Hay quienes no creen que la muerte de Dimitris Jristoulas, el pensionado que se disparó un tiro en la cabeza en la Plaza de la Constitución de Atenas, haya sido un suicidio; según esa versión de los hechos, Dimitris habría sido apenas el ejecutor de un acto cuyos autores remotos tienen por oficio y preocupación principal mirar en sus pantallas las variaciones de los mercados.
Las medidas impuestas a Grecia para salir de la crisis en la que la sumieron los ineptos, los corruptos y los desalmados de dentro y fuera del país, serían difícilmente soportadas por cualquier nación. Al daño económico que significa reducir drásticamente los salarios y las pensiones, aumentar los impuestos y tomar todo tipo de medidas restrictivas, se ha venido a sumar el daño en el ánimo de la gente, particularmente en los sectores sociales que nada tuvieron que ver con la debacle y ahora se ven obligados a incurrir en sacrificios que nunca soñaron, equivalentes a los de una guerra, sin que nadie pueda garantizar la duración de un esfuerzo que afectará a varias generaciones y, lo que es peor, sin que los culpables paguen por su proceder.
No hay sistema político, ni gobierno ni régimen económico que puedan ser presentados como democráticos cuando no tienen miramientos con el destino de los ciudadanos. Los sistemas internacionales no pueden estar exentos de la misma regla. Esto quiere decir que los que pregonan medidas de arreglo de asuntos financieros deben tener dentro de sus cálculos las consecuencias sociales devastadoras que sus propuestas puedan producir.
La carta que dejó Jristoulas para que sacaran del bolsillo del traje de su cadáver debería ser leída en todo el mundo. Y sería bueno, en particular, que la leyeran los que solo piensan en las reglas movibles y cambiables de los asuntos financieros, que siempre se podrán enderezar si se obra con sensatez y no se deja que se atraviese la ambición sin límites de una lógica inhumana. La lógica del mensaje de implacable marca de tragedia griega: me han reducido la pensión, que me gané limpiamente, de manera que no me alcanza para mantenerme y a mi edad no tengo cómo vivir de otra forma, entonces me han empujado a la muerte, porque no voy a ir a buscar comida en las basuras.
Pero el caso de Dimitris no es aislado. El índice de suicidios ha subido en un veinticinco por ciento en un país de gente dramática pero básicamente feliz y dispuesta a disfrutar de la vida hasta edades avanzadas. Y ahora se sabe que en la medida que el problema y su tratamiento afectan a otros países, vuelve y juega la misma lógica. Ya en Italia se ha sabido de muertes por problemas similares, y todos siguen tan campantes como si las únicas medidas posibles puedan ser las de esa forma de razonar que pone sin apelación las consideraciones del beneficio económico por encima de la vida misma. Y ahí están España y otros países en la lista. En fin, los pueblos esperando como si a Europa hubiera vuelto la peste negra.
La solución debe ocuparse de la causa, no de los efectos del problema. Y es allí donde resulta urgente que el Estado reaccione y recupere las opciones de proteger el bien colectivo mediante la regulación que evite que cada vez más países caigan en la arena movediza de soluciones financieras que no arreglan en realidad nada en el largo plazo. La imaginación tiene que salirse del corral de las ideas que inundaron al mundo en la octava década del Siglo XX e invitar a nuevos actores a participar en el salvamento y las inversiones que activen la economía europea, en lugar de jugar peligrosamente al nacionalismo.
Un ilustre francés, que ganó batallas militares y políticas hasta adueñarse de gran parte de Europa, dijo que hay revoluciones inevitables que obedecen a la misma lógica de las erupciones volcánicas, porque las combinaciones morales son a la sociedad lo que son las químicas a la naturaleza, y advirtió que la única forma de controlarlas es mediante una reacción adecuada y a tiempo. Eso es lo que deberían todos los poderes europeos e internacionales correr a hacer de inmediato, comenzando por arreglar la catástrofe de Grecia, para buscar soluciones humanas, antes de que las combinaciones morales produzcan una explosión peor que la quiebra misma de los bancos, o de los Estados.