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Nueva cosecha de la independencia de Panamá

04 de julio de 2016 - 09:00 p. m.

Al construir una nueva versión del canal interoceánico sin la “ayuda” de los Estados Unidos, Panamá ha dado muestras de la independencia que se abrió paso con los tratados de 1977, que buscaban poner fin a una vergonzosa era imperial.

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El tránsito del Siglo XIX al XX estuvo marcado, en lo geográfico y lo estratégico, por el exitoso corte físico del istmo panameño, que hasta entonces separaba los Océanos Atlántico y Pacífico justo en la mitad de las Américas. Luego de los infructuosos esfuerzos de la Colombia de la época, mucho más osada que la de hoy, por aprovechar el portento de ser dueña de uno de los lugares claves de la geopolítica mundial, vinieron a ser los Estados Unidos los que consolidaron esa obra colosal, que cambiaría tantas cosas en el control de los mares, el comercio, los balances de poder y la política internacional. Pero precisamente la intervención de los Estados Unidos para despojar a Colombia de sus legítimos derechos sobre el istmo y arrebatarle también a la naciente República de Panamá del control del canal, y dejarla como un Estado títere sin peso alguno en el manejo de la zona de comunicación interoceánica, se convirtió en una de las manchas más grandes de la historia continental.

Panamá fue un Estado que tuvo que vivir el primer siglo de vida abandonado a su suerte y cortado en tres: dos secciones panameñas, esto es típicamente latinoamericanas, desordenadas, insalubres y marcadas por el atraso y la desigualdad social, a lado y lado de una tercera, injerto de los Estados Unidos en el trópico, aséptica, intocable, que les permitía ser dueños de la geografía y ostentadores del poder político que implicaba controlar en todo sentido la cintura de América y tener la llave de la comunicación expedita entre el Atlántico y el Pacífico. Como suele suceder, ese esquema se convirtió en modus vivendi al que el resto del mundo, por el motivo que fuera, comenzando por Colombia, se tuvo que acostumbrar, como se acostumbra de cuando en vez ante hechos cumplidos resultantes de actos de fuerza que no hay potencia capaz de revertir.

Los gobiernos panameños, reducidos a manejar los costados inhóspitos de un canal en manos extranjeras, oscilaron entre la abyección y la resistencia, cuando no cayeron simplemente en la desesperanza. Hasta que se abrió paso un caudal político suficiente para reclamar un cambio drástico que debería terminar en el retorno de la zona cedida y el control panameño de las operaciones del Canal, en lugar de continuar con el engendro de Teodoro Roosevelt, el ponzoñoso y arrogante Presidente de los Estados Unidos, autor del modelo. Al incremento de ese caudal contribuyó la Federación de Estudiantes de Panamá, que desde los años cincuenta, por lo menos, preparó generaciones de liderazgo listas ya al final de los setenta para jugar un papel importante en el destino del país. También contribuyeron sectores populares que mediante demostraciones, huelgas y actos simbólicos como la izada de la bandera panameña en diferentes lugares de la Zona del Canal, prepararon el ambiente que permitió que, ante la llegada de un presidente estadounidense de talante demócrata como lo fue Jimmy Carter, se pudieran adelantar las necesarias negociaciones para que de manera gradual los panameños tomaran control del canal y fuesen soberanos sobre todo su territorio el mismo día en que terminara el Siglo XX.

Colombia tomó parte de manera importante en el proceso, con el protagonismo del entonces presidente Alfonso López Michelsen, que debe ser considerado como uno de los artífices de la nueva independencia de Panamá, no solamente por haber sido una especie de tutor político de Omar Torrijos, el “hombre fuerte” que adelantó las acciones de desmonte del esquema imperial que agobiaba su país, sino por un acto considerado de audacia por unos y de temeridad por otros, que sacó del camino el último obstáculo que los Estados Unidos alegaban “para no poder” cambiar el modelo de su control de la zona, como eran los derechos que se habían pactado desde los bochornosos acontecimientos de principios del Siglo XX en favor de Colombia. El acto de audacia, criticado en Colombia como todos los de su género, fue el de renunciar temporalmente a dichos derechos, que después recuperó, para que Colombia continuara con sus privilegios pero al mismo tiempo fuese posible, como lo fue, el paso a una nueva era, con el control panameño de la hasta entonces alienada zona del canal.  

El proceso político panameño posterior al retorno del canal no ha estado exento de las vicisitudes propias de una nueva configuración del poder interno, con defectos típicos de democracias en formación, y de reclamos, a posteriori, sobre lo que se pudo haber pactado mejor, pues ahí sigue, como en tantas regiones del continente, la sombra, incómoda para unos y protectora para otros, de los Estados Unidos, que continúan interesados en que la situación en el canal no vaya a afectar sus intereses. Pero no se puede desconocer que el nuevo liderazgo panameño, que no ejercen solamente los políticos sino un conjunto de personas más amplio, no ha perdido el tiempo y ha dado muestras de visión y capacidad de acción en el logro de grandes propósitos. El mejor ejemplo de ello es el hecho de haber acometido de manera oportuna la empresa de construir una versión ampliada del canal, que permitirá su uso por barcos tres veces más grandes que los que hasta ahora lo podían cruzar.

La nueva obra, en la que a diferencia de las de 1914 los panameños tuvieron amplia participación, y en la que perdieron la vida ocho personas, en lugar de los varios miles que murieron con motivo de la ejecución de las obras anteriores, estuvo a cargo del consorcio “Grupos Unidos por el Canal”, liderado por la compañía española Sacyr, y compuesto por Salini Impregilo de Italia, Jan de Nul de Bélgica y Cusa de Panamá. A pesar de las demoras y de los pleitos que en estos casos se pueden presentar, la ampliación del canal con la construcción del “tercer carril” de esclusas monumentales, fue realizada y entregada al servicio en nueve años, esto es menos tiempo que el que aquí llevamos tratando de ampliar la carretera de Briceño a Sogamoso, y es por ahora la más grande obra de ingeniería del Siglo XXI.

Con la puesta en funcionamiento de la nueva versión del canal, Panamá no solamente espera triplicar su ingreso nacional, con todo lo que ello puede implicar como apalancamiento del desarrollo, sino que cosecha frutos ostensibles de su independencia, da muestras de visión, determinación, autonomía, capacidad de acción y logro de resultados que le ubican, justo en este momento, como un país que sabe sacar provecho de su geografía y maneja con acierto su historia. Además, por el solo hecho de haber conseguido realizar una obra de verdadera talla mundial, los panameños superan con creces, en pertinencia y efectividad, a sus vecinos, dentro de los cuales estamos nosotros, que leíamos mejor que ahora nuestra geografía en el siglo XIX y a principios del XX. La nueva prueba que tiene que superar ahora el liderazgo panameño es la de manejar con acierto comparable los torrentes de capitales que convergen en su centro financiero internacional.

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