La mejor muestra de la torpeza política de Donald Trump es la de pensar que los mexicanos van a pagar por el muro.
Más allá del valor retórico que pueda tener, la idea de construir una pared, pagada por los mexicanos, a lo largo de los más de tres mil kilómetros de la frontera entre México y los Estados Unidos, es un propósito irrealizable. El solo hecho de plantearla constituye un anacronismo y una falta de respeto al principio de la soberanía de los Estados, que descalifica a cualquier persona para llegar a ser jefe de uno de ellos, dentro de los parámetros de la civilizaciónn contemporánea. Quien pretenda impulsar semejante proyecto parecería ser un campeón de la barbarie, capaz de hacer saltar en pedazos el sistema internacional, construido, mal que bien, sobre la idea de la igualdad soberana de los Estados.
La frontera entre México y los Estados Unidos, que va del Pacífico al Atlántico, es no solo una de las diez más extensas sino tal vez la más agitada de nuestra época, en la medida que tiene miles de cruces posibles, desde los autorizados, en vehículo o peatonales, además de miles de pasos ilegales. Fijada después de una compleja historia de avances y retrocesos, de golpes y confrontaciones militares, políticas y culturales, sigue siendo a la vez extremadamente sensible. No solamente separa dos versiones diferentes de América y dos grupos de estados federales, unos herederos de la “Nueva Inglaterra” y otros de la “Nueva Españaa”, sino que al mismo tiempo es la línea más clara de separaciónn geográfica entre mundos en diferente momento del desarrollo.
Mexicanos y estadounidenses han jugado el difícil juego de mantener unas relaciones de cercanía y distanciamiento de la cual participan no solamente los gobiernos sino los pueblos. Superadas las etapas de reclamaciones territoriales, con sus correspondientes conflictos, que dejaron su natural secuela de resentimiento, los dos países mantienen una relación tan intensa a través de la frontera física que les separa pero también les une, en la medida que no son menos de trescientas cincuenta millones las veces que alguien pasa en una u otra dirección a lo largo cada año. Lamentablemente, al mismo tiempo la larguísima línea, que presenta regiones de conurbación, así como sectores desérticos, es utilizada a diario por miles de personas de diferente procedencia para entrar, desde prácticamente cualquier lugar del mundo, a los Estados Unidos.
La propuesta de Donald Trump en el sentido de construir un muro que evite el flujo de inmigrantes ilegales a través de la frontera con México, y de exigir que sean los mexicanos quienes paguen por la obra, denota que el candidato republicano tiene apenas una vaga idea de las proporciones de la relación entre los dos países. Entre otras cosas no parece haberse dado cuenta del avance extraordinario de la cultura latina en todos los Estados de la Unión Americana, con los mexicanos como abanderados de todo un proceso de transformación que ha conseguido “latinizar” numerosos aspectos de la vida diaria, a través del discurso del idioma y de la culinaria, lo mismo que de otras “narrativas” que juegan un papel cada día más importante como contribción latina al famoso “melting pot” del cual él mismo forma parte como descendiente de inmigrantes escoceses y alemanes. Para la muestra del avance latino que tanto le molesta, a juzgar por sus insultos a los mexicanos, basta con que recuerde que dos de sus contrincantes más fuertes por la nominación en la carrera por la presidencia, Cruz y Rubio, son latinos de origen y juegan un papel importante en su propio partido.
Perdido en el bosque de su propia retórica, Trump ha dicho tantas cosas de las que después ha cambiado de versión, que muchos esperaban modificaciones sustanciales en su postura frente a los mexicanos. Pero eso no sucedió. Pocas horas después de su encuentro relámpago con el Presidente Peña Nieto, el Candidato Republicano reiteró en Arizona su idea ominosa de construir el muro, en las condiciones que planteó desde un principio. Con lo cual pierde credenciales como posible figura mundial, pues por ese camino, tan alejado de la realidad y tan peligroso en sus fantasías, puede pretender cualquier cosa respecto de cualquier otro Estado, en otro continente.
Al insistir en su propósito el candidato republicano a presidente de los Estados Unidos no hace sino desacreditarse internacionalmente, debido a su actitud amenazante, porque si la competencia interna por el poder se fundamentara en la imposición de obligaciones a otros Estados, regresaríamos a las instancias más primitivas de las relaciones internacionales. De nada habría servido recorrer tanto trecho en busca del respeto por la determinación de los demás, ni tanto esfuerzo por construir una institucionalidad internacional que, aunque jamás perfecta, al menos ha permitido que cada quien trate de manejar sus asuntos sin que otro interfiera para imponerle arbitrariamente obligaciones.
Todo el mundo se fue contra el Presidente Mexicano por haber invitado sorpresivamente a Trump a un encuentro personal, como también invitó a Hillary Clinton. Sus enemigos y malquerientes, y aún la prensa extranjera, aprovecharon para criticarlo por ese hecho sin precedentes. Pero la torpeza de Trump, justo en el momento en el que compite por la Casa Blanca en un país en el que el voto latino juega un papel definitivo, es la que debe ser objeto de las mayores críticas. Porque, además de alejar todavía más el voto de ese sector tan importante del electorado, ha dado muestras de que no conoce rasgos esenciales de sus vecinos del sur, pues no habrá presidente mexicano que acepte pagar por el muro, si es que hay alguien capaz de construirlo, ni pueblo mexicano que lo permita. Si en algo ha sido México consistente es en la práctica de un sentimiento de dignidad nacional que no se derrumba ni se va por ningún precipicio simplemente porque un improvisado político extranjero, que no tiene condiciones de estadista, haya hecho propuestas que no deben tener cabida en el mundo contemporáneo.