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No hay curules aseguradas

27 de enero de 2010 - 03:16 p. m.

El clientelismo, por elegante que fuese, fracasó en Massachusetts. Los votantes decidieron destinar al Senado de los Estados Unidos a un republicano, en reemplazo del legendario Edward Kennedy, que había sido no sólo dueño de la curul por más de cuatro décadas sino representante de una opinión tradicionalmente favorable al Partido Demócrata. Y algunos dirían que a su familia.

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La práctica de la vida política, y en particular de las jornadas electorales, genera tradiciones que se combinan alrededor de figuras públicas o de militancias partidistas que resultan en hegemonías territoriales. Por ese camino se habla de curules fijas, afiliadas a cierto partido, que en ocasiones envía a una comarca determinada a cualquiera de sus vástagos o figuras promisorias, con la seguridad de que ése es el camino más expedito para llegar al legislativo, sin que tenga que andar por allá buscando votos como auténtico principiante.

La reiteración exitosa de esas prácticas, que afecta sin duda los principios democráticos, termina por volverse algo así como una institución aceptada socialmente, hasta que los ciudadanos deciden acordarse del poder que tienen y resultan cambiando de opinión, con lo cual no sólo sacuden el árbol del partido sino descuadran cálculos y estrategias políticas en las dimensiones menos pensadas.

Nadie duda del arraigo de las tradiciones democráticas en los Estados Unidos. Pero pocos tienen ocasión de advertir que su vida política aloja modi operandi que alarmarían a cualquier purista de la democracia, en cuanto existen patronatos y reglas no escritas que hacen muy difícil acceder a ciertas instancias sin el beneplácito de unos jefes inamovibles. A lo que hay que agregar el papel indispensable de la capacidad para recolectar fondos, que entran a jugar en una especie de plusiómetro, es decir medidor de riqueza, del que depende en gran medida la apreciación sobre su capacidad política.

El resultado de la elección especial para escoger al sucesor de Edward Kennedy significa una revolución en cuanto al comportamiento del electorado. Nadie hubiese dudado de las posibilidades de éxito de los demócratas en los comicios especiales para escoger su reemplazo. Pero los electores decidieron apartarse de la tradición de elegir a uno de los Kennedy, que han sido vistos por un siglo como parte del paisaje político del Estado.

Controvertido por faltas de honorabilidad académica cuando estudiaba en Harvard, y luego por aparente falta de coraje en las circunstancias del accidente en el que una de sus amigas terminó ahogada sin que él hubiese hecho lo que se espera de un verdadero héroe para salvarla, Edward se convirtió más tarde, sin duda, en un bastión del progresismo político dentro del campo limitado de la forma de ver el mundo que puede tener un senador en el contexto cultural de los Estados Unidos.

Cualquiera hubiese pensado que, para reemplazarlo, luego de más de cuarenta años de cuarenta y siete años de fidelidad, los electores elegirían a alguien que significase la continuación de su línea política. El resultado ha sido completamente distinto. Pudo movilizar más electores Scott Brown, un republicano medio liberal, como dicen allá, cuyos méritos en la vida pública comenzaron cuando a los veintidós años ganó el concurso Cosmopolitan que buscaba escoger al hombre más sexy de los estadounidenses.

La selección de Brown no deja de ser un mensaje directo al Presidente. Le descuadra la composición de fuerzas en el Congreso y, por ese camino, es un remezón en el contexto de la gobernabilidad de un Jefe del Ejecutivo y Comandante en Jefe de los ejércitos más poderosos del mundo, que se hubiera sentido mucho más confortable si los electores del tradicionalmente demócrata Estado de Massachusetts hubiesen tomado una  decisión más amigable. Modifica la perspectiva de nuevas eventuales elecciones de reemplazo. Cambia el mapa de los cálculos de política interna e internacional, en momentos en los que lo mejor sería tener una mayoría confortable. Y es un ejemplo para los electores del todo el mundo, quienes deben recordar que pueden, después de todo, votar por quien quieran.

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