. Jamás consideró que las instituciones fueran suyas, o hechas a su medida. Por eso se fue tranquilo de la vida pública y ahora, a los noventa y dos años, veinte más tarde del día de su liberación, apenas sonríe como si celebrara el hecho de vivir conforme a unas leyes no escritas de austeridad personal y de discreción. Su pueblo le recordará como padre de una nación en la que, gracias a su tino y a la fuerza de su carácter generoso y humilde, terminaron cabiendo todos los que en otra época no podían compartir siquiera un ascensor.