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Más que un jefe, un destino

28 de mayo de 2012 - 08:00 p. m.

Europa y el Medio Oriente se pueden estar jugando su suerte de varias décadas en las elecciones internas de países en estado de agitación.

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Las votaciones que se avecinan en Grecia y en Egipto van mucho más allá de la selección de un partido o un jefe político. En ambos casos la sociedad tiene que escoger además un camino que le llevará, según el resultado, a destinos muy diferentes. Entonces vale la pena preguntarse sobre la idoneidad de los mecanismos que, obviamente dentro del marco democrático, se pongan en práctica para ilustrar a la ciudadanía y auscultar la voluntad popular.

Los griegos, por encima de los partidos y las personas en quienes depositen su confianza para gobernar, lo que estarán escogiendo será si quieren seguir dentro del sistema del Euro, con los sacrificios que ya conocen, o si prefieren salirse, para recorrer un camino incierto de aparente independencia, también plagado de peligros y sin boleto de regreso. Los egipcios deberán escoger entre el camino de la islamización, con los peligros de engendrar una versión inédita del
Estado, y el retorno a un régimen que por varias décadas pudo ya mostrar todos sus defectos y se creía agotado.

Si se consideran no ya los efectos internos sino los exteriores de una u otra decisión, una vez más, como en el caso de ciertas elecciones en países tradicionalmente de gran protagonismo internacional, lo que decidan los griegos y los egipcios afectará a muchos otros, que no tienen derecho a votar. Italia, España, Irlanda, y porqué no los demás de la Unión Europea y del Sistema Euro, pueden terminar, según los entendidos, arrastrados por una avalancha de la que será difícil salvarse, si Grecia resuelve salirse del sistema, y nadie garantiza que escaparán si se queda dentro de él. Israel y todos los países del Medio Oriente y del mundo árabe, se verán afectados por las consecuencias de la decisión de los egipcios, que podría llegar a desconfigurar un orden en el que su país es piedra fundamental.

Semejante panorama obliga a los partidos, a los medios de comunicación tradicionales, tanto internos como internacionales, a los nuevos medios en manos de la ciudadanía, a los académicos y orientadores de opinión, así como a los gobiernos provisionales, a hacer sobre la carrera un ejercicio de enorme intensidad y tremenda responsabilidad tanto para suministrar los elementos que permitan la expresión informada de la volunad popular, como el respeto por la opción que ésta prefiera. Y no basta con lo anterior. Porque la protección de las minorías, es decir de los que resulten perdedores en materias tan sustanciales, salta como una exigencia democrática que no se puede eludir.

Los representantes de poderes e intereses exteriores e internacionales tienen también unos deberes qué cumplir. No pueden andar haciendo proselitismo con amenazas o incitaciones indebidas a los ciudadanos de uno u otro país, al menos mientras todos los demás no tengan derecho a votar en las elecciones cruciales de ciertas potencias cuyas decisiones políticas afecten a tanta gente, dentro y fuera de sus fronteras, tras las cuales se encierran cuando les conviene, cuando no tras la puerta de organismos internacionales que deben dar ejemplo de ecuanimidad, así tengan una u otra opinión de lo que creen conviene, o les conviene mejor, como resultado en una u otra elección.  

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