Una vez más se ha llegado a la conclusión de que la planeación de los asentamientos humanos reclama la contribución de la mayor cantidad posible de disciplinas; falta nada menos que la capacidad de ponerlas juntas aprovechando opciones que ya existen.
Ahí está un reto para gobernantes más idóneos y partidos y activistas políticos más responsables, lo mismo que para todo aquel con interés en mejorar la calidad de vida de los ciudadanos en un mundo inevitablemente urbano.
Una nueva reunión internacional dedicada a la situación de las ciudades ha congregado en China a urbanistas, académicos, empresarios y gobernantes de polis grandes y pequeñas de todo el mundo. En torno a la preocupación por la necesaria armonía en el desarrollo de los procesos urbanos, los debates han conducido a una conclusión reiterada e inevitable: no basta con lo que los planificadores tradicionales piensan que deben ser las ciudades. Para acertar es urgente escuchar muchas más voces.
Las ciudades se han convertido no sólo en el escenario de las realizaciones más importantes del género humano, sino en el teatro en el cual cada uno termina por jugar el papel que le corresponde en la vida y, por ende, donde puede ser feliz o sentirse insignificante e intrascendente. Lo que depende en gran medida de la calidad del entorno urbano.
Quienes se pueden, y se deben, reclamar como dolientes de la situación de las ciudades, han de ser sobre todo los ciudadanos. A ellos corresponde contribuir, con sus exigencias, a elevar el nivel de la discusión sobre los asuntos locales. Para que no sean los políticos de profesión quienes terminen por echarse al hombro la conducción de procesos complejos para los cuales nadie los preparó.
Muchas ciudades del mundo no solamente tienen que vivir el drama del crecimiento desordenado, la precaria calidad de los servicios, la contaminación, la inseguridad y la primacía del automóvil como objeto de atención en la inversión pública, para mencionar tan sólo algunas de las patologías que las afectan, sino que además han de aguantarse el verse sometidas a los experimentos de figuras políticas a las que de pronto les dio por hacer uso de su poder electoral para ponerse a gobernar procesos urbanos con la precaria base de sus credenciales políticas.
Las respuestas a la complejidad de la vida urbana contemporánea no deben provenir solamente de los cuarteles de políticos convertidos en conductores improvisados de procesos cuyas complejidades no alcanzan a comprender.
Es urgente que, desde distintas disciplinas se abran foros permanentes sobre la naturaleza, el hombre, la sociedad, el gobierno, la economía, la agricultura, la recreación, la educación, la salud particularmente en su dimensión preventiva, y una serie interminable de aspectos que conforman la vida de las ciudades y para cuyo manejo adecuado mal pueden estar preparados unos simples levantadores de votos.
En medio de todo es una fortuna que las cada vez más frecuentes reuniones mundiales de Hábitat de las Naciones Unidas, sin perjuicio del tema que quieran enfatizar, permitan llegar a la conclusión de esa mirada y esa acción integrales sobre los procesos urbanos. Una exploración ciudadana sobre la Ekística, la ciencia de los asentamientos humanos, puede servir de partida a un proceso en el que nos apropiemos de herramientas analíticas para agitar una discusión más avanzada sobre la dirección de los procesos urbanos en situaciones concretas.
Para ello la Ekística se ocupa no solamente de congregar contribuciones de las más variadas disciplinas, sino que, al ocuparse de las leyes no escritas y los secretos a voces de la animación de la vida urbana, puede proveer de respuestas y orientación para afrontar los requerimientos de un proceso que caracterizará sin excepción a todas las sociedades del Siglo XXI.