El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Manos unidas contra Pogroms

27 de febrero de 2012 - 06:43 p. m.

De nada sirve tener reservas de petróleo descomunales si una sociedad se halla polarizada y al borde de la guerra civil.

PUBLICIDAD

Si las instituciones no sirven de marco a un compromiso verdaderamente nacional, su existencia y su forma resultan inocuas. Y si el Estado no puede ser garante de la unidad y sucumbe ante el desafío de la radicalización, el panorama se oscurece y requiere de recursos políticos extraordinarios que involucren a la ciudadanía, sin cuyo concurso nada será posible. Para no pensar una vez más en las opciones que tenga a la mano, y pueda utilizar, con los riesgos sabidos, la institucionalidad internacional.

La supresión de un tradicional subsidio al petróleo por parte del gobierno de Jonathan Goodluck disparó en Nigeria una ola de descontento social que a su vez se convirtió en oportunidad para que una vez más se pusieran de manifiesto diferencias profundas entre las comunidades musulmana y cristiana de ese país, que por considerarse el más religioso del mundo facilita la presencia del radicalismo como premisa de cualquier discusión. Este estado de ánimo ha hecho que la disputa sobre la conveniencia del subsidio, que suscita puntos de vista diferentes sobre las proporciones de los beneficios que la riqueza petrolera debe significar para el país, vino a ver opacada por una serie de hechos en contra de las minorías religiosas que habitan una u otra región.

La secta islámica Boko Haram, que funda los argumentos de su lucha en las acciones que sean necesarias para combatir la educación occidental, ha querido sacar provecho de la situación con nuevos episodios de una ola de terror iniciada antes de la Navidad de 2011 y que tuvo ahora su manifestación principal en el ataque armado a una iglesia en la ciudad de Yola, en el Norte, donde murieron once personas. El acto terrorista forma parte de una estrategia para conseguir la liberación de activistas de su causa y al mismo tiempo obligar a los cristianos instalados en la región a regresar al Sur. La respuesta no se hizo esperar: en el Sur, cristiano, se han producido ataques a mezquitas y escuelas musulmanas, lo mismo que amenazas a la minoría islámica de la región.

Salvo que el gobierno, incipiente en el curso de su mandato y en proceso de descenso de popularidad, pueda reaccionar a tiempo y además de arreglar sabiamente el problema del subsidio sepa poner juntos a los sectores opuestos, el panorama para Goodluck no parece promisorio. Lo que se hace aún más grave si se tiene en cuenta que los obstáculos para conseguir el objetivo son más complejos de lo que se pueda esperar.  Boko Haram, que literalmente significa en lengua Hausa “educación occidental prohibida”, no solamente está en contra de la existencia misma de un sistema educativo que no sea el musulmán o de las recientes medidas de política petrolera, sino que se manifiesta abiertamente en contra de todo lo que no sea favorable al establecimiento de un Estado Islámico, de manera que critica a los musulmanes mayoritarios y estima que las instituciones actuales no le satisfacen y las quiere abolir. Entretanto no participa en elecciones y prefiere esperar para conseguir sus objetivos por el camino de los hechos.

Semejante espectáculo de polarización en un país de más de ciento sesenta millones de personas, el más poblado de África, con una división religiosa casi por mitades, no solo planeta un problema interno sino que prende las alarmas de la comunidad internacional, porque un estallido de violencia generalizada, que muchos temen, no solamente implicaría alteraciones en el flujo petrolero sino la semilla de confrontaciones mayores en países que alojan comunidades significativas divididas por la religión.

La habilidad de Jonathan Goodluck para manejar el problema aún no se ha hecho manifiesta. Aunque anunció públicamente que Boko Haram habría infiltrado su propio gobierno, el hecho de no haber tomado medidas drásticas en la materia ha contribuido a formar un clima de desconfianza que se puede acrecentar cada día que pase sin que su liderazgo supere los obstáculos que se presentan para conseguir la armonía nacional. Es entonces cuando, ante la debilidad o la insuficiencia de los gobiernos, adquieren importancia las acciones que la propia sociedad pueda emprender. Y es aquí donde, paradójicamente, ha surgido uno de los pocos rayos de esperanza de un cambio de curso en el azaroso proceso nigeriano: la misma protesta en contra de la supresión del subsidio a la gasolina se ha convertido en factor de unidad en sectores importantes de la población, y lo que es más importante, en medio de las manifestaciones han surgido gestos de amistad como la protección mutua de las comunidades cristiana y musulmana a la hora de la oración. Prueba contundente de los poderes de la acción política no violenta, que si llega a adquirir proporciones significativas estaría demostrando una vez más las posibilidades ilimitadas de una forma de ejercicio de poder ciudadano que supera la insuficiencia de los gobernantes y puede significar un camino más firme hacia la paz.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias